El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5)
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Prólogo
Territorio Libre de Trieste
E l reloj del campanario de San Giusto acababa de marcar las dos de la madrugada cuando un camión militar sin distintivos cruzó lentamente la entrada del Porto Vecchio.
La niebla del Adriático cubría los muelles como un sudario.
El conductor apagó el motor.
Dos hombres descendieron en silencio.
Uno vestía uniforme británico. El otro, traje oscuro y sombrero. Nadie pronunció un nombre.
Solo descargaron un pequeño cofre de acero, sin inscripción alguna.
Era sorprendentemente pesado para un objeto tan pequeño.
El civil rompió el silencio.
—¿Está seguro de que nadie lo ha seguido?
El militar negó con la cabeza.
—Después de esta noche… dejará de existir oficialmente.
Caminaron entre antiguos almacenes de ladrillo hasta detenerse frente a una puerta de hierro oxidada.
El hombre del sombrero sacó una llave muy antigua.
La cerradura cedió con un chirrido.
Dentro solo había oscuridad.
Y humedad.
Descendieron por una estrecha escalera de piedra.
Al fondo apareció una cámara olvidada desde la época del Imperio austrohúngaro.
El civil dejó el cofre sobre una mesa de madera.
Abrió la tapa apenas un centímetro.
Vio papeles.
Muchos papeles.
Y algo más que brilló un instante antes de que volviera a cerrar la tapa.
Lo observó durante varios segundos.
—Nunca debió llegar hasta aquí.
El militar respiró profundamente.
—Entonces… ¿por qué no destruirlo?
El anciano permaneció en silencio unos instantes.
Después levantó la vista.
—Prométame una cosa.
—¿Cuál?
—Que nadie volverá a abrir esta puerta.
Entre los dos cerraron la cámara.
La puerta de hierro volvió a cerrarse con un sonido seco.
El anciano giró la llave dos veces.
Después escribió una única palabra en un pequeño cuaderno de tapas negras.
TRIESTE
A la mañana siguiente…
Los dos hombres habían desaparecido.
Nunca volvieron a ser vistos juntos.
Y durante más de setenta años…
Nadie volvió a abrir aquella puerta.