CAPÍTULO 20 — Emboscada en la Bruma
BLOQUE 1
Lucía se había quedado en la superficie, junto a Amalia y al especialista en conservación del obispado, terminando de documentar el traslado del cáliz original de vuelta a su embalaje protector mientras el resto del grupo descendía hacia el núcleo del monasterio,
cuando el sonido de un vehículo deteniéndose bruscamente frente a la palloza la sacó de su concentración.
Los dos agentes que el sargento Otero había apostado discretamente en los alrededores, cumpliendo con la protección acordada semanas atrás tras el primer incidente con Xoán, se interpusieron de inmediato cuando tres hombres, entre ellos el mismo que había amenazado a Xoán en su primer encuentro,
bajaron del vehículo con una determinación que no dejaba ninguna duda sobre sus intenciones.
---Esta es propiedad privada bajo vigilancia policial ---advirtió uno de los agentes, con la mano ya cerca de su arma reglamentaria---. Retrocedan ahora mismo.
El hombre que parecía liderar al trío no se detuvo.
---Tenemos autorización legal para verificar el cumplimiento de un acuerdo de cooperación ---respondió, mostrando un documento que, a la distancia, Lucía no lograba distinguir con claridad---.
La señora Kessler tiene motivos para creer que están incumpliendo los términos acordados sobre acceso compartido.
---Eso no les da derecho a irrumpir así ---respondió Lucía, saliendo al exterior de la palloza con el corazón acelerado, consciente de que el resto del equipo, varios metros bajo tierra, no tenía forma alguna de saber lo que ocurría en la superficie.
BLOQUE 2
El forcejeo empezó cuando uno de los hombres de Ilse intentó apartar físicamente a uno de los agentes para acceder a la puerta trasera de la palloza, hacia la bodega que todos sabían conducía al corredor principal del monasterio.
Lo que siguió ocurrió con la velocidad confusa y desordenada propia de cualquier enfrentamiento real, tan distinto de cómo Lucía siempre había imaginado que sería un momento así: gritos superpuestos, el segundo agente interviniendo para separar a los dos primeros hombres,
Amalia gritando desde la puerta que se detuvieran todos antes de que alguien se hiciera daño de verdad, y el especialista en conservación, aterrado, protegiendo instintivamente con su propio cuerpo la caja donde acababa de guardar el cáliz de la Colegiata.
Uno de los hombres de Ilse, en el forcejeo, empujó con fuerza al agente que intentaba contenerlo, haciéndolo caer contra el marco de piedra de la puerta con un golpe seco que le abrió una brecha considerable sobre la ceja.
El segundo agente, viendo a su compañero herido, no dudó en reducir con rapidez al agresor, inmovilizándolo contra el suelo mientras pedía refuerzos urgentes por radio.
El tercer hombre, el que había hablado primero, retrocedió con las manos visibles, comprendiendo que la situación se había descontrolado por completo respecto a cualquier plan original.
---Esto no estaba autorizado así ---dijo, con un tono que sonaba genuinamente alarmado, como si aquel nivel de confrontación excediera con creces las instrucciones que había recibido---. Nadie dijo nada sobre forzar entradas.
BLOQUE 3
Xoán, alertado por el propio Daniel a través de un radio de comunicación que habían acordado mantener activo entre la superficie y el interior del monasterio precisamente para emergencias como aquella, subió corriendo desde el pasadizo apenas escuchó el aviso,
llegando a la palloza justo cuando los refuerzos de la Guardia Civil de Triacastela empezaban a llegar por la carretera, con las sirenas apagadas pero las luces destellando confusamente contra la niebla.
---¿Está todo bien? ---preguntó, sin aliento, buscando con la mirada a su abuela antes que a nadie más.
---Estoy bien, meu neno ---respondió Amalia, todavía temblando pero entera, sosteniendo con firmeza el brazo de Lucía, que tampoco había resultado herida de gravedad más allá de un golpe menor sufrido al intentar interponerse entre los hombres de Ilse y la puerta de la bodega.
El agente herido, con la brecha sobre la ceja ya cubierta con un vendaje improvisado, insistió en que su lesión no era grave, aunque el sargento Otero, llegando personalmente al lugar minutos después, ordenó de todos modos que lo trasladaran al centro de salud más cercano para una revisión completa.
---Esto ya no es una simple disputa legal ---dijo Otero, examinando al hombre detenido con una expresión que combinaba furia profesional y una seriedad renovada---.
Agresión a agente de la autoridad, intento de allanamiento.
Vamos a necesitar hablar muy seriamente con la señora Kessler sobre hasta dónde llegan realmente sus instrucciones a su gente.
Gabriel, Adrien y Padre Esteban llegaron a la superficie minutos después, alertados también por el radio, y encontraron la escena todavía tensa, con luces de emergencia parpadeando contra la niebla y Amalia sentada junto al fuego de su propia cocina,
envuelta en una manta que Lucía insistía en ajustarle a pesar de sus protestas.
---Rompió el acuerdo ---dijo Gabriel, procesando la magnitud de lo ocurrido---. No en los tribunales, sino directamente en el terreno. Justo cuando estábamos a punto de encontrar lo que llevamos semanas buscando.
Adrien, mirando hacia la carretera donde el vehículo de los hombres de Ilse esperaba ahora vacío, custodiado por los agentes de refuerzo, asintió con expresión sombría.
---Y eso significa que a partir de ahora, cualquier margen de confianza que quedara entre nosotros y Ilse Kessler, por escaso que fuera, acaba de desaparecer por completo.