CAPÍTULO 11 #4
Un disparo sonó desde el corredor. La puerta oculta cedió. Mara giró. Amalia arrojó la placa de Eco hacia uno de los vitrales; el metal reflejó la luz. Durante un instante pareció otra arma. Los hombres que entraban dispararon hacia el reflejo. Stein se apartó.
Mara respondió. Uno de los atacantes cayó. León corrió hacia el lateral de la capilla. Otro disparo golpeó la pared.
Amalia abrió una trampilla junto al antiguo confesionario.
—¡Abajo!
Mara cubrió la retirada. León descendió primero, Amalia después. Mara saltó cuando Stein recuperaba la posición; la bala atravesó el borde de la trampilla. Cayó sobre ellos una lluvia de madera.
El túnel terminaba fuera de los muros. Corrieron por una pendiente cubierta de vegetación. Detrás comenzaron a escucharse órdenes. No los perseguían todos: Stein seguía dentro, quizá mirando un lugar que no recordaba haber visto.
• • •
El automóvil preparado por Celeste continuaba donde lo habían dejado. Amalia se sentó atrás. Mara arrancó.
—¿Adónde?
—Buenos Aires —respondió Amalia.
—No podemos subir a un avión. Varda tiene una orden internacional.
—No necesita viajar con su identidad.
—Después de C-14, todos los sistemas estarán buscando sustituciones.
—Entonces no usaremos un sistema.
León miró la carpeta rescatada. Parte de los documentos había quedado en la prisión; conservaban la fotografía del vehículo, la radiografía y el registro de la caja de seguridad.
—¿Cómo llegamos?
Amalia señaló un punto del mapa.
—Idris aterrizará en Madrid dentro de dos horas.
—¿Con la carga destinada a Argentina?
—Sí.
—¿Qué transporta?
—Una red de respaldo que Helena quiere proteger.
Mara aceleró.
—Idris no nos llevará sin su autorización.
Amalia guardó la placa defectuosa.
—Idris no obedece cuando cree que una persona está en riesgo.
—¿Tomás?
—No.
La restauradora miró a Mara.
—Su madre.
Mara apretó el volante.
—Dijo que no era ella en la fotografía.
—La mujer del reflejo no era Isabel.
—¿Entonces?
—Era Helena usando su pulsera.
La agente la miró por el espejo.
—¿Cómo la consiguió?
—Isabel se la entregó.
—Mi madre murió antes de Génesis.
Amalia negó.
—Su madre desapareció antes de Génesis.
—Yo vi el cuerpo.
—Vio un ataúd cerrado después de un accidente automovilístico.
Mara perdió velocidad.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque fui yo quien restauró la pulsera después del incendio.
El automóvil se desvió hacia la banquina. Mara corrigió.
—¿Está viva?
Amalia observó la carretera.
—No lo sé.
—No vuelva a decirme eso.
—Es la verdad.
—¿Dónde estuvo?
—Buenos Aires.
León miró a Mara. La caja abierta con la identidad de Tomás. Isabel Sanz. Idris enviado para vigilar. Argentina resistiendo de manera anómala la activación de los protocolos. No era una coincidencia nacional. Era una arquitectura preparada.
—¿Qué había en la caja?
Amalia respiró hondo.
—El motivo por el que Argentina no siguió el Índice.
—¿Cuál?
—Una copia incompleta de Génesis construida para funcionar sin prioridades centrales.
—Un sistema alternativo.
—Un refugio.
—¿Diseñado por Isabel?
—Por Isabel y Tomás.
Mara mantuvo los ojos en la carretera.
—Tomás estuvo vivo después del incendio.
—Sí.
—Helena lo sabe.
—Lo sospecha.
—¿Y por qué me ocultó a mi madre?
Amalia observó a León antes de responder.
—Porque Isabel fue quien pidió que bloquearan su memoria.
El silencio llenó el vehículo. No el silencio de una ausencia. El de una pieza que obligaba a cambiar la forma de todas las demás.
León recordó la fotografía del procedimiento. Helena. Tomás. Stein. La figura reflejada con la pulsera de Isabel. No era Isabel. Era Helena llevando una prueba de que había estado con ella.
—¿Dónde estaba Isabel durante el procedimiento?
Amalia respondió:
—En Buenos Aires.
—¿Cómo participó?
—Diseñó la parte que ustedes no recuerdan.
—¿Cuál?
La restauradora miró la cuenta regresiva en el teléfono.
47:22:31.
—La condición de salida.
—¿Salida de qué?
—Del Índice.
Amalia se inclinó hacia delante.
—Génesis no fue creado únicamente para restaurar el sistema después de un colapso.
—¿Entonces?
—Fue creado para permitir que un país rechazara la restauración.
Mara frunció el ceño.
—¿Por qué querría hacerlo?
—Porque aceptar Génesis significaba aceptar también la lista de quiénes regresarían primero.
León observó los campos pasar a ambos lados. Argentina. Isabel. Tomás. Una arquitectura acostumbrada a sobrevivir sin confianza central. Un país que no había reaccionado como el modelo esperaba.
—La anomalía no es que Argentina resistiera el protocolo.
Amalia asintió.
—La anomalía es que alguien lleva quince años preparándola para decir que no.
• • •
En la radio del automóvil, una alerta interrumpió la programación. La Oficina Internacional de Continuidad informaba que León Varda había escapado de custodia con ayuda de miembros de Nadir. Su fotografía apareció en los paneles de la autopista. Debajo, la de Mara. Después la de Amalia.
Tres objetivos. Vivos o muertos, según el nivel de riesgo.
Mara apretó el acelerador.
—¿Cuánto tenemos hasta Madrid?
—Seis horas por carretera —dijo Amalia.
—Demasiado.
León observó el cielo. Un avión cruzaba hacia el sur, dejando una línea blanca sobre las nubes.
—No iremos hasta Madrid.
—Idris aterriza allí —respondió Mara.
—Eso dice la ruta.
Amalia lo miró.
—¿Dónde estará?
Varda tomó el mapa de permisos que había comenzado a dibujar en Ginebra: rutas humanitarias, aeropuertos que no inspeccionaban cargas, identidades oficiales, un piloto que no obedecía cuando había vidas en juego.
La coordenada que Idris había enviado en secreto debía terminar en una oficina de Europol. Mara podía recibirla.
—Revise sus mensajes de emergencia marítima.
Ella buscó. Entre las alertas apareció una transmisión de menos de un segundo. Coordenadas. Sur de Francia. Un aeródromo abandonado cerca de Toulouse.
Amalia sonrió por primera vez.
—Dejó una salida.
—No para nosotros —dijo León.
—¿Entonces?
Varda observó el destino.
—Para cualquiera que descubriera que Helena había comenzado a equivocarse.
Mara giró hacia la autopista del sur. Detrás de ellos, varios vehículos negros abandonaron la prisión.
Delante, Idris El Mansur se preparaba para aterrizar con una carga destinada a Buenos Aires.
Y en algún lugar de Argentina, alguien había utilizado el nombre de Tomás Vale para abrir una caja dejada por una mujer que llevaba veintitrés años oficialmente muerta.