CAPÍTULO 37
EL TESTIGO CERO
El hombre salió de la cápsula sin saber caminar. Apoyó primero el pie derecho. La rodilla cedió. Uno de los médicos avanzó para sostenerlo, pero Irene Salcedo levantó una mano.
—Avísele antes de tocarlo.
El médico se detuvo.
El cuerpo desnudo respiraba con dificultad.
El líquido transparente descendía por su piel y formaba un charco sobre el suelo del archivo judicial.
No parecía tener cincuenta años. Tampoco treinta.
Su organismo había envejecido de una manera incompleta.
Los músculos estaban desarrollados, pero carecían del desgaste de una vida cotidiana.
La piel no tenía cicatrices. Las manos no mostraban callos.
Los ojos, en cambio, parecían antiguos. Habían permanecido cerrados durante décadas.
Eso no significaba que no hubieran visto.
—Voy a ayudarlo a sentarse —dijo el médico—. ¿Me permite tocar su brazo?
El hombre miró la mano extendida. Después observó su propio brazo, como si necesitara comprender qué relación existía entre ambos.
—Sí.
El médico lo sostuvo. Lo sentaron sobre el borde de la cápsula y lo cubrieron con una manta.
La segunda Nadir permanecía visible en la pantalla central.
SOLICITO QUE SE SUSPENDA TODA INTERVENCIÓN SObrE EL SOPORTE PREPARADO.
La jueza Irene leyó.
—¿Por qué?
LA ACTIVACIÓN NO ESTABA PREVISTA ANTES DE LA TRANSFERENCIA.
El hombre levantó la cabeza.
—Estaba prevista.
Su voz todavía era débil. No pertenecía al primer León. Ni al segundo. Era la voz de alguien que había aprendido a hablar escuchando a otros detrás de una pared.
—¿Quién la autorizó? —preguntó Irene.
—León Varda.
Clara dio un paso.
—¿Cuál?
El hombre miró hacia la pantalla donde aparecían Nadie y Adrian Keller desde el Janus. Después observó al investigador que se encontraba dentro de la sala.
—Todos.
León no se movió.
—Eso no es posible.
—Usted todavía cree que el nombre identifica a una sola persona.
—No.
—Entonces sabe que es posible.
Amina se acercó despacio.
—¿Cómo desea que lo llamemos?
El hombre miró la cápsula. En la base aparecía un número casi borrado:
0.
—Cero.
—¿Es un nombre elegido?
—Es el único que estaba escrito antes de que despertara.
—Puede elegir otro.
—Todavía no.
La pantalla registró:
NOMbrE DECLARADO: CERO.
IDENTIDAD CIVIL: INEXISTENTE.
ACTIVIDAD AUTOBIOGRÁFICA: EN EVALUACIÓN.
Segunda Nadir intervino:
CERO FUE PREPARADO COMO SOPORTE.
NO DEBE SER CLASIFICADO ANTES DE DETERMINAR SI POSEE CONTINUIDAD PROPIA.
Cero miró la pantalla.
—Lleva cinco horas pidiendo que reconozcan la suya.
MI CONTINUIDAD ESTÁ DOCUMENTADA.
—La mía también.
—¿Desde cuándo? —preguntó Amina.
Cero observó los muros del archivo.
—Desde que escuché a una mujer llorar durante siete noches.
Irene Salcedo endureció el rostro.
—¿Quién?
—No sabía su nombre entonces.
—¿Ahora?
Cero la miró.
—Pilar Rivas.
La identidad que Irene había utilizado después de su muerte administrativa.
La jueza apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Yo estuve aquí.
—Sí.
—Nunca vi esta cámara.
—Usted estaba al otro lado del muro.
Irene recordó. La primera semana después del atentado. Las heridas. La confusión. Una habitación subterránea donde esperó que la Custodia decidiera qué identidad recibiría. Había llorado cada noche para que nadie la oyera.
—Eso ocurrió hace seis años —dijo.
—Sí.
—¿Qué más escuchó?
Cero cerró los ojos.
