El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3) CAPÍTULO 25 — Un Testigo Inesperado
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CAPÍTULO 25 — Un Testigo Inesperado

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Se presentó en la puerta de la palloza de Amalia dos días después, un hombre de casi ochenta y cinco años, apoyado en un bastón y acompañado de una mujer de mediana edad que resultó ser su hija,

ambos con el acento característico de quien lleva décadas viviendo fuera de Galicia sin llegar a perder del todo la entonación original.

---Me llamo Manuel Casal ---se presentó, con una voz todavía firme a pesar de la edad---.

Nací en O Cebreiro, aunque emigré a Suiza en 1961, como tantos otros de mi generación.

Mi hija me contó que anda circulando por el pueblo la noticia de que encontraron algo en el monte, algo relacionado con la casa de la niebla.

Amalia, reconociendo el apellido de inmediato, se levantó con una agilidad sorprendente para invitarlo a pasar.

---Casal ---repitió, con una mezcla de sorpresa y cautela en la voz---. Los Casal se fueron de aquí hace más de sesenta años. Nunca pensé que volvería a ver a ninguno por el pueblo.

---Nos fuimos, pero nunca dejamos de guardar lo que nuestra familia tenía que guardar ---respondió Manuel, sentándose con esfuerzo junto al fuego---.

Mi abuelo me lo explicó antes de morir, cuando yo todavía era muy joven, poco antes de que emigráramos.

Me dijo que los Freire cuidaban el camino, pero que los Casal cuidábamos la memoria escrita, por si algún día el camino se perdía o la casa se derrumbaba del todo.

Cada familia tenía su propia mitad de la responsabilidad.

Gabriel, Adrien y Lucía, presentes en la habitación, intercambiaron una mirada cargada de expectación silenciosa.

BLOQUE 2

La hija de Manuel, presentándose como Carme Casal, sacó de un maletín de viaje un paquete envuelto en varias capas de tela protectora, con el cuidado evidente de quien ha transportado aquel objeto durante muchos kilómetros con plena conciencia de su fragilidad.

---Mi padre insistió en traerlo personalmente, en cuanto se enteró de las noticias ---explicó---. Lleva toda la vida guardándolo en una caja fuerte, en Zúrich, sin que casi nadie de la familia supiera exactamente qué contenía.

Dentro del paquete, protegido por capas sucesivas de tela encerada muy similar a la que había preservado tanto el manuscrito del scriptorium como los dos cálices gemelos, había un cuaderno considerablemente más pequeño que el volumen principal, con una encuadernación distinta, más sencilla,

y una fecha visible en la primera página: 1584, el mismo año fatídico que ya conocían por las cartas de Reinoso.

---Es el diario personal de uno de los tres monjes trasladados aquel año ---dijo Adrien, después de examinar las primeras páginas con creciente asombro---.

Fray Cosme de Samos, según la propia firma que aparece al final de cada entrada.

Esto es un testimonio directo, en primera persona, escrito por uno de los tres hombres que el obispo Reinoso ordenó silenciar para siempre.

Manuel, escuchando aquello, asintió lentamente.

---Mi antepasado, según me contó mi abuelo, era pariente lejano de fray Cosme.

Cuando la orden de silencio llegó, alguien de la familia logró sacar este cuaderno del propio monasterio antes de que se sellara para siempre, y desde entonces, generación tras generación, alguien de los Casal se encargó de mantenerlo a salvo, lejos de aquí, por si algún día resultaba necesario.

BLOQUE 3

Adrien pasó el resto de la tarde traduciendo, con una concentración casi febril, las últimas entradas del diario, redactadas por fray Cosme en los días previos a su propio traslado, cuando ya sabía, según reflejaban sus propias palabras, que aquel destino sin especificar significaba,

con toda probabilidad, el fin de su vida tal como la había conocido.

"Nos llevan sin decirnos adónde, pero yo sé lo que esto significa. He escrito todo lo que pude, todo lo que sé sobre el maestro y sobre quienes vinieron después de él, protegiendo su memoria en este lugar que la niebla siempre supo esconder mejor que cualquier muro humano.

Si algún día alguien lee esto, que sepa que no morimos por un crimen, sino por recordar demasiado bien algo que otros hombres, con más poder que nosotros, prefirieron que el mundo olvidara."

El silencio que siguió a aquella traducción tuvo, para todos los presentes, un peso distinto al de cualquier revelación anterior: ya no se trataba de una teoría histórica reconstruida a partir de fragmentos indirectos, sino del testimonio directo de un hombre que sabía, con absoluta certeza,

que estaba a punto de morir por aquello mismo que habían pasado semanas investigando.

Padre Esteban, visiblemente conmovido, se santiguó con lentitud.

---Esto confirma lo que Xoán sugirió desde el primer día ---dijo---. Nunca salieron realmente de aquí. Los mataron, o los dejaron morir deliberadamente, dentro de la propia cavidad que sellaron después.

Manuel Casal, escuchando aquello con una expresión que mezclaba tristeza antigua y un extraño alivio, como quien finalmente ve confirmado algo que su propia familia había sospechado en silencio durante generaciones, asintió despacio.

---Entonces mi familia guardó este cuaderno durante más de cuatrocientos años para exactamente este momento ---dijo---. Para que alguien, algún día, pudiera decir en voz alta lo que fray Cosme escribió aquella noche, sabiendo que nadie más lo escucharía jamás.