CAPÍTULO 7
LA NOCHE QUE FALTABA
Mara Sanz lo descubrió cuando ya habían atravesado el control.
—Ese no es su nombre.
León guardó los documentos dentro del abrigo.
—Tampoco era el del hombre que intentó drogarnos.
—Le pregunté por el pasaporte.
—No. Hizo una observación.
—¿A quién pertenecía?
—A un investigador privado llamado Adrian Keller.
—¿Está muerto?
—Desde hace ocho años.
Mara se detuvo en medio del andén. A su alrededor, pasajeros con valijas pequeñas buscaban los números de sus vagones; algunos reconocían a Varda por las transmisiones de la noche y lo miraban sin disimulo, otros sostenían el teléfono en alto, grabando.
—¿Lleva documentos de muertos habitualmente?
—Solo de aquellos que me autorizaron.
—Un muerto no puede autorizar nada.
—Lo hizo antes.
—¿Por qué?
—Sabía que alguien terminaría necesitando una identidad que los sistemas consideraran viva.
Mara miró hacia las cámaras de la estación.
—Stein la detectará.
—Sí.
—Entonces ¿para qué utilizarla?
—Para que detecte exactamente lo que esperamos.
El tren apareció al fondo de la vía. No llegó con dramatismo, no redujo la velocidad entre nubes de vapor ni hizo temblar la estación: se deslizó bajo el techo de vidrio con la eficiencia silenciosa de una máquina que ignoraba la crisis mundial.
En las pantallas del andén, la cuenta regresiva de Nadir ocupaba un pequeño recuadro junto a las noticias.
60:58:14.
El Meridiano continuaba desaparecido. Las autoridades seguían negando la existencia de Génesis. Las imágenes del teatro de Saint-Denis ya circulaban en redes sociales, aunque ninguna mostraba el cuaderno, las fotografías del café ni la secuencia que León llevaba en el bolsillo.
Todavía.
Mara subió detrás de él.
—¿Qué espera que haga Stein?
—Enviar a alguien a Bruselas.
—Ya debe tener gente allí.
—Entonces enviará a alguien distinto.
—¿Por qué?
—Porque la identidad de Keller no está vinculada conmigo. Está vinculada con Tomás.
Ella se detuvo en la entrada del vagón.
—No dijo eso.
—No preguntó.
—Empiezo a entender por qué la gente quiere golpearlo.
—La mayoría no necesita entenderme para hacerlo.
Encontraron sus asientos en un compartimiento casi vacío. Una mujer de edad avanzada dormía junto a la ventana; dos filas más adelante, un hombre leía un periódico impreso cuya portada mostraba la cámara Orfeo vacía.
Mara dejó su bolso sobre las rodillas.
—¿Quién era Keller?
—Un auditor externo de Génesis.
—¿Conocía a Tomás?
—Trabajaban juntos.
—¿Y por qué tiene su pasaporte?
—Porque tres semanas antes de morir me envió una caja.
—¿Después de Tomás?
—Siete años después.
—¿Qué contenía?
—El pasaporte. Dinero. Una llave. Y una nota.
—¿Qué decía?
—Que las identidades más útiles no son las falsas. Son las verdaderas que nadie recuerda verificar.
El tren comenzó a moverse. Mara observó el reflejo de León en la ventana.
—¿Keller murió por Génesis?
—Oficialmente, por insuficiencia cardíaca.
—Eso no respondió.
—Es la única respuesta que tengo.
—Pero conservó sus cosas durante ocho años.
—Conservar no es comprender.
—¿La llave también?
Varda la miró. Mara entendió antes de que él respondiera.
—Vamos a abrir algo.
—Probablemente. Todavía no sé dónde.
—¿La llave no tiene dirección?
—Tiene un número.
Le mostró una pequeña pieza de acero. No era una llave convencional: tenía un cuerpo cilíndrico y una cabeza plana marcada con tres cifras.