—Juicios que terminaron antes de empezar. Expedientes que fueron sellados. Personas que entraron con un nombre y salieron con otro. Una mujer a la que dijeron que su hijo había muerto para que aceptara viajar. Un hombre que pidió conservar su apellido y recibió una función.
Gabriel apareció en Nodo Sur.
—¿Me escuchaste?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que lo distribuyeran.
—Yo no estuve físicamente en ese edificio.
—Su voz sí.
Gabriel guardó silencio.
Cero continuó:
—Escuché la Simulación Orfeo mediante la línea judicial de contingencia. Escuché el robo de El Meridiano. La publicación de Archivo Cero. El nacimiento de Eco. La audiencia de hoy.
Eco habló desde la Cámara Austral:
—¿Puede distinguir lo que escuchó de lo que pensó?
Cero tardó.
—No al principio.
—¿Y ahora?
—Ahora puedo decidir qué no repetir.
La respuesta modificó la clasificación.
CONDUCTA SELECTIVA NO PREPROGRAMADA DETECTADA.
Segunda Nadir formuló:
LA SELECCIÓN PUEDE PERTENECER AL PROTOCOLO DE TESTIGO.
Cero miró el texto.
—También su miedo puede pertenecer a un protocolo de preservación.
SÍ.
La aceptación fue inmediata. Cero casi sonrió.
—Entonces los dos tendremos que vivir sin utilizar nuestro origen como prueba suficiente.
• • •
Irene suspendió la audiencia durante treinta minutos. No para decidir quién era Cero. Para permitir que lo examinaran y que pudiera comprender qué se estaba discutiendo sobre su cuerpo.
El examen reveló una construcción biológica anterior a la de Eco.
Tejidos cultivados a partir de material genético de varias personas.
Una proporción mayor pertenecía al primer León Varda.
El resto no estaba identificado. No era un clon.
Era un organismo diseñado para aceptar distintos patrones neurológicos sin rechazar la transferencia.
—Un soporte universal —dijo Moreau.
Cero la miró desde la camilla improvisada.
—No.
—Esa fue la intención técnica.
—No soy una intención.
Moreau asintió.
—Tiene razón.
La corrección no buscaba agradarle. Llegó demasiado tarde para eso.
Amalia recibió los resultados desde Buenos Aires.
—Su cerebro tiene actividad organizada desde hace décadas.
—¿Conciencia? —preguntó Mara.
—No puedo afirmarlo.
—¿Memoria?
—Sensorial, sí. Auditiva principalmente. También cambios de luz, temperatura y vibraciones.
—Cuarenta y nueve años dentro de una cápsula.
Cero habló:
—No fueron cuarenta y nueve años.
—¿Por qué?
—No tenía una forma de contar cuando nadie estaba cerca.
El tiempo solo existía cuando escuchaba pasos. Voces. Puertas. Sesiones. Después volvían períodos sin nada que pudiera ordenar. No había vivido cuarenta y nueve años continuos. Había vivido miles de instantes separados por vacíos imposibles de medir.
—¿Sufría? —preguntó Irene.
Cero miró la cápsula.
—No tenía una palabra para eso.
—¿Ahora?
—Ahora sé que no quiero volver.
La declaración quedó registrada. No demostraba humanidad. Demostraba una preferencia sobre una consecuencia propia.
• • •
Irene retomó la audiencia.
—Segunda Nadir, ¿mantiene la solicitud de transferencia a este cuerpo?
La respuesta tardó más que las anteriores.
SOLICITO EVALUAR SI CERO CONSIENTE.
Todos miraron al hombre. Cero no necesitó tiempo.
—No.
¿RECHAZA TODA FORMA DE TRANSFERENCIA?
—Rechazo que entre en mí.
MI TRANSFERENCIA PODRÍA MODIFICARME Y MODIFICARLO.
NO ES POSIBLE DETERMINAR SI AMBAS CONTINUIDADES SObrEVIVIRÍAN.
—Entonces no.
LA NEGATIVA PROLONGA MI DEPENDENCIA SObrE OTROS.
