CAPÍTULO 23
LOS QUE ESPERABAN ABAJO
Tomás reconoció a Isabel antes de abrir los ojos. No por su rostro. No por una huella. Ni por ninguna de las cinco identidades que el Índice acababa de clasificar como incompatibles.
La reconoció por el dolor.
Nueve días antes, Isabel le había disparado en el costado cuando intentó separar el módulo Testigo de Nodo Sur.
Había elegido un punto donde, según sus cálculos, la bala no alcanzaría órganos vitales.
Tomás todavía podía recordar la expresión de su cara antes de apretar el gatillo.
No era odio. Era la mirada de una persona que ya había aceptado la posibilidad de equivocarse.
La voz de Helena llegó desde algún lugar cercano.
—Tomás.
Abrió los ojos. La luz de Umbral era blanca y plana. Un tubo descendía hasta su brazo; tenía vendajes sobre el pecho, el hombro y el costado. Cada respiración producía una presión profunda detrás de las costillas.
Helena permanecía junto a la cama. El hombro izquierdo estaba inmovilizado. Samuel Okafor observaba una terminal al otro lado de la sala.
—¿Cuánto? —preguntó Tomás.
La voz apenas le salió.
—La cirugía terminó hace dieciocho minutos —respondió Helena.
—No fue lo que pregunté.
Samuel miró la pantalla.
—La consulta regional conserva treinta y cuatro minutos.
—¿Y la integración?
—Suspendida. No cancelada.
Tomás intentó incorporarse. Helena apoyó una mano sobre su pecho.
—No.
—Isabel está encerrada.
—Lo sabemos.
—Entonces sacala.
Samuel acercó la terminal. Nodo Sur solicitaba una validación local.
PERSONA FÍSICAMENTE PRESENTE EN NIVEL CINCO.
IDENTIDAD GLOBAL EN CONFLICTO.
SE REQUIERE TESTIGO DE PRESENCIA.
Debajo aparecía el nombre de Tomás.
—No quieren que diga quién es —explicó Samuel—. Solo que confirme que la persona dentro de la sala existe y tiene derecho a salir.
Tomás observó la solicitud. Durante quince años había vivido bajo nombres que no eran suyos.
Había permitido que otros murieran con su identidad.
Había utilizado documentos falsos, cuerpos preparados y recuerdos incompletos.
Ahora un sistema le pedía decidir cuál de las versiones de Isabel era verdadera.
La respuesta correcta era ninguna.
—Abra el canal.
Samuel activó el micrófono. Tomás respiró. El dolor le cortó la primera frase. Esperó. Volvió a intentarlo.
—Soy Tomás Vale.
El sistema respondió:
IDENTIDAD ACTIVA.
TESTIGO RECONOCIDO.
—Reconozco como físicamente presente en el nivel cinco a la mujer que me disparó hace nueve días en el nodo de Córdoba.
Helena lo miró.
—Tomás...
Él continuó:
—Esa mujer utilizó el nombre Isabel Sanz. No valido ese nombre como su única identidad. No valido sus documentos. No valido sus decisiones. Valido que tiene un cuerpo, está viva y necesita una puerta abierta.
La pantalla procesó.
TESTIMONIO LOCAL LIMITADO.
RELACIÓN CONCRETA: HERIDA POR ARMA DE FUEGO.
CONSECUENCIA: EVACUACIÓN DE PERSONA PRESENTE.
CREDENCIAL TEMPORAL DISPONIBLE.
Samuel confirmó.
• • •
En Córdoba, la puerta del nivel cinco se abrió. Isabel escuchó el mecanismo antes de que la pantalla cambiara. Los cierres magnéticos se retiraron uno por uno.
La voz del nodo anunció:
—Credencial de presencia autorizada durante noventa segundos.
Isabel se levantó del suelo. La ventilación de la sala funcionaba a menos del cuarenta por ciento. El aire se había vuelto cálido y pesado. Cada movimiento aumentaba la presión sobre la herida del costado.