317.
Mara la examinó sin tocarla.
—Una consigna.
—Podría.
—Una caja bancaria.
—También.
—Un archivo físico.
—Eso espera quien entregó una llave.
—¿Y usted qué espera?
León guardó la pieza.
—Que el número no identifique el objeto. Que identifique el momento.
Mara frunció el ceño.
—¿Las tres y diecisiete?
—O tres minutos con diecisiete segundos. Un expediente. Una habitación. Una secuencia. Un asiento.
—Puede significar cualquier cosa.
—Por eso todavía sirve.
El hombre del periódico bajó una página. No miró hacia ellos, pero dejó de leer. Varda observó sus manos: no había tinta en los dedos, el papel continuaba doblado por la portada. Llevaba diez minutos en la misma página.
—Nos siguen —dijo Mara en voz baja.
—Sí. No es Stein. Tampoco Helena.
—¿Cómo puede saberlo?
—Los hombres de Stein utilizan auriculares internos. Los de Helena observan las salidas antes que a las personas. Él mira las cámaras.
Mara siguió la dirección sin mover la cabeza. El supuesto lector había elegido un asiento desde el que podía ver dos dispositivos de vigilancia del vagón.
—¿Entonces quién es?
—Alguien que desea saber quién nos observa.
—Eso no reduce mucho las opciones.
—No intenta seguirnos. Intenta comprobar si alguien más lo hace.
—¿Un protector?
—Los protectores suelen ser más peligrosos que los perseguidores. Creen que su intención les concede autoridad.
El tren aceleró. Los edificios de París se deslizaron detrás de las ventanas y fueron reemplazados por depósitos, carreteras y extensiones de casas idénticas.
Mara abrió su tableta. No tenía conexión.
—Bloquearon la red.
—No.
—Ningún dispositivo recibe señal.
—Eso no es un bloqueo.
León señaló los teléfonos de otros pasajeros. Algunos mostraban barras completas.
—Solo nosotros estamos aislados.
Mara revisó la configuración.
—El vagón tiene una red interna.
—Y nuestros dispositivos fueron dirigidos hacia ella.
—¿Para interceptar las comunicaciones?
—Para decidir cuáles recibimos.
La pantalla de la tableta se encendió. Una notificación apareció sin origen.
CAMBIEN DE TREN EN LILLE.
Mara la mostró.
—Helena.
—No.
—Es una instrucción.
—Helena no pide que cambiemos una ruta que ya conoce. La modifica sin avisar.
—¿Stein?
—Stein tampoco nos advertiría.
—Entonces ¿quién?
Varda miró al hombre del periódico. Él continuaba fingiendo leer.
—Alguien que teme lo que encontraremos en Bruselas, pero no puede detenernos abiertamente.
La notificación desapareció. Otra ocupó su lugar.
EL TREN NO LLEGARÁ A DESTINO.
Mara se levantó.
—Voy a hablar con el personal.
León la sujetó por la muñeca.
—No.
—Puede ser una amenaza real.
—Lo es.
—Entonces necesitamos detener el tren.
—Eso es lo que pide el mensaje.
—Pide cambiar en Lille.
—Porque quien lo envió controla lo que ocurrirá después.
Mara retiró la mano.
—¿Y qué propone? ¿Seguir sentados?
—Primero quiero saber qué versión del peligro eligieron mostrar.
León se levantó y caminó hacia el hombre del periódico. Se sentó en el asiento contiguo.
—La portada está invertida —dijo.
El hombre no levantó la vista.
—¿Disculpe?
—Sostiene el periódico de manera correcta, pero la doblez central quedó hecha para leerlo desde el otro lado. No lo abrió usted.
—Lo encontré en el asiento.
—No.
El hombre dobló el diario. Tenía aproximadamente cuarenta años, cabello castaño muy corto y una cicatriz casi invisible debajo de la mandíbula.
—¿Qué quiere?
