Capítulo 43 · El nombre detrás de la inicial
Los misterios de Elena Vidal
El nombre detrás de la inicial
E l disparo resonó durante varios segundos entre las paredes del faro.
Después llegó el silencio.
Un silencio espeso.
Violento.
Andrea Severi permanecía arrodillado sobre la piedra.
Su mano derecha seguía aferrada al bastón.
La izquierda sujetaba todavía el borde del maletín abierto.
Elena cayó junto a él.
—¡Andrea!
La bala le había atravesado el hombro.
Había mucha sangre.
Pero la trayectoria parecía limpia.
Seguía consciente.
Respiraba con dificultad.
Sin embargo, sonreía.
Como si aquella herida confirmara algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Rinaldi alcanzó la plataforma apenas unos segundos después.
Sacó su arma.
—¡Ferretti! ¡Cerrad todos los accesos!
Las radios comenzaron a sonar.
Agentes de la Policía Local y de la Guardia Costera, avisados discretamente por el propio Rinaldi, iniciaron el cierre del perímetro.
El tirador ya no podía escapar fácilmente.
O eso creían.
Ferretti apareció jadeando.
—¡No hay nadie!
Rinaldi lo miró incrédulo.
—¿Cómo que no hay nadie?
—Hemos revisado toda la zona superior.
Solo encontramos un trípode.
Y un casquillo.
Elena levantó la vista.
—¿Un trípode?
Ferretti asintió.
—El disparo se hizo desde muy lejos.
Con un rifle de precisión.
El tirador ya se había marchado cuando escuchamos el primer impacto.
Andrea dejó escapar una pequeña risa.
Todos lo miraron.
—Nunca…
Nunca trabajan cerca.
Siempre observan desde la distancia.
La ambulancia llegó pocos minutos después.
Mientras los sanitarios atendían a Andrea, Elena permanecía con la carpeta gris entre las manos.
No la había soltado ni un solo instante.
Rinaldi la observó.
—Ábrela.
Ella negó lentamente.
—No.
Andrea sonrió débilmente.
—Antonio…
habría hecho exactamente lo mismo.
En el hospital, la operación comenzó inmediatamente.
La bala había evitado por centímetros una arteria.
Los médicos eran optimistas.
Pero necesitaría varias horas.
Lorenzo Sartori llegó poco después.
Al ver el bastón apoyado junto a la puerta del quirófano, cerró lentamente los ojos.
—Marco estaría orgulloso.
Laura apoyó una mano sobre su hombro.
—Y Antonio también.
Mientras tanto, en la Jefatura, Elena colocó la carpeta sobre la mesa de reuniones.
Todos esperaban.
Nadie hablaba.
Por primera vez desde el comienzo del caso, abrir un documento producía más miedo que curiosidad.
Finalmente levantó la tapa.
Dentro no había una lista de nombres.
Había dos.
La primera llevaba un título.
PERSONAS PROTEGIDAS
La segunda…
COLABORADORES ACTIVOS
El silencio fue absoluto.
Laura pasó lentamente las hojas.
Muchos nombres pertenecían a personas fallecidas hacía décadas.
Otros seguían siendo perfectamente reconocibles.
Empresarios.
Funcionarios.
Historiadores.
Políticos.
No aparecían como culpables.
Aparecían como enlaces.
Personas que, generación tras generación, habían decidido qué documentos debían conservarse.
Y cuáles debían desaparecer.
Rinaldi comenzó a leer uno por uno.
De repente se detuvo.
No fue un nombre.
Fue una inicial.
La misma letra que Andrea había mencionado.
N.
Solo eso.
Nada más.
Sin apellido.
Sin cargo.
Sin explicación.
Debajo aparecía una única anotación.
“Nunca mantener contacto directo.”
Elena sintió un escalofrío.
Aquella inicial no identificaba a una persona.
Identificaba a alguien que nunca debía quedar registrado.
Era la única entrada sin información adicional.
Como si incluso Antonio hubiera preferido no escribir más.
Laura revisó el reverso de la hoja.
Había una anotación hecha con otro tipo de tinta.
Mucho más reciente.
Reconoció inmediatamente la caligrafía.
Era de Alessandro.
Solo decía:
“Ya sé quién es N.”
Nada más.
Ni un nombre.
Ni una dirección.
Solo aquella frase.
Rinaldi dejó escapar un suspiro.
—Murió antes de escribirlo.
Elena negó despacio.
—No.
Alessandro nunca dejaba una investigación a medias.
Si descubrió la identidad…
la dejó en otro lugar.
Solo tenemos que pensar como él.
Aquella frase permaneció resonando en la sala.
Pensar como Alessandro.
No buscar lo evidente.
Buscar aquello que parecía insignificante.
Elena comenzó a recorrer mentalmente toda la investigación.
La fotografía.
El reloj.
El cuaderno azul.
La llave.
La caja de seguridad.
El Porto Vecchio.
El faro.
Entonces recordó algo.
Algo tan pequeño que todos lo habían ignorado.
El primer objeto que Alessandro llevaba consigo la noche del asesinato.
No era un documento.
Ni un teléfono.
Era una estilográfica antigua.
Una pluma que jamás se separaba de él.
Elena levantó la vista de golpe.
—¿Dónde están sus efectos personales?
Rinaldi tardó apenas unos segundos en comprender.
—En el depósito judicial.
Corrieron hasta la sala de evidencias.
El encargado abrió el armario metálico.
Allí seguían todas las pertenencias recogidas el día del crimen.
El reloj.
La cartera.
Las llaves.
Y la estilográfica.
Elena la sostuvo entre los dedos.
Era más pesada de lo normal.
Demasiado pesada.
Giró lentamente el cuerpo de la pluma.
No ocurrió nada.
Lo intentó en sentido contrario.
Entonces escuchó un pequeño clic.
Del interior cayó un diminuto cilindro metálico.
Laura contuvo la respiración.
No era un cartucho de tinta.
Era un microfilm.
Rinaldi permaneció inmóvil.
Hacía décadas que no veía uno.
Elena levantó lentamente la mirada.
Alessandro no había escrito el nombre de N .
Lo había fotografiado.
Y había escondido la prueba en el lugar donde nadie habría pensado buscar.
El laboratorio comenzó inmediatamente el proceso de revelado.
Mientras la imagen aparecía lentamente sobre la pantalla, Elena sintió que toda la investigación estaba a punto de concluir.
Pero, por primera vez desde que había llegado a Trieste…
No estaba segura de querer conocer la verdad.