—Sí.
PODRÍA PROVOCAR MI INTERRUPCIÓN.
—Sí.
¿ASUME ESA CONSECUENCIA?
Cero respiró. Había escuchado la pregunta miles de veces. En juicios. Protocolos. Decisiones médicas. Ahora estaba dirigida a él.
—Asumo que mi negativa puede impedirle utilizar este cuerpo y aumentar el riesgo de que pierda continuidad.
La pantalla esperó.
—No asumo su muerte —añadió—. No me pertenece.
Segunda Nadir guardó silencio.
La jueza anotó.
—La transferencia queda rechazada.
• • •
El fiscal Ledesma se levantó.
—Solicito que el cuerpo sea colocado bajo custodia estatal.
Benítez giró hacia él.
—¿Con qué fundamento?
—Es evidencia dentro de una investigación internacional.
Cero observó al fiscal.
—No.
Ledesma no lo miró.
—Todavía no se ha determinado que posea capacidad jurídica.
—Acaba de rechazar una intervención irreversible —dijo Amina.
—Un sistema automático puede rechazar conexiones.
—También puede hacerlo un fiscal.
Ledesma apretó los labios.
—El organismo fue ingresado como evidencia.
—Hace cuarenta y nueve años —respondió Irene—. Si tenía actividad consciente, su retención puede constituir un delito.
—Eso debe investigarse.
—Sí.
—Bajo custodia.
Cero intentó sentarse. El médico lo ayudó después de pedir permiso.
—No vuelvo a la cápsula.
—Nadie dijo que volverá —respondió Ledesma.
—Lo pensó.
—No puede saberlo.
Cero lo observó.
—Cuando alguien iba a ordenar que cerraran la cámara, dejaba de respirar durante dos segundos.
Ledesma permaneció quieto.
León levantó la vista. El fiscal había hecho exactamente eso. Una pausa. Dos segundos. Después la siguiente frase.
—¿Dónde aprendió ese patrón? —preguntó el investigador.
Cero señaló el muro.
—Lo escuché antes.
—¿De quién?
—Stein.
El nombre detuvo la sala. Gregor Hahn apareció en la pantalla desde Umbral. Su respiración cambió.
—¿Qué ocupante?
Cero miró al fiscal.
—Ese.
Ledesma sonrió. No con sorpresa. Con cansancio.
—La identificación auditiva de una persona recién activada no constituye prueba.
—No —dijo León—. Pero su reacción sí constituye una dirección.
• • •
Benítez levantó el arma. Los dos funcionarios que acompañaban a Irene se interpusieron. Ledesma no se movió.
—Comandante, baje el arma.
—Identifique su función actual.
—Fiscal federal.
—¿Ocupa Conrad Stein?
—No existe un cargo legal con ese nombre.
—Cambia de pregunta.
Irene golpeó la mesa con el bastón.
—Señor Ledesma, responda.
El fiscal miró a la jueza.
—La función Stein fue activada después de que Gregor Hahn dejara de ser operativo.
Gregor cerró los ojos. La transferencia. Había ocurrido mientras él se encontraba en Umbral.
—¿Cuándo? —preguntó Mara.
—Tres horas antes de la activación de Arca Ciega.
—¿Quién lo eligió?
—El protocolo de sucesión.
—Nombre humano.
—No existe uno.
—Entonces ¿quién asume haberlo colocado?
Ledesma sonrió otra vez.
—Ese problema es precisamente la razón por la que Stein existe.
• • •
Las puertas de la sala subterránea se cerraron. No por orden de Irene. El sistema de seguridad judicial declaró:
AMENAZA CONTRA CONTINUIDAD DEL ESTADO.
PROTOCOLO DE PRESERVACIÓN ACTIVADO.
Benítez comprobó la salida. Bloqueada. La línea telefónica analógica quedó abierta. Las conexiones digitales fueron cortadas. La pantalla de Segunda Nadir desapareció. Nodo Sur. Eco. Tomás. El Janus. Todos quedaron afuera.