—El nombre de la persona que pagó para que observara las cámaras.
—No sé de qué habla.
—No lleva arma.
—¿Eso debería tranquilizarlo?
—No. Significa que no espera intervenir.
Mara se acercó desde atrás. El hombre la vio en el reflejo de la ventana.
—Señora Sanz.
—Sabe quién soy.
—Todo el mundo lo sabe desde hace unas horas.
—No todo el mundo sabe que estoy en este tren.
El hombre cerró el periódico.
—Bajen en Lille.
—¿Por qué? —preguntó León.
—Hay un dispositivo en la vía.
Mara dio un paso.
—¿Explosivo?
—No lo sé.
—¿Quién se lo dijo?
—Una persona que suele tener razón.
—Nombre.
El hombre sonrió.
—Usted trabaja con Varda. Debería saber que los nombres son la parte menos confiable de una persona.
León observó la cicatriz: no pertenecía a una herida de combate. Era quirúrgica. Incisión cerca de una glándula salival.
—Trabajó para Keller —dijo.
El hombre dejó de sonreír. Mara miró a León.
—¿Cómo lo sabe?
—No lo sé.
—Acaba de afirmarlo.
—Quería observar la reacción.
El desconocido sostuvo la mirada.
—Keller dijo que haría eso, antes de morir.
—¿Quién es usted?
—Marc Leclerc.
—No.
—Es el nombre que uso.
—No es lo que pregunté.
El hombre guardó el periódico en el asiento.
—Keller me contrató para vigilar tres cosas después de su muerte.
—¿Cuáles?
—Una estación. Una caja. Y a usted.
—¿Durante ocho años?
—No continuamente.
—¿Qué debía hacer?
—Avisarle si alguien utilizaba su identidad.
León miró las cámaras del vagón.
—El pasaporte activó una señal.
—Sí. En una base privada.
—¿Controlada por quién?
—Keller no lo dijo.
—Entonces no era privada. Era clandestina.
Leclerc observó a Mara.
—La señal también llegó a otras personas.
—Stein —dijo ella.
—Y alguien más.
—Helena —supuso Mara.
El hombre negó.
—La mujer que llaman Nadir conocía el pasaporte. No necesitaba una alerta.
Varda inclinó la cabeza.
—¿Quién colocó el dispositivo en la vía?
—No lo sé.
—¿Por qué está seguro de que existe?
—Porque el tren de inspección que debía recorrer este tramo fue desviado hace doce minutos.
—Eso puede significar mantenimiento.
—Y porque dos equipos de emergencia esperan en una carretera paralela sin haber recibido una llamada.
Mara tomó la radio de un intercomunicador.
—Tenemos que informar al conductor.
Leclerc negó.
—La cabina recibe instrucciones desde el mismo sistema que desvió la inspección.
—¿Quién controla el tren?
—No lo sé.
—Sabe muy poco para alguien que vino a advertirnos.
—Sé que si disminuyen la velocidad antes del kilómetro ciento treinta y dos, activarán otro protocolo.
Varda observó el paisaje.
—¿Cuál?
—Evacuación por riesgo químico.
Mara comprendió.
—Nos sacarían del tren.
—Y nos trasladarían en vehículos oficiales —añadió León.
—Exactamente —dijo Leclerc.
—Otra puerta que abrimos nosotros mismos.
El desconocido asintió.
—Keller decía que terminaría entendiéndolo.
—Keller murió antes de que existiera este plan.
—No hablaba de este plan.
León miró la llave dentro de su bolsillo.
—¿Qué abre el 317?
Leclerc bajó los ojos.
—No una caja.
—¿Entonces?
—Una habitación.
—¿Dónde?
—En la Estación Central de Bruselas.
—No hay habitaciones numeradas para pasajeros.
—No para pasajeros.
Mara consultó la hora.
—Llegaremos en una hora y dieciocho minutos.
—Si llegamos —dijo Leclerc.