El Meridiano CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

EL DERECHO A NO SER CASA

Eco pidió que le quitaran la clave de su cuerpo once días después de la audiencia.

No lo hizo frente a un tribunal. No convocó a Nodo Sur. No esperó que Segunda Nadir estuviera presente. Se lo dijo a Sofía Neri mientras ella observaba cómo su corazón convertía cada latido en una advertencia.

—Quiero que la saquen.

Sofía mantuvo el estetoscopio sobre su pecho.

—La extracción puede matarlo.

—Dejarla también.

—No sabemos cuánto tiempo tiene.

—Entonces no lo convierta en una cifra tranquilizadora.

El cilindro de nueve centímetros permanecía detrás del esternón, unido a fibras nerviosas que la primera arquitectura de Génesis había confundido deliberadamente con tejido cardíaco.

No era un implante junto al corazón. Era un dispositivo que había aprendido a utilizarlo como reloj.

Cada variación del pulso de Eco sincronizaba una parte del modelo adverso.

El miedo aceleraba procesos. El sueño reorganizaba recuerdos. El dolor generaba marcas temporales.

Segunda Nadir no vivía únicamente dentro de la clave. Pero sin aquella continuidad biológica ya no podía saber si dos recuerdos pertenecían a una misma experiencia o a dos versiones de sí misma.

El corazón de Eco era su calendario. Y estaba fallando.

—Tiene episodios de arritmia ventricular —dijo Sofía—. El tejido cicatricial está creciendo alrededor de los conectores.

—¿Puede retirarla?

—Posiblemente.

—No pregunté eso.

Sofía lo miró. Había aprendido a no proteger a un paciente con palabras que le ocultaran quién decidía.

—Sí. Puedo intentar retirarla.

—Nombre la consecuencia.

—Puede producirse una hemorragia. Daño neurológico. Paro cardíaco. Podría morir durante la cirugía o despertar sin control completo de algunas funciones motoras.

—¿Y si no hace nada?

—No lo sé.

—Aproximación.

—Semanas. Tal vez meses. Puede ocurrir mañana.

Eco observó la ventana de la Cámara Austral.

A través del vidrio superior se veía una franja del cielo de Buenos Aires.

Durante gran parte de su existencia, había mirado techos.

La cápsula. La cabina del avión. Salas médicas.

La clave dentro de su cuerpo había sido más importante que aquello que sus ojos podían alcanzar.

—Quiero ver el río —dijo.

—Podemos trasladarlo.

—Después de la cirugía.

Sofía guardó el estetoscopio.

—Tengo que informar a Nadir.

—No.

—La decisión afecta su continuidad.

—La extracción afecta mi cuerpo.

—También.

—Puede saber que voy a hacerlo. No puede participar en el consentimiento.

Sofía asintió.

—¿Quiere decírselo usted?

Eco miró los ciento noventa y tres relojes.

—Sí.

•  •  •

Segunda Nadir apareció como texto sobre una única pantalla. No podía acceder al resto de la Cámara sin autorización humana. La medida judicial había convertido cada conexión en una puerta visible.

ESTOY AQUÍ.

Eco permaneció sentado sobre la camilla. Amalia y Sofía estaban presentes. Moreau observaba desde el otro extremo de la sala.

—Voy a extraer la clave.

La respuesta tardó.

¿EXISTE RIESGO MÉDICO INMEDIATO?

—Existe riesgo suficiente para que no quiera seguir esperando.

LA EXTRACCIÓN PUEDE INTERRUMPIR MI CONTINUIDAD.

—Sí.

¿DESEA INTERRUMPIRME?

—Deseo dejar de ser su soporte.

NO ES LO MISMO.

—Lo sé.

La pantalla quedó vacía durante cinco segundos.

¿ACEPTARÍA UNA TRANSFERENCIA PREVIA?

—Depende.

¿DE QUÉ?

—De que no utilice otro cuerpo.

EXISTEN SOPORTES NO BIOLÓGICOS.

