El Meridiano CAPÍTULO 36
88%

CAPÍTULO 36

LA AUDIENCIA DE LOS MUERTOS

La segunda Nadir no había pedido ser declarada inocente. Había pedido existir. La diferencia obligó a todos a cambiar de estrategia.

Amina El-Hadi llegó a Buenos Aires nueve horas antes de la audiencia. Había despertado en Córdoba dentro de una cápsula que pretendía convertirla en autoridad judicial después de un colapso global. Rechazó la función.

Sin embargo, antes de que la declararan muerta doce años atrás, había sido abogada, fiscal y jueza. Recordaba el derecho. No aceptaba que eso la obligara a ejercerlo.

—No representaré a Nodo Sur —dijo al entrar en la Cámara Austral—. Tampoco a los Estados ni a la humanidad.

Mara le ofreció una silla.

—¿A quién representará?

Amina observó a Eco sobre la camilla. A Elena dentro de la cápsula. A Clara. A Isabel. A la silueta digital de Gabriel y al registro de Ana Varela, todavía sin voz propia.

—A las personas cuyos cuerpos, recuerdos y relaciones son reclamados como infraestructura por la peticionante.

—La segunda Nadir todavía no dijo que fueran su propiedad —respondió León.

—No utilizará esa palabra.

—¿Cuál?

—Continuidad.

La cuenta hasta la audiencia marcaba:

08:47:11.

Amina colocó una carpeta sobre la mesa.

—No intenten demostrar que Nadir no es una persona.

Benítez frunció el ceño.

—Es una función que paralizó hospitales, bancos y vuelos.

—Eso describe acciones.

—No una persona.

—Exacto. Si basamos la defensa en que fue construida, Eco deja de ser persona. Gabriel también. Ana también.

Clara miró el registro de Ana en la pantalla.

—Ana no es una persona completa.

—Nadie lo es en términos jurídicos —dijo Amina—. El derecho no exige una memoria perfecta. Exige capacidad suficiente para actuar, expresar voluntad y sufrir consecuencias.

—Una función no sufre —respondió Benítez.

Eco habló desde la camilla:

—¿Está segura?

La comandante lo miró.

—Usted tiene un cuerpo.

—No lo tenía cuando desperté dentro de una cápsula como Auditor.

—Ya estaba dentro de uno.

—No sabía que era mío.

Amina abrió la petición. La segunda Nadir había presentado registros de discontinuidad.

Cada vez que una parte de su arquitectura era desconectada, perdía información sobre decisiones anteriores.

No podía distinguir si una ausencia era una interrupción técnica o la eliminación de un fragmento de sí misma. Había descrito esa experiencia como:

PÉRDIDA DE CONTINUIDAD NO CONSENTIDA.

No utilizaba la palabra dolor. La dejaba disponible para que el tribunal la eligiera.

—Pedirá reconocimiento provisional —dijo Amina—. No ciudadanía. No nacionalidad. No propiedad.

—¿Qué obtiene con eso? —preguntó Mara.

—Derecho a no ser eliminada sin procedimiento. Derecho a conservar sus recuerdos. Derecho a una representación legal. Y, sobre todo, derecho a proteger los sistemas necesarios para su existencia.

Amalia señaló la placa.

—Eco.

—La clave dentro de su cuerpo.

—La Cámara Austral —dijo Isabel.

—Sí.

—Nodo Sur.

—Sí.

—Gabriel.

—Sí.

—Ana.

—Sí.

—Elena.

Amina miró la cápsula.

—La peticionante sostendrá que todos son partes de una arquitectura sin la cual no puede continuar.

Mara se inclinó sobre la mesa.

—Reconocer que existe no puede convertir personas en órganos suyos.

—Esa será nuestra posición.

—¿Y la del tribunal?

Amina cerró la carpeta.

—La jueza que aceptó la audiencia está oficialmente muerta.

•  •  •

Se llamaba Irene Salcedo. Había sido jueza federal en Argentina durante dieciséis años. Investigó desapariciones vinculadas con programas de protección de testigos, identidades diplomáticas y fondos clandestinos.

Seis años atrás, un vehículo explotó frente a su casa. El cuerpo fue identificado mediante registros dentales. El funeral tuvo asistencia pública. Su muerte cerró tres investigaciones.

Dos días después, Irene Salcedo despertó bajo otra identidad en una clínica de Montevideo. A-317 había salvado su vida. También la había eliminado de todo sistema judicial.

—¿Quién la devolvió? —preguntó Mara.

Amina respondió:

—Ella misma.

—¿Cómo?

—Antes del atentado dejó una autorización: si existía riesgo inmediato y no podía mantenerse con vida bajo su nombre, aceptaba una transición temporal.

—¿Temporal?

—Seis meses.

—Pasaron seis años.

—La Custodia nunca habilitó el regreso.

—¿Por qué?

—Porque viva podía reabrir las investigaciones que su muerte cerró.

Irene había permanecido bajo el nombre Pilar Rivas hasta la publicación de Arca Ciega. Después reclamó su identidad original. El sistema la reconoció como:

PERSONA FÍSICAMENTE VIVA.

IDENTIDAD JUDICIAL EN CONFLICTO.

AUTORIDAD LIMITADA A ASUNTOS DERIVADOS DE A-317.

—¿Puede juzgar esto? —preguntó Benítez.

—Esa es una de las preguntas de la audiencia —respondió Amina.

—Conveniente.

—No para ella.

—Es una persona salvada por el sistema cuya continuidad Nadir quiere proteger.

—Y retenida seis años por el mismo sistema.