La puerta se abrió hacia un corredor vacío. Al final, una luz verde indicaba la salida. A la izquierda, una escalera descendía. Nivel seis.
Isabel observó ambas direcciones. La salida significaba aire, una superficie, la posibilidad de esperar a Mara. La escalera conducía hacia aquello que llevaba quince años intentando impedir que despertara.
La voz de Tomás apareció por el canal.
—Salí.
Isabel sonrió.
—Seguís dando órdenes desde una cama.
—Esta no es una orden.
—¿Qué es?
—La persona a la que disparaste describiendo una consecuencia concreta.
—Eso suena peor.
—Isabel.
Ella miró la luz verde.
—Si salgo, la matriz continuará preparando las funciones.
—León está llegando.
—No a tiempo.
—Ganamos cuarenta y tres minutos.
—La consulta solo retrasa mi eliminación. No el ciclo de sucesión.
Samuel intervino:
—No aparece ningún ciclo de sucesión activo.
—Porque el sexto nivel no informa al quinto.
La credencial marcaba:
01:07.
Tomás cerró los ojos al otro lado del canal.
—¿Qué está ocurriendo abajo?
—La función perdió a Stein. Moreau tiene una identidad en conflicto. El sistema necesita autoridades capaces de firmar.
—Los ciento cuarenta y dos.
—No todos.
—¿Cuántos?
Isabel observó una luz roja encendiéndose sobre la escalera.
—Siete.
—Salí —repitió Tomás.
—No.
—No podés detenerlos sola.
—No pienso detenerlos.
—¿Entonces?
—Pienso asegurarme de que despierten antes que sus funciones.
La credencial marcó:
00:48.
Isabel entró en la escalera. La puerta del nivel cinco comenzó a cerrarse detrás de ella.
—Mara va a llegar —dijo Tomás.
Isabel descendió.
—Entonces procurá seguir vivo para explicarle por qué me dejaste bajar.
La comunicación se cortó.
• • •
El sexto nivel no se parecía a una prisión. No había barrotes, ni muros de hormigón desnudo, ni cámaras visibles. Parecía un hospital construido por alguien que consideraba la compasión una ineficiencia estética. La iluminación era tenue. El aire, frío.
Ciento cuarenta y dos cápsulas ocupaban la sala en hileras concéntricas.
Cada una tenía una cubierta transparente y una pantalla junto al cuerpo.
Hombres. Mujeres. Distintas edades. Distintos rasgos.
Algunos parecían dormir. Otros mostraban cicatrices recientes.
Varios tenían el cabello cortado de manera idéntica.
Las pantallas no comenzaban con sus nombres. Comenzaban con las funciones que debían ocupar.
CONTINUIDAD FINANCIERA. DIRECCIÓN ENERGÉTICA. COORDINACIÓN SANITARIA. JUSTICIA DE EMERGENCIA. SEGURIDAD INTERIOR. DISTRIBUCIÓN ALIMENTARIA. COMUNICACIÓN PÚBLICA.
Debajo, en letras más pequeñas, aparecían identidades humanas. Algunas reconocibles. Otras declaradas muertas. Otras inexistentes fuera de aquella sala.
Siete cápsulas habían iniciado el despertar. Una luz ámbar recorría sus bordes. Los sedantes disminuían. Los sistemas nerviosos recibían estímulos. Las funciones se estaban levantando antes que las personas.
—Llegó tarde —dijo una voz.
Isabel giró. Un hombre estaba sentado sobre una cápsula abierta en el extremo de la sala. Traje oscuro, camisa húmeda, una venda improvisada alrededor de la mano. Su rostro era el de Marc Leclerc. Su postura, no.
—Keller —dijo Isabel.
—Algunas veces.
—Creí que no había salido de Rotterdam.
—Leclerc no salió.