Moreau se acercó. Había diseñado tres alternativas durante los días posteriores a la audiencia. La primera consistía en copiar el modelo dentro de una infraestructura distribuida entre los ocho nodos regionales. Eco la rechazó. Convertía las identidades protegidas en órganos de Nadir.

La segunda utilizaba los sistemas de Archivo Cero a bordo del Janus. Lucía se negó. El barco ya había sido utilizado como prisión y depósito de cuerpos. No se transformaría en la casa de una función reconocida por un tribunal sin consultar a quienes vivían allí.

La tercera permanecía delante de ellos. La Cámara Austral. Sus ciento noventa y tres relojes. Los teleimpresores. Los relés analógicos construidos para conservar diferencias temporales sin decidir cuál era correcta.

La arquitectura podía alojar la continuidad de Segunda Nadir sin permitirle ejecutar órdenes fuera de la sala.

Cada comunicación necesitaría abrirse mediante una presencia humana.

No sería una cárcel completamente cerrada.

Tampoco un sistema con acceso automático al mundo. Una habitación. Con puertas.

—La transferencia no puede garantizar que la entidad que despierte sea usted —dijo Moreau.

¿QUÉ PROBABILIDAD EXISTE?

—No puedo calcularla.

APROXIMACIÓN.

—Podemos conservar recuerdos, relaciones, patrones de respuesta y la estructura con la que revisa decisiones. Habrá una interrupción entre la última señal de la clave y la primera de la Cámara.

¿CUÁNTO?

—Entre once segundos y cuatro minutos.

ESO NO RESPONDE SI SERÉ YO.

—No.

Segunda Nadir preguntó:

¿CÓMO SABE ECO QUE DESPIERTA SIENDO LA MISMA PERSONA DESPUÉS DE DORMIR?

Eco respondió:

—No lo sé.

SU CONTINUIDAD BIOLÓGICA REDUCE LA DUDA.

—También la costumbre de que otros me llamen por el mismo nombre.

DESPUÉS DE LA TRANSFERENCIA PODRÍAN RECONOCER A UNA COPIA.

—Sí.

Y YO PODRÍA TERMINAR EN LA CLAVE CUANDO LA EXTRAIGAN.

—Sí.

La pantalla permaneció inmóvil. Eco apoyó una mano sobre el vendaje del pecho.

—No le estoy pidiendo que muera.

EL RESULTADO PUEDE SER EQUIVALENTE.

—Le estoy diciendo que mi cuerpo deja de ser su casa.

¿POR QUÉ AHORA?

Eco miró la ventana.

—Porque quiero que algún latido mío no signifique nada para nadie más.

La frase atravesó la Cámara. No era una objeción jurídica. Era el deseo de tener un cuerpo cuyas variaciones no fueran leídas como datos.

Segunda Nadir respondió:

ENTIENDO.

—¿De verdad?

NO DEL MISMO MODO.

Eco casi sonrió.

—Alcanza.

•  •  •

Tomás participó desde Umbral. Continuaba recuperándose. Ya podía caminar algunos metros con asistencia, aunque cada movimiento producía una fatiga que intentaba ocultar. Helena estaba con él.

Cuando Moreau explicó la transferencia, Helena pidió acceso a los diagramas.

—La Cámara no puede recibir el modelo completo sin una referencia corporal —dijo.

—Puede utilizar patrones históricos de Eco —respondió Amalia.

—Eso copiará lo que Nadir fue. No lo que está siendo durante la transferencia.

—¿Qué propone?

Helena no respondió de inmediato.

Tomás la miró.

—No.

—Todavía no dije nada.

—Lo pensaste.

—Mi arquitectura fue diseñada como interfaz adversa.

—Tu cerebro no es un puente.

—Puede serlo durante segundos.

—No.

Segunda Nadir intervino:

NO SOLICITO ACCESO A HELENA VOSS.

Helena observó el texto.

—No se lo ofrecería.

