El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3) CAPÍTULO 21 — Negociantes de la Historia
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CAPÍTULO 21 — Negociantes de la Historia

BLOQUE 1

Ilse Kessler se presentó por su cuenta en la comisaría de Triacastela esa misma noche, sin esperar a que nadie fuera a buscarla, acompañada únicamente de uno de sus abogados y con una expresión que, para sorpresa de Gabriel,

parecía reflejar una genuina consternación en lugar de la habitual compostura calculada que había mostrado hasta entonces.

---Necesito que sepan que lo de esta tarde no fue autorizado por mí, al menos no de esa manera ---dijo, apenas los vio reunidos junto al sargento Otero, sin ningún preámbulo cortés esta vez---.

Instruí a mi equipo de seguridad para verificar, con presencia física si era necesario, si estaban avanzando sin respetar los términos del acuerdo.

Jamás autoricé que forzaran ninguna entrada, ni mucho menos que agredieran a un agente de la autoridad.

---Eso no cambia lo que pasó ---respondió Gabriel, sin ceder terreno---. Un hombre resultó herido. Mi asistenta resultó golpeada. Y todo eso ocurrió porque usted decidió que la desconfianza justificaba enviar a tres hombres a irrumpir en la propiedad de una mujer de noventa y un años.

Ilse no discutió la acusación, aunque tampoco bajó la mirada.

---Voy a asumir las consecuencias legales de las acciones de mi equipo, sean las que sean.

Pero necesito que entiendan algo que quizás no les quedó claro en nuestra primera conversación: no estoy en esto por dinero, doctor Llorente.

Mi tío tenía, cuando lo detuvieron, una fortuna considerable que podría haber usado toda su vida sin necesidad de arriesgar absolutamente nada.

Yo tampoco necesito el dinero que podría sacar vendiendo cualquier hallazgo relacionado con este monasterio.

BLOQUE 2

---¿Entonces qué quiere exactamente? ---preguntó Adrien, con un escepticismo que no intentó disimular.

Ilse se sentó, por primera vez desde que la conocían, con los hombros ligeramente hundidos, mostrando un cansancio que contrastaba con la fría determinación que había exhibido en cada encuentro anterior.

---Quiero publicarlo yo primero ---dijo, finalmente, con una franqueza que sorprendió incluso a los propios abogados presentes---.

No para venderlo al mejor postor, sino para que aparezca mi nombre, el de mi familia, asociado a un descubrimiento histórico legítimo en lugar de a tres generaciones de escándalos de tráfico ilegal y ahora, encima, a un procesamiento penal por secuestro y homicidio.

Quiero que cuando alguien busque "Kessler" en cualquier enciclopedia académica dentro de veinte años, encuentre algo distinto a lo que va a encontrar sobre mi tío.

El silencio que siguió reveló, para Gabriel, una motivación mucho más humana y mucho más comprensible de lo que había esperado encontrar en alguien de aquel apellido, aunque eso no disminuía en absoluto la gravedad de lo ocurrido aquella misma tarde.

---Eso no justifica poner en riesgo a la gente de este pueblo ---dijo, finalmente---. Ni tampoco justifica el riesgo de publicar algo tan delicado sin ningún cuidado por las consecuencias que eso tendría para millones de personas que veneran este culto desde hace siglos.

---Lo sé ---respondió Ilse, con una sinceridad que a Gabriel le resultó, contra todo pronóstico, casi convincente---.

Y precisamente por eso vine aquí esta noche, en lugar de simplemente presentar otra demanda desde la distancia.

Quiero seguir formando parte de esto, con las condiciones que ustedes consideren necesarias, incluida cualquier supervisión adicional sobre mi propio equipo de seguridad.

Pero necesito una garantía real de que mi nombre va a figurar en cualquier publicación que resulte de todo esto, no como financiadora oculta, sino como coautora legítima del hallazgo.

BLOQUE 3

Padre Esteban, escuchando toda la conversación con la misma atención pastoral que aplicaba a cualquier confesión genuina, intervino con una pregunta que ninguno de los presentes había considerado plantear todavía.

---Señora Kessler, ¿alguna vez se preguntó por qué su propia familia, con todos los recursos que manejaron durante tres generaciones, nunca logró llegar hasta aquí por su cuenta?

¿Por qué necesitaron, en cada ocasión, seguir el rastro de investigaciones ajenas en lugar de encontrar el camino ustedes mismos?

Ilse lo miró, visiblemente descolocada por la pregunta.

---Nunca lo pensé en esos términos, la verdad.

---Quizás porque este tipo de verdad ---continuó Padre Esteban, con una calma casi paternal--- no se encuentra únicamente con dinero, ni siquiera con documentación robada o comprada.

Se encuentra, según todo lo que hemos aprendido en tres investigaciones sucesivas, cuando quienes la buscan lo hacen con un respeto genuino por lo que van a descubrir, no solo con la ambición de poseerlo o de sacar algún provecho personal de ello.

Ilse no respondió de inmediato, procesando aquellas palabras con una expresión que Gabriel no supo interpretar del todo: quizás desdén disimulado, quizás una reflexión genuina que no esperaba tener que enfrentar aquella noche.

---Voy a considerar sus condiciones ---dijo finalmente, levantándose para marcharse---.

Pero les advierto que mi paciencia, y sobre todo la paciencia de mis propios abogados, no es infinita.

Tienen una semana para decidir si me incluyen formalmente en esto, con todas las garantías que exigí.

Después de eso, voy a tener que considerar otras opciones, mucho menos cómodas para todos los implicados.

Salió de la comisaría acompañada de su abogado, dejando tras de sí una sensación extraña entre los presentes: la certeza de que Ilse Kessler, a pesar de todo lo ocurrido aquella misma tarde, no mentía del todo sobre sus verdaderas intenciones, y la inquietud igualmente sólida de que aquello,

lejos de tranquilizarlos, complicaba considerablemente cualquier decisión que tuvieran que tomar a partir de ese momento.