Capítulo 21 · El legado de Alessandro
Los misterios de Elena Vidal
El legado de Alessandro
L a lluvia comenzó a caer sobre Trieste mientras el vehículo de la Policía cruzaba lentamente el Porto Vecchio.
Nadie hablaba.
El cuaderno descansaba dentro de una caja de conservación sobre el asiento trasero, protegido como si se tratara de una reliquia.
Quizá lo era.
Elena no apartaba la vista de él.
Durante todo el trayecto no había dejado de pensar en las páginas en blanco.
No podían estar vacías.
Antonio Valerian no habría protegido durante más de medio siglo un cuaderno sin contenido.
Simplemente era imposible.
El Laboratorio de Conservación del Patrimonio Histórico ocupaba una de las alas restauradas del antiguo Arsenal.
Era un edificio moderno por dentro y discreto por fuera.
El restaurador jefe, Giulio Marin, los esperaba junto a una mesa iluminada por varios focos articulados.
Había colaborado en la recuperación de documentos procedentes de archivos inundados, monasterios abandonados y bibliotecas dañadas durante la guerra de los Balcanes.
Sabía reconocer cuándo un documento ocultaba más de lo que mostraba.
Observó el cuaderno sin tocarlo.
—¿Cadena de custodia?
Rinaldi le entregó la documentación.
—Completa.
Marin se colocó unos guantes de algodón.
Abrió el cuaderno con una delicadeza casi ceremonial.
Fue pasando página tras página.
Después levantó la vista.
—A simple vista parece vacío.
Laura sonrió levemente.
—Eso mismo pensamos nosotros.
—Pero no me habrían traído hasta aquí por un cuaderno vacío.
Durante la siguiente hora utilizaron diferentes sistemas de iluminación.
Luz rasante.
Ultravioleta.
Infrarroja.
Los resultados fueron idénticos.
Nada.
Solo papel antiguo.
Marin permaneció pensativo.
Después acercó una potente lupa a la primera página.
Permaneció inmóvil durante varios minutos.
Finalmente sonrió.
—Aquí está.
Elena se acercó inmediatamente.
—¿Ha encontrado algo?
El restaurador señaló una zona casi imperceptible.
—No buscaban que apareciera una escritura.
Buscaban que nadie advirtiera que había existido.
Preparó una solución fotográfica específica y comenzó a registrar las páginas mediante una cámara multiespectral.
Las imágenes fueron apareciendo en la pantalla del ordenador.
Al principio solo manchas.
Después líneas.
Y finalmente palabras.
Muy débiles.
Pero perfectamente legibles.
Laura sintió un escalofrío.
—Funciona…
Marin asintió sin apartar la vista del monitor.
—Quien escribió esto sabía exactamente cómo ocultarlo.
La primera página revelada no contenía instrucciones.
Ni nombres.
Solo un breve texto.
“Si estas palabras han vuelto a la luz, significa que alguien ha considerado que ha llegado el momento de continuar.”
Elena leyó despacio.
Aquella frase parecía escrita para quien sostuviera el cuaderno décadas después.
Continuó.
“Ningún documento merece una vida humana. Ninguna verdad merece una muerte. Si alguien ha olvidado esta idea, el Archivio habrá perdido su sentido.”
Rinaldi levantó lentamente la cabeza.
Aquellas palabras cambiaban la imagen que había construido sobre Antonio Valerian.
No era un hombre obsesionado con los secretos.
Era alguien obsesionado con proteger a las personas.
Marin continuó recuperando nuevas líneas.
Aparecieron varias páginas escritas.
No formaban un diario.
Tampoco unas memorias.
Eran reflexiones.
Consejos dirigidos a quien algún día continuara su labor.
En una de ellas podía leerse:
“La memoria necesita testigos, no propietarios.”
En otra:
“Quien crea poseer la verdad terminará destruyéndola.”
Laura cerró los ojos unos segundos.
—No escribió esto para su familia.
Lo escribió para cualquiera que asumiera la responsabilidad.
Sartori sonrió con discreción.
—Eso intenté explicaros.
Nunca existieron herederos.
Solo custodios.
Cuando parecían haber terminado, Marin pasó lentamente una hoja.
Notó una ligera resistencia.
Se detuvo.
Las páginas centrales estaban unidas entre sí.
No por el paso del tiempo.
Alguien las había sellado deliberadamente.
Utilizó una fina espátula de restauración.
Separó el papel milímetro a milímetro.
Entre ambas hojas apareció un pequeño sobre.
Muy fino.
Sin sello.
Sin fecha.
Solo una inscripción escrita a mano.
Ábrelo únicamente cuando comprendas qué intentaba proteger Alessandro.
Nadie habló.
Elena tomó el sobre.
Lo observó unos segundos.
Rinaldi rompió el silencio.
—Si contiene información relevante para la investigación…
Ella negó suavemente.
—No.
Todavía no.
El comisario la miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro quería que llegáramos aquí.
Si dejó esta advertencia es porque sabía que abrir el sobre antes de tiempo podía hacernos interpretar mal lo que contiene.
Laura la observó con atención.
—¿Confías tanto en alguien a quien apenas conociste?
Elena tardó unos segundos en responder.
—No.
Confío en el trabajo que hizo antes de morir.
Y cada paso que damos confirma que dejó un camino preparado.
Cuando abandonaban el laboratorio, un agente se acercó rápidamente a Rinaldi.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
—Comisario.
Acabamos de terminar el análisis de las cámaras del Porto Vecchio.
Rinaldi abrió el informe.
El hombre del abrigo oscuro aparecía entrando en el antiguo almacén exactamente a las diez y diecisiete de la mañana.
Después…
Nada.
No existía ninguna imagen que mostrara su salida.
—¿Han revisado todas las cámaras?
preguntó Elena.
—Todas las que siguen funcionando.
No aparece abandonando el edificio.
Laura frunció el ceño.
—Eso es imposible.
Rinaldi permaneció unos segundos observando el plano del recinto que acompañaba al informe.
Después señaló una zona situada detrás del almacén.
—No.
No es imposible.
Solo significa una cosa.
Todos esperaron.
El comisario levantó la vista.
—Existe otra salida.
Y alguien la conoce mejor que nosotros.
Elena volvió a mirar la fotografía del hombre.
La imagen era demasiado borrosa para reconocer su rostro.
Pero había un detalle que no pasó desapercibido.
Llevaba las manos en los bolsillos.
Caminaba despacio.
Sin prisas.
Con la tranquilidad de quien sabe que nadie podrá alcanzarlo.
Aquella noche, por primera vez desde que comenzó la investigación, Elena dejó de preguntarse quién era el asesino.
Empezó a preguntarse cuánto tiempo llevaba preparándose para aquel momento.