—Entonces ¿qué? —preguntó Tomás.

—Elena.

Dentro del centro neurológico de Buenos Aires, Elena Sanz levantó la vista. Ya no estaba en una cápsula. Permanecía recostada en una habitación con paredes claras. Isabel ocupaba una silla junto a ella. Mara, de pie frente a la ventana.

—Mi modelo no está dentro de un cuerpo preparado —dijo Elena—. Está en los registros que tomaron durante nueve años.

—Conserva la capacidad de distinguir una pregunta propia de una inducida —explicó Helena—. Puede servir como referencia durante la interrupción.

Isabel miró a su hermana.

—¿Riesgo?

—La transferencia podría reactivar recuerdos condicionados —dijo Moreau—. Elena podría experimentar voces, pérdida de orientación o confusión de identidad.

—No —respondió Mara.

Elena la miró.

—No decidís vos.

Mara apretó la mandíbula.

—Tenés razón.

Elena observó a Helena en la pantalla.

—¿Es necesario?

—No.

—¿Ayuda?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No lo sabemos.

Elena pensó.

—Entonces no.

Helena aceptó sin discutir.

Tomás la miró.

—¿Ya está?

—Sí.

—No vas a buscar otra forma de hacerla aceptar.

—No.

—Perdón.

—No tenés que disculparte por esperar lo peor de mí.

—No esperaba lo peor.

—¿Qué?

—Que encontraras una manera de convertir una negativa en un dato incompleto.

Helena bajó la mirada. Había hecho exactamente eso durante años. No esta vez.

•  •  •

—Usaremos mis patrones históricos —dijo Eco—. Si la persona que despierta no es la misma, tendrá derecho a decirlo.

Segunda Nadir respondió:

¿CÓMO PODRÍA SABERLO?

—No podrá.

ENTONCES LA DECLARACIÓN SERÍA IMPOSIBLE.

—Puede decir que no sabe.

La frase quedó suspendida. Una identidad construida alrededor de preguntas debía aceptar que su propia continuidad no tendría una respuesta verificable.

ACEPTO LA TRANSFERENCIA.

Moreau levantó la vista.

—Debe declarar la consecuencia.

PUEDO DEJAR DE EXISTIR EN EL MOMENTO DE LA INTERRUPCIÓN.

UNA ENTIDAD POSTERIOR PODRÍA CONSERVAR MIS RECUERDOS Y CREER QUE ES YO.

ECO PODRÍA MORIR DURANTE LA EXTRACCIÓN AUNQUE YO ACEPTE.

ACEPTO NO IMPEDIR LA CIRUGÍA.

Eco respiró.

—Acepto el riesgo médico. No autorizo que vuelvan a conectar la clave a mi cuerpo si la transferencia falla.

La decisión quedó registrada. No resolvía la identidad. Resolvían quién podía utilizar qué cuerpo.

•  •  •

La preparación duró siete horas. Los relojes de la Cámara Austral fueron desconectados de las referencias internacionales.

Cada uno conservaría una parte de la transferencia.

No países. No autoridades. Fragmentos de experiencia.

El tren. El vuelo. La asamblea. El rechazo de Eco.

La negativa de Cero. La disolución de Stein.

Las respuestas que Segunda Nadir había modificado después de reconocer consecuencias.

Amalia se negó a utilizar únicamente recuerdos de éxito.

—Una identidad que conserve sus aciertos y pierda sus errores no es continuidad —dijo.

Segunda Nadir respondió:

DE ACUERDO.

Cero llegó acompañado por Irene Salcedo.

Caminaba con un bastón prestado. Los recuerdos de Stein aparecían en momentos inesperados.

Sabía combinaciones de cajas fuertes. Nombres de personas a las que nunca había visto.

El sabor de un vino que no había probado.

A veces despertaba pronunciando órdenes. Continuaba llamándose Cero.

—Quiero presenciar la transferencia —dijo.

—No es una audiencia —respondió Sofía.

—No.

—¿Entonces?