El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 39 · La última conversación
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Capítulo 39 · La última conversación

Los misterios de Elena Vidal

La última conversación

L as palabras de Lorenzo Sartori quedaron suspendidas en el aire.

—Alessandro y Andrea se reunieron pocos días antes del asesinato.

Nadie dijo nada.

El reloj de pared marcó lentamente las seis de la tarde.

Cada segundo parecía aumentar el peso del silencio.

Fue Rinaldi quien habló primero.

—Necesito que nos lo cuente todo.

Sin omitir nada.

Lorenzo asintió despacio.

Durante unos segundos contempló sus propias manos.

Las manos de un hombre que llevaba demasiados años sosteniendo recuerdos que nunca habían sido realmente suyos.

—Fue Alessandro quien me llamó.

Comenzó a hablar con una voz pausada.

—Quería reunirse con Andrea.

No conmigo.

Con él.

Elena frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque había descubierto algo que ninguno de los dos esperaba.

Laura permanecía inmóvil.

Sabía reconocer cuándo un testimonio estaba a punto de cambiar una investigación.

Aquello era uno de esos momentos.

La reunión tuvo lugar en un pequeño café situado junto al Canal Grande.

Lejos del puerto.

Lejos de cualquier edificio relacionado con el Archivio.

Un lugar completamente corriente.

Lorenzo había llegado unos minutos antes.

Se sentó en una mesa del fondo.

No participó en la conversación.

Solo observó.

Porque Alessandro se lo había pedido.

—«Si ocurre algo, alguien tendrá que recordar exactamente lo que se dijo.»

Eso le había dicho.

Y Lorenzo nunca olvidó una palabra.

Andrea Severi llegó puntual.

Vestía un abrigo gris oscuro.

Llevaba el mismo maletín de cuero que había pertenecido a su padre.

Y caminaba con aquella ligera cojera que tantos años después seguiría permitiendo reconocerlo.

Se saludaron con un apretón de manos.

No había hostilidad.

Había respeto.

Los dos sabían perfectamente quién era el otro.

Y ambos conocían el peso de sus respectivos apellidos.

Al principio hablaron de Antonio.

Después de Marco.

Recordaron historias que Elena jamás había escuchado.

Dos familias que habían compartido comidas.

Navidades.

Veranos.

Niños jugando entre los almacenes del puerto mientras sus padres discutían sobre documentos y mapas.

Durante un instante parecía imposible imaginar que aquellas personas terminarían enfrentadas.

Hasta que Alessandro formuló una única pregunta.

—«¿Qué escondía realmente vuestro padre?»

Andrea dejó la taza sobre la mesa.

Y respondió sin levantar la voz.

—«Lo mismo que el tuyo.»

Elena escuchaba sin apartar la mirada de Lorenzo.

—¿Qué quiso decir?

El anciano negó lentamente.

—Eso mismo preguntó Alessandro.

Y Andrea respondió algo que nunca olvidaré.

Lorenzo respiró hondo.

Después repitió aquellas palabras exactamente como las había escuchado años atrás.

—«Nuestros padres no protegían documentos.»

—«Protegían personas.»

El despacho quedó completamente en silencio.

Laura fue la primera en comprender el alcance de aquella frase.

—¿Personas?

Lorenzo asintió.

—Sí.

No se trataba únicamente de conservar la memoria de quienes habían desaparecido.

Había identidades.

Familias.

Colaboradores.

Refugiados.

Informantes.

Gente que sobrevivió precisamente porque sus nombres nunca llegaron a figurar en los archivos oficiales.

Elena sintió un escalofrío.

Aquello lo cambiaba todo.

Si esos nombres se hacían públicos incluso décadas después…

Podrían destruir reputaciones.

Reabrir heridas.

Cuestionar decisiones tomadas durante la guerra y la posguerra.

Antonio había querido conservar la verdad.

Marco había querido proteger a quienes seguían viviendo bajo el peso de aquella verdad.

Por primera vez…

Ambos tenían razón.

—¿Y qué respondió Alessandro?

preguntó Elena.

Lorenzo sonrió con tristeza.

—Dijo exactamente lo que habría dicho Antonio.

Todos esperaron.

—«La memoria no puede construirse sobre el silencio.»

Laura cerró los ojos.

Podía imaginar perfectamente aquella conversación.

Dos hombres.

Dos herencias.

Dos maneras de entender la justicia.

Andrea permaneció callado durante varios minutos.

Finalmente abrió el maletín.

Sacó una carpeta muy fina.

Y la dejó sobre la mesa.

No permitió que Alessandro la abriera.

Solo apoyó una mano sobre ella.

—«Aquí están los nombres.»

Dijo.

—«Los verdaderos.»

Elena sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué hizo Alessandro?

—No intentó coger la carpeta.

Solo hizo otra pregunta.

—«¿Quién más sabe que existe?»

Andrea respondió sin dudar.

—«Alguien que no pertenece ni a tu familia ni a la mía.»

Lorenzo bajó lentamente la mirada.

—Fue la única vez durante toda la conversación en la que vi miedo en los ojos de Andrea.

No miedo a Alessandro.

Miedo a otra persona.

Rinaldi se incorporó de golpe.

—¿Otra persona?

—Sí.

Lorenzo asintió.

—Andrea dijo que ya no controlaba la situación.

Que alguien había comenzado a buscar los nombres por motivos completamente distintos.

No quería proteger a nadie.

Quería utilizarlos.

El despacho volvió a quedarse en silencio.

De repente, Andrea Severi dejaba de ser el enemigo.

Podía ser…

El último obstáculo entre aquella lista y alguien mucho más peligroso.

Elena permaneció inmóvil.

Toda la investigación giraba de nuevo.

No buscaban un asesino.

Buscaban a quien necesitaba desesperadamente aquella lista.

Y Alessandro lo había descubierto demasiado tarde.

—¿Qué ocurrió al terminar la reunión?

preguntó.

Lorenzo tardó varios segundos en responder.

—Se dieron la mano.

Ninguno de los dos levantó la voz.

Ninguno amenazó al otro.

Cuando Andrea se marchó, Alessandro permaneció sentado mucho tiempo.

Mirando el canal.

Después vino hacia mí.

Me sonrió.

Y dijo una frase que nunca entendí…

…hasta después de su muerte.

El anciano cerró lentamente los ojos.

Repitió las palabras de memoria.

—«El problema nunca fue decidir qué debía recordarse.»

—«El problema era descubrir quién estaba escribiendo el olvido.»

Nadie habló.

Porque todos comprendieron que el verdadero autor de aquella historia…

Todavía no había aparecido.