El misterio del mausoleo de Qin Shi Huang PRIMERA PARTE
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PRIMERA PARTE

Beijing, la capital de China, tiene un amanecer gris, una neblina

El coche se desplaza con precaución debido a las condiciones meteorológicas hasta llegar a la plaza de Tiananmen. Allí escasea el aparcamiento, pero no para el recién llegado, que se detiene justo a la entrada del Museo Nacional de China.

El viajero sale después de que el chofer le abra la puerta del vehículo y lo proteja con un paraguas hasta que entra en el edificio. Una vez en el interior, se dirige a un mostrador situado en el centro de un amplio vestíbulo.

—Soy Li-Ping; quiero hablar con el director Li-Xon-Xoi.

La señorita detrás del mostrador, con una agradable sonrisa, le pregunta:

—¿Tiene usted cita previa?

Una mirada penetrante y un comentario sarcástico convencen a la empleada.

—¿Tengo que repetirlo?

—No, señor, sígame, por favor.

La recepcionista lo acompaña hasta un despacho en el primer piso, al que se accede por una amplia escalinata. Al llegar frente a una puerta, la señorita golpea con sus nudillos, abre y anuncia:

—Perdón, señor director: el señor Li-Ping.

Sin esperar invitación, el recién llegado entra en el despacho y se sienta frente al director.

—Buenos días, creo que tenemos un asunto delicado entre manos.

—Buenos días, tú dirás.

—Sabes que la policía controla las transacciones que se hacen en el mercado de Panjiayuan, aquí en Pekín, para evitar la compraventa de objetos y antigüedades robadas en casas, instituciones o en yacimientos arqueológicos ilegales.

En alguna ocasión han pedido mi colaboración como experto para identificar, tasar o descubrir falsificaciones.

Pues hace unos días me llamaron de la central de policía para mostrarme unas estatuillas de jade, dos en concreto, un león y un dragón, incautadas en una redada, de unos veinte centímetros de altura, color verde imperial, el más preciado, delicadamente talladas.

Al observarlas, vi que en su base estaba grabado el sello imperial de Qin Shi Huang, el primer emperador.

Quedé impresionado; sin duda se trataba de unas piezas excepcionales por su calidad y de un valor incalculable.

—Estas piezas no pueden ser auténticas.

—Lo son. Las mandé analizar; corresponden aproximadamente al 230 a. C., tienen más de dos mil años de antigüedad, y el sello imperial desapareció en el 900 d. C. Después de esta fecha, nada lleva el sello o es falso.

—¿La policía ha podido averiguar de dónde salieron las piezas?

—Las incautaron a un vendedor del mercadillo, en el puesto nº27. Tiene antecedentes por contrabando de objetos arqueológicos. Las estaba preparando para enviarlas a Rusia, seguramente a algún oligarca ruso; están averiguando a quién.

—¿Dónde están ahora las figuras?

—En la cámara acorazada del depósito de pruebas de la jefatura de policía.

—El comerciante debe saber quién se las dio o vendió; no aparecieron en su tienda sin más.

—El vendedor ha desaparecido; el puesto en el mercado está cerrado hace días.

—Hay que encontrarlo, pero tú sospechas de dónde pueden haber salido las figuras.

—Probablemente de una tumba de alguien importante; son los únicos que podían poseer este tipo de arte.

Por ejemplo, la tumba real de Fu Hao, de la dinastía Shang: como se encontró sin haber sido profanada, se pudo hacer un listado de todo lo que contenía: figuras de jade, pero de color marrón grisáceo, objetos de hueso, cerámica, piedra, bronce, marfil, armas…

Pero los objetos están datados en el 1.200 a.

C. y ninguno tiene sello imperial. La tumba más probable que podía contener este tipo de obras y con el sello imperial que acredita que son propiedad del emperador es el Mausoleo de Qin Shi Huang, pero resulta que sabemos dónde se encuentra, pero nunca ha sido profanado en la antigüedad ni abierto en la actualidad.

—¿Y si alguien lo ha hecho?

—Imposible, todo el complejo del mausoleo, las tumbas cercanas, los guerreros de terracota, todo está cercado y vigilado por mis hombres; nos habríamos dado cuenta.

—Sin duda, hay que encontrar al comerciante y que nos aclare el misterio de dónde las ha conseguido.

—Voy a hablar con la policía. Gracias, te mantendré informado.

El funcionario abandona el despacho del director del museo, sale a la calle y regresa a su automóvil, que inicia el viaje hasta la central de la policía de Pekín.

Cuando llega, entra en el edificio. Como ya lo conoce, se dirige al despacho del jefe superior de policía de la ciudad, el comandante Zhi-Peng.

Entra sin llamar.

—Buenos días, comandante.

—Pasa, no te cortes, pero, como ves, estoy en una reunión. Espera fuera.

—Es importante.

—Espera fuera.

Una hora más tarde, se abre la puerta del despacho y salen los participantes en la reunión. Desde el interior se oye la voz del comandante, que llama a Li-Ping.

—¿Se puede saber qué es tan importante?

—He hablado con el director del Museo Nacional de China.