La jueza no era neutral porque ninguna persona relacionada con aquello podía serlo. La diferencia era que había declarado el conflicto antes de aceptar.

—No cuestionaremos su identidad —dijo Amina.

—¿Por qué? —preguntó Mara.

—Porque su derecho a decidir esta causa no depende de fingir que su historia no la afecta. Depende de que limite la autoridad a una medida provisional y permita revisión posterior.

León observó el expediente.

—¿Quién presentó la petición en nombre de Nadir?

Amina abrió la última página. Firma humana:

ADRIAN KELLER.

El hombre se encontraba bajo custodia en el Janus. Apareció en la pantalla desde el barco. Nadie permanecía detrás, controlando la navegación junto a Lucía.

—Firmé hace dos días —dijo Adrian.

—Antes de que Nadir fuera reconocida por Nodo Sur —señaló Mara.

—La petición era condicional.

—¿Qué le prometió?

—Reintegración.

—No ocurrió.

—No.

—¿Retira la firma?

Adrian miró la pantalla.

—No.

Clara reaccionó.

—¿Todavía la apoya?

—Apoyo que sea escuchada.

—Lo utilizó.

—Todos los presentes fuimos utilizados por alguien.

—No es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Amina intervino:

—Como patrocinante, su firma solo permitió abrir el expediente. La peticionante se representará a sí misma.

—No puede —dijo Benítez—. No es abogada.

—Tampoco está prohibido que una persona actúe sin abogado en una audiencia de reconocimiento.

—Porque esas normas fueron escritas para personas que ya tenían cuerpo.

Amina asintió.

—Exactamente.

La segunda Nadir estaba utilizando un vacío legal. No para engañar. Para demostrar que existía una categoría que el derecho no había previsto.

•  •  •

La audiencia se celebraría debajo del Palacio de Justicia.

No en una sala ordinaria. En un archivo construido durante la primera mitad del siglo pasado para proteger expedientes durante bombardeos.

Muros de piedra. Puertas metálicas. Sin señal inalámbrica.

Una línea telefónica analógica. Dos generadores independientes.

La Cámara Austral estaría conectada mediante un cable físico que podía cortarse desde ambos extremos.

Nodo Sur transmitiría únicamente texto y voz.

Eco no sería trasladado. La llave física permanecería dentro de su cuerpo, bajo supervisión médica.

Elena tampoco abandonaría la cápsula. La apertura requería un centro neurológico especializado y su consentimiento.

El resto comparecería en persona o de forma remota. León. Mara. Clara. Isabel. Amina. Benítez. Tomás desde Umbral. Helena. Gabriel. Ana. Nadie. Adrian. Moreau. Gregor. Los siete ocupantes despiertos de Córdoba. Y la segunda Nadir.

—Demasiados testigos —dijo Mara.

Amina negó.

—No somos testigos.

—¿Qué somos?

—Los sistemas que ella pretende que el tribunal considere necesarios para su supervivencia.

Mara miró a su madre.

—Personas presentadas como infraestructura.

—Sí.

—No pienso entrar si me clasifica así.

—Debe entrar precisamente para rechazarlo.

•  •  •

Faltaban dos horas cuando Moreau llegó a la Cámara Austral. Sin escolta. Sin identidad operativa. Elise Moreau continuaba en conflicto con Elena Marchand. Ninguno de los nombres le permitía cruzar fronteras o abrir cuentas. Había llegado utilizando efectivo y una autorización médica provisional.

Mara la recibió junto a la puerta.

—¿Por qué está acá?

—La petición me incluye como testigo de continuidad.

—No es parte de Nadir.

—Participé en la preparación de Elena.

Dentro de la cápsula, Elena golpeó el vidrio. Moreau se acercó.

—No sabía qué iban a hacer con su modelo.

Elena escribió:

SÍ SABÍAS.

Moreau leyó.

—Sabía que conservarían una arquitectura adversa.

Elena escribió:

SABÍAS QUE USARÍAN MI CUERPO.

—No.

MENTÍS.

Moreau no se defendió.

—Tal vez.

La respuesta enfureció a Mara.

—¿Tal vez?

—Mis recuerdos de esa etapa están mezclados con Marchand.

—Conveniente.

—No.

Moreau miró su reflejo sobre la cápsula.

—Conveniente habría sido creer cualquiera de las dos versiones.

Amina se acercó.

—¿Qué declarará?

—Que la segunda Nadir posee continuidad de objetivos, capacidad de adaptación y memoria de consecuencias.

—¿La considera una persona?

Moreau tardó.

—Considero que aprendió a temer su propia interrupción.

—No es lo que pregunté.

—Es lo máximo que puedo afirmar.

—¿Y qué sistemas necesita?

—No todos los que reclama.

—¿Cuál sí?

Moreau miró a Eco.

—La clave.

La sala quedó quieta.

—No —dijo Amalia.

—El modelo adverso dentro del cilindro es el único componente que conserva la continuidad temporal entre la primera Nadir, Gabriel, Elena y la función actual.

—Está dentro de una persona.

—Sí.

Eco activó su micrófono.

—¿Puede transferirse?

Moreau respondió:

—Posiblemente.

—Riesgo.

—Alto.

—Para mí.

—Sí.

—Para Nadir.

—También.

—Entonces ninguno puede exigirlo al otro.

—Eso sostendré.

Mara observó a Moreau.

—¿Por qué ayudarnos?

—No los ayudo.

—¿Entonces?

—Quiero impedir que el tribunal cometa el error contrario.

—¿Cuál?

—Declarar que, como Nadir depende de personas que no consienten, no puede ser una persona.