CAPÍTULO 12 — Ilse Kessler
BLOQUE 1
Ilse Kessler se presentó en O Cebreiro sin ningún aviso previo, cuatro días después del hallazgo del manuscrito, acompañada de dos abogados vestidos con una formalidad que contrastaba de manera casi cómica con el barro del camino y la niebla que envolvía la única calle principal del pueblo,
además del propio hombre del dispositivo de medición que Xoán había reconocido de inmediato desde la ventana de la cafetería donde el grupo se había reunido a media mañana.
---Doctor Llorente ---dijo, extendiendo la mano con una formalidad estudiada que no llegaba a resultar cálida en ningún momento---. Ilse Kessler. Imagino que ya sabe quién soy, después de la investigación que sin duda hicieron sobre mí estos últimos días.
Gabriel no le estrechó la mano de inmediato, observándola con la misma cautela que había aprendido a aplicar frente a cualquier desconocido relacionado, aunque fuera indirectamente, con el apellido Kessler.
Era una mujer de unos cuarenta años, de rasgos afilados y una compostura que recordaba, en algunos gestos concretos, a su tío, aunque con una energía distinta, menos serena y más impaciente,
como si llevara consigo una urgencia que Anton nunca había mostrado ni siquiera en los momentos más tensos de su propia captura.
---Sé lo suficiente ---respondió Gabriel, finalmente, estrechando la mano brevemente---. Sé que contrató vigilancia sobre esta zona antes de que nosotros mismos supiéramos que había algo que investigar. Y sé que sus hombres amenazaron a un guarda forestal y a su abuela hace apenas unos días.
Ilse no negó la acusación, ni pareció particularmente incómoda por ella.
---Mis instrucciones fueron claras: observar, documentar, informar.
Si alguno de mis empleados se excedió en su interpretación de esas instrucciones, le aseguro que va a tener consecuencias profesionales serias.
No trabajo de la manera en que trabajaba mi tío, doctor Llorente. Y no vine aquí a amenazar a nadie.
BLOQUE 2
---¿A qué vino, entonces? ---preguntó Adrien, sin ocultar su propio escepticismo.
Ilse se sentó, sin esperar ninguna invitación formal, en una de las sillas libres de la cafetería, indicando a sus abogados con un gesto breve que permanecieran de pie a cierta distancia.
---Vine a proponerles una colaboración, aunque imagino que la palabra les va a sonar sospechosa dado el historial familiar ---dijo, con una franqueza que sorprendió a Gabriel por su aparente sinceridad---.
Mi tío pasó tres generaciones enteras de nuestra familia persiguiendo pruebas materiales de una obsesión que la mayoría de la gente, incluido buena parte de nuestro propio círculo social en Ginebra, consideraba simple delirio anticuario.
Ahora está detenido, enfrentando cargos gravísimos, y la fundación familiar está en proceso de liquidación forzosa.
Lo único que me queda de todo eso es la posibilidad de demostrar, de una vez por todas y con pruebas académicas serias, que la obsesión tenía fundamento real.
---Eso no explica por qué debería confiar en usted después de todo lo que hizo su tío ---respondió Gabriel, con la voz tensa.
---No le pido que confíe en mí. Le pido que considere la alternativa ---respondió Ilse, sin alterarse---.
Tengo abogados, tengo recursos legales considerables aunque limitados, y tengo información histórica que mi propia familia acumuló durante casi un siglo, incluyendo documentación sobre este mismo monasterio que ustedes recién están empezando a descubrir.
Puedo compartir esa información con ustedes, a cambio de acceso compartido a cualquier hallazgo futuro y de que mi nombre aparezca, con crédito legítimo, en cualquier publicación académica que resulte de todo esto.
BLOQUE 3
Lucía, que había escuchado el intercambio completo con los brazos cruzados, formuló la pregunta que a Gabriel se le había atragantado desde el principio de la conversación.
---¿Qué información tiene específicamente sobre este monasterio?
Ilse sonrió levemente, consciente de que acababa de encontrar la palanca que necesitaba.
---Sé, por ejemplo, que la advertencia tallada en el scriptorium sobre "el maestro de Ávila" fue añadida en 1584, coincidiendo exactamente con la orden de silencio del obispo Reinoso que ustedes ya encontraron en Lugo.
Sé que existe un segundo cáliz, gemelo del que se venera en la Colegiata, aunque nunca logré determinar su ubicación exacta.
Y sé, porque mi bisabuelo lo documentó con considerable detalle en su momento, que la propia Iglesia, no los Custodios de su Hermandad, fue quien decidió enterrar esta historia específica, precisamente porque tocaba algo mucho más sensible que un simple tesoro escondido.
Adrien, procesando la precisión de aquellos datos, sintió que la propuesta de Ilse, por incómoda que resultara, no podía descartarse sin más.
---¿Cómo obtuvo esa información su bisabuelo? ---preguntó---. Los documentos que Ambrosio Llorente vendió en los años treinta describían el sistema general de la red, según lo que ya sabíamos. ¿Incluían también detalles específicos sobre este monasterio en particular?
---Incluían más de lo que ustedes probablemente imaginan ---respondió Ilse---.
Mi familia llevó noventa años trabajando con fragmentos incompletos de una historia que ustedes están reconstruyendo ahora, con mucho más acceso directo del que nosotros tuvimos jamás.
Les estoy ofreciendo acortar ese camino, para ambos lados.
Gabriel miró a Adrien, después a Lucía, sopesando en silencio una decisión que sabía que ninguno de ellos podía tomar a la ligera, ni tampoco sin considerar seriamente las implicaciones de aceptar cooperación de alguien cuyo apellido llevaba ya dos investigaciones completas asociado directamente a
la muerte y al secuestro.
---Necesitamos tiempo para pensarlo ---dijo, finalmente---. Y necesitamos garantías concretas de que sus hombres, cualquiera que sea la instrucción que reciban de ahora en adelante, no vuelvan a acercarse a Xoán ni a su familia bajo ninguna circunstancia.
Ilse asintió, levantándose de la silla con la misma compostura estudiada con la que había llegado.
---Tienen cuarenta y ocho horas para decidir, doctor Llorente. Después de eso, voy a tener que considerar otras vías para proteger el interés legítimo de mi familia en este asunto, con o sin su cooperación.
Salió de la cafetería seguida de sus dos abogados, dejando tras de sí un silencio tenso que solo la niebla, presionando contra los cristales empañados del local, parecía capaz de igualar en densidad.