El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3) CAPÍTULO 1 — El Hallazgo de Xoán
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El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3)

El Monasterio de la Niebla (El Código del Camino de Santiago 3)

Por Daniel Enrique Chicote

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — El Hallazgo de Xoán

BLOQUE 1

La niebla en O Cebreiro no era un fenómeno ocasional, sino casi una segunda geografía superpuesta a la primera: durante buena parte del año, el pueblo permanecía envuelto en una masa de nubes bajas que subían desde los valles gallegos y quedaban atrapadas contra la ladera de la montaña,

a más de mil trescientos metros de altitud, en el punto exacto donde el Camino Francés cruzaba desde León hacia Galicia por el único paso practicable en muchos kilómetros a la redonda.

Los vecinos más viejos decían, medio en broma medio en serio, que en O Cebreiro no hacía falta reloj: bastaba con mirar si se veía o no el campanario de la Colegiata para saber si convenía salir a trabajar el monte o quedarse junto al fuego.

Xoán Freire llevaba seis años como guarda forestal de la zona, suficiente tiempo para conocer cada sendero, cada muro de piedra seca, cada palloza restaurada para el turismo y cada una que todavía servía, aunque fuera a medias, para lo que siempre había servido:

guardar ganado y protegerse del viento constante que azotaba aquella cresta montañosa durante todo el año.

Aquella tarde de octubre, con la niebla ya cerrándose sobre el pueblo antes de las cinco, hacía su ronda habitual por los alrededores de una de las pallozas restauradas a las afueras del núcleo habitado,

verificando que ningún senderista despistado se hubiera quedado atrapado por la caída repentina de visibilidad, algo que ocurría con más frecuencia de la que cualquier folleto turístico estaba dispuesto a admitir.

Fue entonces cuando la vio: una abertura, apenas del ancho de un hombro, oculta entre la vegetación espesa de un promontorio rocoso que quedaba justo detrás de la última palloza del sendero, en un punto que,

según el plano catastral que llevaba siempre consigo en una funda de plástico dentro de la mochila, debía ser roca maciza sin ninguna cavidad registrada.

Se acercó con precaución, apartando zarzas con el bastón de la ronda, y confirmó lo que ya sospechaba: no era una grieta natural producida por la erosión del agua o el hielo.

Los bordes, aunque desgastados por siglos de intemperie, conservaban trazas de haber sido trabajados a mano, con una regularidad que ninguna fuerza geológica produce por sí sola.

BLOQUE 2

No entró. Xoán tenía suficiente experiencia como guarda forestal para saber que una cavidad desconocida en terreno de montaña podía significar cualquier cosa, desde una simple oquedad inestable hasta una antigua mina abandonada con riesgo real de derrumbe,

y ninguna de esas posibilidades justificaba explorar solo, sin equipo ni compañía, con la luz del día ya cediendo terreno rápidamente ante la niebla.

Marcó el punto con una cinta de señalización que llevaba en la mochila, tomó varias fotografías con el teléfono desde distintos ángulos, y anotó las coordenadas exactas en la libreta de campo que usaba para cualquier hallazgo relevante durante sus rondas,

desde nidos de aves protegidas hasta árboles caídos que bloqueaban senderos.

De vuelta en su casa, ya con la niebla completamente instalada sobre el pueblo y el viento silbando contra las contraventanas de madera, no logró quitarse de la cabeza la imagen de aquella abertura.

Algo en la regularidad de los bordes, en la forma en que la vegetación parecía haber crecido específicamente para disimularla durante generaciones, le resultaba distinto a cualquier otra cosa que hubiera encontrado en sus años de trabajo por aquellas montañas.

Encendió el ordenador y, más por costumbre profesional que por verdadera expectativa de encontrar algo útil, empezó a revisar un archivo municipal que el ayuntamiento había digitalizado años atrás con más entusiasmo que rigor,

escaneando cajas enteras de documentos sin clasificarlos con demasiado cuidado, de manera que buscar algo específico dentro de aquel fondo se parecía más a explorar un desván revuelto que a consultar un archivo ordenado.

Tardó casi tres horas, saltando de documento en documento sin un criterio claro, hasta que encontró, perdida entre cientos de páginas escaneadas sin ningún índice útil, la mención que cambiaría por completo el curso de las semanas siguientes: un informe eclesiástico fechado en 1584,

redactado con la caligrafía apretada y formal propia de la cancillería episcopal de la época, que hacía referencia, de pasada y sin mayor explicación, a "el monasterio que la niebla se llevó", situado, según las escasas coordenadas relativas que ofrecía el propio documento,

"a media legua del hospital de peregrinos de O Cebreiro, hacia el poniente".

BLOQUE 3

Xoán leyó el párrafo tres veces seguidas, cada vez más despacio, intentando descartar la posibilidad de que se tratara simplemente de una expresión poética sin ninguna base real, una de esas metáforas que los cronistas antiguos usaban con generosidad para embellecer sus informes.

Pero la precisión de la ubicación relativa --media legua hacia poniente desde el hospital de peregrinos, un edificio que en su versión moderna seguía existiendo en el mismo lugar aproximado desde hacía siglos-- coincidía de manera demasiado exacta con la posición del promontorio rocoso donde había

encontrado la abertura aquella misma tarde.

No sabía muy bien qué hacer con aquella información.

Podía llevarla directamente al ayuntamiento, aunque sospechaba que terminaría archivada sin más trámite entre la burocracia habitual de cualquier hallazgo patrimonial menor.

Podía intentar investigar por su cuenta, aunque carecía de la formación necesaria para interpretar correctamente un documento de aquella antigüedad.

O podía hacer lo que finalmente decidió hacer, casi por impulso, después de recordar una entrevista que había leído meses atrás en un suplemento dominical sobre el hallazgo de un archivo histórico en Galicia, protagonizado por un tal Adrien Moreau,

presentado como especialista en manuscritos medievales vinculado a la Universidad de Santiago.

Encontró su contacto profesional a través de la propia universidad, después de dos intentos fallidos con números que ya no estaban en servicio, y le escribió un correo electrónico esa misma noche,

adjuntando las fotografías de la abertura y una transcripción cuidadosa del párrafo del informe de 1584, sin saber muy bien si obtendría alguna respuesta o si aquello terminaría, como tantas otras cosas, perdido entre la bandeja de entrada de alguien demasiado ocupado para prestarle atención.

La respuesta llegó a la mañana siguiente, mucho más rápido de lo que esperaba, y mucho más urgente en su tono de lo que cualquier correo sobre un simple hallazgo arqueológico menor debería sonar.

"No toque nada. No se lo cuente a nadie más todavía. Voy para allá en cuanto pueda organizar el viaje, y llevo conmigo a alguien que necesita ver esto tanto como yo."

Xoán releyó el mensaje varias veces, sintiendo una mezcla de satisfacción profesional y una inquietud que no lograba explicarse del todo, y volvió a mirar por la ventana hacia la niebla que todavía cubría el pueblo entero, preguntándose por primera vez,

con una seriedad que hasta entonces no había sentido, qué era exactamente lo que acababa de encontrar entre aquellas piedras.