El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3) CAPÍTULO 28 — Hacia el Monasterio Perdido
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CAPÍTULO 28 — Hacia el Monasterio Perdido

BLOQUE 1

Pasaron los tres días siguientes en una calma inusual, la primera que el equipo experimentaba desde que Xoán había enviado aquel primer correo electrónico casi un mes atrás: Ilse, con las manos ya vendadas y alojada temporalmente en una pensión del pueblo por insistencia de Daniel,

colaboró voluntariamente con la fiscal Mera, entregando toda la documentación histórica que su familia había acumulado durante tres generaciones, sin condiciones ni exigencias adicionales sobre créditos académicos ni publicaciones futuras.

---No sé todavía qué va a pasar conmigo, legal ni personalmente ---admitió, durante una conversación con Gabriel la mañana antes de que el equipo completo se preparara para el descenso final---.

Pero sí sé que ya no quiero seguir siendo la última generación de mi familia que persigue esto por las razones equivocadas.

Gabriel, sin poder ofrecerle ninguna garantía sobre su situación legal, que todavía dependía enteramente de la fiscal Mera y del proceso judicial en curso, sí le ofreció algo que no esperaba tener que ofrecer: la posibilidad de acompañarlos, como observadora bajo estricta supervisión,

en el descenso final hacia el núcleo del monasterio.

---No porque se lo haya ganado ---aclaró, con firmeza---. Sino porque, después de todo lo que su familia invirtió en esto, y después de lo de anoche, creo que merece ver con sus propios ojos lo que finalmente hay ahí abajo, en lugar de escucharlo de segunda mano como todos los demás en este pueblo.

BLOQUE 2

El descenso, esta vez, se organizó con toda la preparación que la primera incursión apresurada, interrumpida por la irrupción de los hombres de Ilse, no había permitido completar del todo: un equipo de documentación fotográfica profesional, contratado a través de la propia Hermandad,

un arqueólogo especializado en restos humanos recomendado por la fiscal Mera para garantizar el manejo correcto de cualquier evidencia física que pudieran encontrar, y el propio equipo original --Gabriel, Adrien, Lucía, Daniel, Padre Esteban, Xoán-- completando el grupo,

con Ilse cerrando la comitiva bajo la mirada atenta de un agente de la Guardia Civil designado específicamente para supervisarla durante toda la visita.

Descendieron por el mismo pasadizo que habían abierto días atrás con la combinación de los dos cálices, ahora con luces portátiles mucho más potentes que iluminaban con claridad cada detalle de la roca trabajada a mano, revelando, a medida que avanzaban,

marcas de cincel que sugerían un trabajo de excavación mucho más extenso y cuidadoso del que habían podido apreciar en la premura de la primera visita.

---Esto se extiende considerablemente más de lo que calculamos al principio ---observó Adrien, consultando el plano que Ilse había compartido semanas atrás, comparándolo con la distancia real recorrida---.

Los guardianes originales invirtieron años, probablemente generaciones enteras, en excavar y consolidar todo este complejo.

El aire, cada vez más frío a medida que descendían, empezó a llevar consigo un matiz distinto, casi mineral, que Lucía identificó, tras varios minutos de análisis, como el olor característico de la piedra caliza expuesta durante siglos a una humedad extremadamente estable.

BLOQUE 3

El pasadizo, después de casi doscientos metros de descenso constante, se ensanchó gradualmente hasta desembocar en una especie de vestíbulo natural, donde las marcas de cincel daban paso a formaciones rocosas completamente naturales,

estalactitas menores y paredes onduladas que sugerían la presencia de agua corriente en algún momento remoto de la propia historia geológica de la montaña.

---Esto explica la ventilación natural que notamos en el scriptorium ---dijo Xoán, iluminando con su linterna las formaciones circundantes---.

Todo este sistema debe conectar, de alguna manera, con la propia red de cuevas naturales que existe bajo buena parte de esta sierra.

Los monjes no construyeron su refugio desde cero.

Aprovecharon algo que la montaña ya les ofrecía.

Al fondo del vestíbulo, una última abertura, esta sí completamente artificial, con un arco de piedra trabajado que contrastaba deliberadamente con la irregularidad natural del resto de la cavidad, marcaba lo que todos, sin necesidad de decirlo en voz alta, reconocieron como la entrada final.

Sobre el propio arco, tallada con el mismo cuidado que la inscripción del scriptorium, una última frase en latín recibía a quien llegara hasta allí.

Adrien la tradujo, con la voz reducida casi a un susurro por la solemnidad del momento.

---"Aquí termina el camino de la niebla, y comienza el de la memoria."

Gabriel, mirando hacia la oscuridad que se extendía más allá del arco, sintió que después de semanas enteras de investigación, de amenazas, de revelaciones históricas capaces de sacudir siglos de tradición religiosa,

finalmente estaban a un solo paso de encontrarse cara a cara con lo que tres monjes habían muerto protegiendo, y que la propia corte de Felipe II había considerado lo bastante peligroso como para enterrar bajo cuatro siglos de silencio absoluto.

---Adelante ---dijo, finalmente, dando el primer paso hacia el arco---. Vamos a terminar esto de una vez.