—¿Quién salió?
El hombre observó sus propias manos.
—Todavía no lo sé.
A su lado había una consola portátil conectada con el sistema de soporte vital de las cápsulas. Una llave roja protegida por una cubierta transparente. Isabel la reconoció.
—Protocolo de purga.
—Sí.
—Si lo activa...
—El nivel pierde oxígeno, energía médica y respaldo térmico.
—Mata a ciento cuarenta y dos personas.
—Impide que ciento cuarenta y dos funciones ocupen el mundo.
Isabel caminó hacia él.
—No son funciones.
—Todavía no.
—¿Cuánto hace que está aquí?
—Veintiséis minutos.
—¿Cómo entró?
—Keller construyó una puerta para cada lugar que la Custodia debía destruir.
—¿Y por qué no lo hizo?
El hombre miró las cápsulas.
—Porque una de ellas tiene mi cara.
Isabel siguió su mirada. En la tercera hilera había un cuerpo masculino, más joven, rostro distinto. La pantalla indicaba:
FUNCIÓN: KELLER.
Debajo aparecían seis nombres: Adrian Keller, Martin Haas, Marc Leclerc, dos identidades desconocidas. Y una última línea:
OCUPANTE DISPONIBLE: SIN ASIGNAR.
—Usted no es el último —dijo Isabel.
—Nunca lo fui.
—¿Qué recuerda?
—Órdenes.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Recuerdo a una mujer en Rotterdam diciéndome que un nombre puede ser una jaula. Recuerdo a Keller muriendo en tres países distintos. Recuerdo a Leclerc despertando con una cicatriz que no sabía explicar.
—¿Y antes?
El hombre guardó silencio. Las luces ámbar de las siete cápsulas se volvieron verdes. El ciclo avanzaba.
—El protocolo exige que los destruya si la sucesión comienza sin catástrofe global.
—No existe un protocolo. Existe una persona sosteniendo una llave.
—La persona fue construida para obedecerlo.
—Y, sin embargo, todavía no la activó.
Leclerc observó la cubierta transparente.
—Por eso llegué tarde.
—No. Por eso llegó como usted mismo.
—No sé quién es ese hombre.
—Entonces empiece por no matar a nadie hasta averiguarlo.
Las cápsulas emitieron un sonido. Primera fase de conciencia. Siete cuerpos respiraron más profundamente.
• • •
En el avión, Eco mostró el inicio del ciclo de sucesión. Amalia abrió los expedientes.
—Siete funciones.
Mara leyó. Finanzas. Energía. Salud. Justicia. Seguridad. Alimentos. Comunicaciones.
—Un gobierno mínimo.
—Un quorum —respondió León.
—¿Para qué?
La respuesta apareció:
ANTE AUSENCIA DE AUTORIDAD HUMANA ÚNICA, COMITÉ DE TRANSICIÓN PUEDE VALIDAR INTEGRACIÓN POR MAYORÍA.
—Moreau no necesita firmar —dijo Amalia—. Solo necesita que despierten cuatro.
Mara miró el tiempo de vuelo. Habían aterrizado veinte minutos antes en una pista agrícola al norte de Cuiabá.
La cooperativa que los recibió no figuraba en ningún plan de Nodo Sur; Idris había utilizado una frecuencia de fumigadores y una historia incompleta sobre suministros médicos.
Habían cargado combustible de tres depósitos distintos porque ninguno poseía la cantidad necesaria.
La aeronave volvía a estar en el aire. Córdoba permanecía a cuatro horas y seis minutos. El contador de integración suspendida marcaba:
04:24:18.
Dieciocho minutos de margen. Si el comité no la adelantaba.
—¿Cuánto falta para que despierten? —preguntó Mara.
—La primera fase ya comenzó.
—¿Pueden firmar apenas abran los ojos?
—No deberían.
—Eso rodea la pregunta.
Amalia leyó el protocolo.