Hay que averiguar la procedencia de las estatuillas.

Me ha insinuado la posibilidad de que las hayan robado del Mausoleo del primer emperador.

Yo no lo creo. La abertura descontrolada de la tumba podría tener consecuencias catastróficas, pues se cree que hay una maldición que protege al emperador y sabemos que hay una grave contaminación por mercurio.

—Averiguaremos dónde vive el comerciante, iremos a su casa y, si es necesario, lo traeremos aquí para interrogarlo.

Inmediatamente, agentes de la central se ponen a buscar la filiación y la dirección. Según los registros del mercado, su nombre es Min-Tao y vive en la Calle Yandai Xie nº14, una de las calles comerciales más antiguas de Pekín.

Al día siguiente, tres coches patrulla de la policía llegan a la ubicación.

Dos cortan la calle en ambos extremos; solo tiene 236 metros, así evitan posibles fugas.

El tercero se detiene justo enfrente de la casa-tienda del mercader, una construcción típica del inicio dinástico.

Tiene una planta cuadrada a nivel de calle, con un porche sustentado por cuatro columnas, sin capitel, que se usa como tienda de antigüedades, y un piso superior que es la vivienda.

El centro de la construcción es un patio abierto al cielo, perfectamente encuadrado por las estancias y totalmente simétrico.

Li-Ping y varios agentes entran en la casa.

Esta no está cerrada con llave. Gritan el nombre del comerciante y, a medida que avanzan y revisan las diferentes estancias, se percatan de que no hay nadie.

Cuando han inspeccionado la planta baja, suben al piso y recorren las diferentes habitaciones. En una de ellas…

—Señor Li-Ping, tiene que ver esto.

Al entrar en uno de los aposentos, encima de la cama encuentran el cadáver del vendedor. Li y dos agentes observan el cuerpo y el entorno. Uno de los agentes comenta:

—No parece tener signos de violencia que hayan podido causar su muerte y en la casa no se observan desórdenes producidos a consecuencia de una pelea.

—Avisemos al jefe, Zhi-Peng, al juez y al forense.

Al poco rato la casa se llena de agentes, personal forense y del juzgado. Li-Ping habla con el médico forense.

—Doctor, ¿ha examinado el cuerpo?

—Sí, no tiene signos de violencia. El hecho de encontrarlo en la cama podría decirnos que seguramente se encontró mal, se echó un rato y murió.

Las manchas que presenta en el cuerpo parecen hematomas por hemorragias internas; podrían deberse a un envenenamiento o intoxicación.

Hasta que no haga la autopsia, no te podré dar conclusiones claras.

—De acuerdo.

Después de tomar fotografías del escenario, las personas involucradas en la investigación empiezan a marcharse. Solo quedan el comandante de la policía y el funcionario.

—¿Qué opinas?

—No lo sé, es muy extraño; tampoco creo que sea una muerte natural.

—¿Qué te parece si ahora que no hay nadie echamos un vistazo por la casa?

—Tú eres el experto. Revisa si los objetos de la tienda son legales, si tienen valor o son quincalla para turistas. Yo buscaré por la casa si hay algún escondrijo, caja fuerte o rincón secreto.

Un par de horas después.

—En la tienda hay un poco de todo, nada como las figuras de jade desaparecidas. Aquí tiene jade, pero es barato y la mayoría de las piezas son de fábrica, nada artesanal. ¿Tú has visto algo que te llamara la atención?

—Quiero enseñarte una figura casi de tamaño natural que hay en el patio. Es un león chino de cerámica, pero me da la sensación de que no está donde debería. A ver tú qué opinas.

Cuando el policía y el funcionario salen al patio, se colocan al lado de la figura. Ambos se quedan mirándola. Li, por curiosidad, la golpea con los nudillos de la mano. El sonido es claramente el de algo hueco.

—Suena a vacío.

—Suena a cerámica.

—Cerámica vacía.

—Mira de moverla.

Ambos empujan con fuerza. La estatua se mueve, se desliza por el suelo, su peso es muy inferior a lo esperado. A medida que la desplazan va quedando al descubierto una trampilla metálica.

Cuando ésta queda totalmente destapada observan una anilla encastrada en la tapa. Tiran con fuerza de ella y la tapa se levanta, mostrando una escalera de piedra.

Con la luz de los móviles descienden hasta llegar al suelo del espacio recién descubierto.

En la pared de la derecha localizan un interruptor.

Al levantarlo, el sótano se ilumina. Los dos descubridores del escondite quedan perplejos.

En las paredes hay unas estanterías de madera repletas de objetos antiguos.

Al revisarlos, Li se da cuenta enseguida de que estos sí son de valor, algunos con sello imperial y otros no, pero todos auténticas reliquias arqueológicas.

—No creo equivocarme si te digo que todo esto es robado o expoliado de yacimientos arqueológicos ilegales.

—Mira, aquí hay una caja repleta de tablillas de bambú con caracteres escritos.

—De momento, vamos a mantener esto en secreto hasta saber qué le pasó a Min-Tao.

—De acuerdo, pondré vigilancia en toda la casa con la excusa de preservar pruebas.