El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 42 · El faro
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Capítulo 42 · El faro

Los misterios de Elena Vidal

El faro

E l Faro de la Victoria dominaba el golfo de Trieste como lo había hecho durante casi un siglo.

Desde allí podía verse el puerto antiguo.

Los muelles.

Los almacenes.

Y, más allá, la línea oscura del Adriático perdiéndose en el horizonte.

Antonio Valerian había escrito una vez que toda ciudad necesitaba un lugar desde el que aprender a mirarse.

Quizá por eso Andrea Severi había elegido aquel sitio.

No para esconderse.

Para obligarlos a contemplar la historia desde otra perspectiva.

Elena llegó unos minutos antes de la hora acordada.

Llevaba el cuaderno de Antonio dentro de una cartera de cuero.

No iba armada.

Rinaldi había protestado.

Mucho.

Pero finalmente aceptó permanecer a cierta distancia.

No rompería su palabra.

Aunque tampoco pensaba dejar sola a Elena.

Laura esperaba junto al coche.

Ferretti revisaba discretamente los accesos al monumento.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

El viento soplaba con fuerza.

Las olas golpeaban el rompeolas muchos metros más abajo.

Elena comenzó a subir lentamente la escalinata.

Cada peldaño parecía alejarla un poco más de la investigación policial y acercarla al verdadero motivo por el que Alessandro había muerto.

Al llegar a la plataforma superior, lo vio.

Andrea Severi permanecía apoyado sobre el bastón.

Miraba el mar.

No se volvió inmediatamente.

—Sabía que vendrías.

Su voz era serena.

Cansada.

Mucho más cansada de lo que Elena imaginaba.

Cuando finalmente se giró, Elena comprendió algo.

No estaba viendo al hombre que llevaba semanas imaginando.

No había arrogancia.

Ni desafío.

Solo el agotamiento de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un peso imposible.

Andrea sonrió apenas.

—Te pareces mucho a Antonio.

Elena negó.

—Nunca lo conocí.

—Precisamente por eso.

Aún puedes elegir.

Durante unos segundos ninguno habló.

El viento ocupó el lugar de las palabras.

Andrea señaló el cuaderno.

—¿Lo has leído?

—Sí.

—Entonces ya sabes que Antonio no era un santo.

Elena sostuvo su mirada.

—Nunca pensé que lo fuera.

Andrea asintió con una leve sonrisa.

Aquella respuesta parecía haberle gustado.

—¿Mataste a Alessandro?

La pregunta llegó sin rodeos.

Andrea cerró los ojos.

No respondió inmediatamente.

Cuando volvió a abrirlos, había tristeza en ellos.

No miedo.

No culpa.

Tristeza.

—No.

Elena no apartó la mirada.

—Necesito algo más que una palabra.

Andrea apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Llegué demasiado tarde.

El silencio volvió a imponerse.

Andrea respiró profundamente.

—Aquella noche recibí una llamada de Alessandro.

Quería entregarme algo.

Había descubierto quién dirigía Helios.

Y comprendió que ya no podía enfrentarse solo a ellos.

Elena sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Fuiste a verlo?

—Sí.

Pero cuando llegué…

Ya estaba muerto.

Las palabras cayeron como una losa.

Andrea continuó hablando.

No intentaba convencerla.

Simplemente recordaba.

—Cometí el peor error de mi vida.

En lugar de llamar a la policía…

Cogí la carpeta que Alessandro había protegido con su cuerpo.

Elena dio un paso adelante.

—¿Qué carpeta?

Andrea la miró fijamente.

—La lista.

La verdadera.

Los nombres que Antonio y Marco habían protegido durante décadas.

Elena comprendió inmediatamente.

—Por eso desapareció.

Andrea asintió.

—Si la policía la hubiera encontrado aquella noche…

Helios habría sabido exactamente dónde buscar.

Preferí convertirme en sospechoso antes que permitir eso.

Abrió lentamente el viejo maletín de cuero.

Seguía siendo el mismo que aparecía en las fotografías de 1956.

Lo colocó sobre el banco de piedra que había junto al mirador.

Dentro no había armas.

Ni dinero.

Solo una carpeta gris.

Muy fina.

Sin ninguna inscripción.

Andrea no la abrió.

—Aquí está.

Elena permaneció inmóvil.

—¿La has tenido todo este tiempo?

—Desde la noche en que murió Alessandro.

El viento pareció intensificarse.

Las banderas comenzaron a agitarse con violencia.

Andrea levantó lentamente la vista hacia el horizonte.

—Alessandro comprendió algo antes que ninguno de nosotros.

No basta con conservar la memoria.

También hay que decidir cuándo está preparada para ser conocida.

Elena recordó las palabras de Antonio.

La memoria necesita verdad.

Y también compasión.

Ahora ambas frases comenzaban a unirse.

—Entonces…

¿quién mató a Alessandro?

Andrea respondió casi en un susurro.

—Un hombre al que nunca llegué a conocer.

Solo sé una cosa.

No trabajaba para Helios.

Trabajaba para quien financiaba Helios.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Andrea negó lentamente.

—Ese nombre nunca apareció en ningún documento.

Solo utilizaban una inicial.

La letra N .

Nada más.

Antes de que Elena pudiera formular otra pregunta, sonó un disparo.

El ruido rebotó contra las paredes del faro.

Un instante después, el cristal de la linterna estalló sobre sus cabezas.

Andrea empujó a Elena contra el suelo.

Otro disparo.

Esta vez mucho más cerca.

Rinaldi apareció corriendo desde la escalinata inferior.

—¡Elena!

Ferretti gritó desde el acceso principal.

—¡Hay un tirador!

Todo ocurrió en apenas unos segundos.

Andrea abrió el maletín.

Sacó la carpeta gris.

La colocó en las manos de Elena.

La sujetó con una fuerza inesperada.

—Escúchame.

Su voz ya no temblaba.

—Si hoy consiguen recuperarla…

Setenta años de trabajo habrán terminado.

Elena quiso responder.

Pero Andrea ya no la escuchaba.

Se había incorporado.

Miraba hacia el lugar desde donde habían salido los disparos.

Y, por primera vez desde que comenzó aquella historia, dejó de comportarse como un historiador.

Se comportó como un hombre dispuesto a sacrificarlo todo para proteger el último legado.

Un tercer disparo rompió el aire.

Y Andrea Severi cayó de rodillas.

Sin soltar el bastón.

Sin apartar la mirada de Elena.

Como si hubiera esperado aquel momento durante toda su vida.