El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 38 · La autorización
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Capítulo 38 · La autorización

Los misterios de Elena Vidal

La autorización

N adie habló.

La frase del director del banco permanecía suspendida en el aire como una sentencia.

—La caja fue abierta hace tres semanas.

Elena fue la primera en reaccionar.

—Eso es imposible.

El director negó lentamente.

—No según nuestros registros.

Colocó el viejo libro de accesos sobre la mesa.

Las páginas estaban amarillentas por el tiempo.

Las anotaciones más antiguas habían sido escritas a mano.

Las recientes aparecían impresas.

Solo había dos fechas relacionadas con aquella caja.

La primera correspondía a su apertura original, en 1956.

La segunda…

Tres semanas antes.

Nada más.

Rinaldi examinó cuidadosamente el registro.

—¿Quién firmó la autorización?

El director deslizó una copia del expediente.

—No fue una autorización ordinaria.

Fue una orden judicial emitida por el Tribunal de Trieste.

Laura frunció el ceño.

—¿Para abrir una caja de seguridad cerrada durante setenta años?

—Sí.

Elena leyó el documento.

La solicitud estaba impecablemente redactada.

Motivación:

Interés patrimonial e histórico.

No había nada extraño.

Hasta llegar al nombre del solicitante.

La línea aparecía completamente tachada.

Con tinta negra.

No era una copia deteriorada.

Alguien había ocultado deliberadamente aquella identidad.

—¿Quién puede hacer algo así?

preguntó Elena.

El director permaneció incómodo.

—Solo una autoridad judicial.

O alguien con una autorización excepcional.

Rinaldi cerró el expediente.

—Necesito la documentación completa.

El director dudó.

—Eso requerirá una nueva orden.

—Entonces la tendrá antes del mediodía.

Mientras abandonaban el banco, ninguno parecía satisfecho.

La caja había sido abierta.

Pero su contenido seguía allí.

Todo.

La carpeta.

El reloj.

La carta.

La fotografía.

Nada faltaba.

Aquello carecía de sentido.

—Si alguien buscaba estos documentos…

¿por qué los dejó?

preguntó Laura.

Elena permanecía pensativa.

—Porque no vino a llevárselos.

Vino a comprobar algo.

Aquella posibilidad cambió completamente la perspectiva.

El desconocido no necesitaba robar.

Necesitaba verificar.

Como si quisiera asegurarse de que Antonio Valerian no hubiera añadido nada más durante todos aquellos años.

O quizá…

Que nadie hubiera llegado antes.

Esa misma tarde, el juez instructor autorizó el acceso al expediente original.

El archivo judicial ocupaba varias cajas.

Entre ellas apareció la solicitud completa.

Rinaldi comenzó a leer.

Laura revisaba los anexos.

Elena pasó directamente a la última página.

Fue ella quien encontró el detalle.

—Aquí.

Todos se acercaron.

La orden judicial incluía una relación de personas presentes durante la apertura.

Director del banco.

Secretario judicial.

Notario.

Y una cuarta persona.

No figuraba su nombre.

Solo su condición.

Representante de la Fundación Severi.

El silencio volvió a instalarse.

Laura levantó lentamente la vista.

—Severi…

Marco Severi.

Rinaldi asintió despacio.

—No puede ser casualidad.

Ferretti comenzó inmediatamente una búsqueda documental.

La Fundación Severi existía.

Había sido constituida treinta y ocho años antes.

Su objeto social parecía irreprochable.

Conservación del patrimonio histórico.

Restauración documental.

Protección de archivos privados.

Todo encajaba.

Demasiado bien.

Elena recorrió la memoria.

Nunca había oído hablar de aquella institución.

Sin embargo, gestionaba numerosos proyectos culturales en el norte de Italia.

Siempre discretamente.

Siempre lejos de los focos.

Laura encontró una vieja publicación académica.

En una fotografía aparecía el presidente de la fundación durante una conferencia.

Era un hombre de unos sesenta años.

Cabello completamente blanco.

Traje oscuro.

Y un bastón de madera con empuñadura curva.

Nadie dijo una palabra.

No hacía falta.

Rinaldi pidió ampliar la imagen.

No buscaba el rostro.

Buscaba la forma de caminar.

En otra fotografía, tomada mientras subía unos escalones, resultaba evidente.

Apoyaba ligeramente menos peso sobre la pierna izquierda.

Exactamente igual que el hombre de las cámaras del Porto Vecchio.

Exactamente igual que la descripción de Pietro Zanetti.

Exactamente igual que las anotaciones de Sergio Marin.

Después de semanas siguiendo una sombra…

Por fin tenían un nombre.

Andrea Severi.

El despacho quedó en silencio.

Elena observó la fotografía durante largo rato.

No sintió satisfacción.

Sintió inquietud.

Porque Andrea Severi no era un delincuente oculto.

Era un historiador respetado.

Autor de varios libros.

Asesor de instituciones europeas.

Especialista en conservación documental.

Su vida pública era impecable.

Y precisamente eso lo hacía mucho más peligroso.

Lorenzo Sartori llegó una hora más tarde.

Cuando vio la fotografía, su expresión cambió por primera vez desde que comenzó toda la investigación.

No era miedo.

Era tristeza.

Muy despacio, tomó asiento.

Miró fijamente el rostro de Andrea Severi.

Después cerró los ojos.

—Se parece muchísimo a su padre.

Elena levantó la vista.

—¿Lo conoció?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Lo vi nacer.

El silencio fue absoluto.

—Marco Severi y Antonio Valerian no solo trabajaban juntos.

Eran amigos.

Muy amigos.

Sus familias crecieron prácticamente unidas.

Laura respiró hondo.

Entonces…

Andrea conocía toda la historia desde niño.

Lorenzo asintió.

—Y Alessandro también lo conocía.

Nadie esperaba aquella respuesta.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Qué acaba de decir?

El anciano la miró con una serenidad dolorosa.

—Que Alessandro y Andrea se reunieron pocos días antes del asesinato.

La habitación pareció quedarse sin aire.

Rinaldi dio un paso adelante.

—¿Por qué nunca nos habló de eso?

Lorenzo bajó lentamente la mirada.

—Porque hice una promesa.

Y porque durante mucho tiempo creí…

que todavía podían evitar lo que finalmente ocurrió.