CAPÍTULO 27 — Confrontación en la Niebla
BLOQUE 1
El plazo de una semana que Ilse Kessler había fijado se cumplió sin que nadie del equipo hubiera decidido todavía qué respuesta darle, ocupados como estaban procesando las revelaciones sucesivas del diario de fray Cosme y la implicación política que acababan de descubrir en la propia corte de
Felipe II.
Fue Xoán quien la vio primero, aquella misma noche, durante una ronda que ya no hacía por simple rutina profesional sino por la vigilancia adicional que todos habían acordado mantener desde el incidente en la palloza: una figura solitaria,
envuelta en un abrigo insuficiente para el frío húmedo de la montaña, avanzando sin ninguna linterna por el sendero que conducía hacia el promontorio rocoso, con una niebla tan densa aquella noche que apenas se distinguía a más de tres metros de distancia.
---¿Señora Kessler? ---preguntó, acercándose con cautela, reconociendo la silueta apenas a tiempo para evitar un choque directo en la oscuridad.
Ilse se giró bruscamente, sobresaltada, con una expresión que revelaba, incluso en la penumbra, un agotamiento y una desesperación muy distintos de la compostura calculada que había mostrado en cada encuentro anterior.
---No debería estar aquí sola ---dijo, sin ningún reproche real en la voz, más preocupación genuina que otra cosa---. Con esta niebla, cualquiera puede perderse, o peor, caer por alguno de los desniveles que hay más adelante.
---Ya no tengo a nadie que me acompañe, señor Freire ---respondió Ilse, con una amargura que sorprendió a Xoán por su franqueza---.
Perdí a mis abogados, perdí a mi equipo de seguridad, perdí prácticamente todo lo que tenía.
Solo me queda esto, y ya no pienso esperar ningún plazo formal para conseguirlo.
BLOQUE 2
Xoán, alertando de inmediato por radio al resto del equipo mientras intentaba mantener a Ilse dentro de su campo de visión, la siguió a distancia prudente mientras ella avanzaba, cada vez con más dificultad, hacia el propio acceso de la palloza de Amalia.
---No va a poder entrar sola ---le dijo, alcanzándola finalmente cuando ella misma, desorientada por la niebla y la oscuridad, tropezó contra una piedra suelta del sendero, cayendo de rodillas con un gemido de dolor---.
El mecanismo necesita a alguien que conozca exactamente dónde presionar.
Ni siquiera yo podría abrirlo sin ayuda.
Ilse, todavía en el suelo, con las manos raspadas y visiblemente conmocionada por la caída, permaneció un largo momento en silencio, como si aquella frase, más que cualquier otro argumento legal o cualquier amenaza policial,
finalmente la hubiera alcanzado en algún punto vulnerable que llevaba semanas evitando reconocer.
---Entonces qué hago ---dijo, con una voz que ya no sonaba como la de la mujer segura y calculadora que se había presentado semanas atrás en la cafetería del pueblo---.
Perdí todo lo que tenía por esto. Todo. Y todavía no sé si en el fondo de todo esto hay algo que de verdad merezca ese precio, o si simplemente heredé una obsesión que nunca fue mía para empezar, y que ahora tampoco sé cómo abandonar.
Gabriel, Adrien y Daniel llegaron minutos después, alertados por Xoán, encontrando a Ilse todavía sentada en el suelo húmedo del sendero, con Xoán arrodillado junto a ella intentando examinar la herida en sus manos con la linterna frontal.
BLOQUE 3
---Necesita atención médica ---dijo Daniel, evaluando rápidamente el estado de Ilse con la experiencia de quien había pasado por su propia versión de aquel tipo de crisis meses atrás---. Y necesita, sobre todo, dejar de intentar hacer esto sola.
Ilse, dejándose ayudar a levantarse con una resistencia mucho menor de la que cualquiera habría esperado dado su carácter hasta entonces, miró a Gabriel directamente, con los ojos húmedos por algo que ya no parecía cálculo ni estrategia.
---Vine a robarles, si soy honesta ---admitió---.
Iba a intentar entrar sola, documentar lo que pudiera con mi teléfono, y publicarlo yo misma antes de que ustedes decidieran qué hacer con todo esto.
No tenía ningún plan más allá de eso. Ni siquiera sabía si sería capaz de encontrar la entrada en esta niebla.
Gabriel, mirándola bajo la luz tenue de las linternas, sintió una mezcla compleja de indignación por la intención confesada y una comprensión genuina hacia la persona visiblemente rota que tenía delante,
muy lejos ya de la mujer calculadora y segura que los había amenazado con litigios semanas atrás.
---Casi se lastima gravemente por eso ---dijo, finalmente---. Y todavía no entendió lo único que llevamos meses intentando explicarle: esto no es un trofeo que se pueda robar ni publicar a la ligera. Es una responsabilidad que se hereda, se comparte, o se protege. Nunca se roba sin consecuencias.
Ilse, apoyada ahora en el brazo de Xoán mientras caminaban de vuelta hacia la palloza a través de la niebla todavía espesa, no respondió de inmediato, aunque algo en su expresión, por primera vez desde que la conocían,
sugería que aquellas palabras finalmente habían encontrado un lugar donde asentarse dentro de ella, en lugar de rebotar contra la misma coraza calculadora que había mantenido durante semanas enteras de negociación y amenaza.