CAPÍTULO 6 #3
Miró el escenario en la pantalla. Los agentes recogían el cuaderno, las fotografías y los dispositivos.
El archivo visual contenía años de ensayos, pruebas y decisiones.
También contenía algo que Helena no conocía: una grabación completa del café de Bruselas.
No fotografías, no fragmentos. La conversación entera.
Celeste había recibido el archivo de una fuente anónima nueve meses antes.
Helena le había ordenado extraer únicamente las imágenes necesarias para provocar la memoria de Varda.
Celeste había obedecido. Pero conservó una copia.
No por traición. Por respeto a la escena.
Toda historia necesitaba su versión completa.
Activó una transferencia. El archivo comenzó a copiarse hacia un servidor externo. Destino:
VARDA, LEÓN.
La barra avanzó. Cinco por ciento. Diecisiete. Treinta y cuatro.
En la calle, uno de los agentes levantó la vista hacia la azotea. Celeste dejó la pantalla.
Cincuenta y uno. El hombre habló por radio. Otros agentes miraron hacia arriba.
Sesenta y ocho. Celeste subió a la bicicleta.
Ochenta y tres. Las puertas del edificio comenzaron a abrirse abajo.
Noventa y seis. La transferencia se detuvo.
ERROR DE ENTREGA.
El servidor de destino había sido bloqueado. Celeste frunció el ceño. Probó una segunda ruta. La pantalla mostró una advertencia:
ACCESO INTERCEPTADO POR OFICINA INTERNACIONAL DE CONTINUIDAD.
Stein. El archivo no había llegado a Varda. Pero alguien había detectado que existía.
Celeste guardó el dispositivo y descendió por la rampa del estacionamiento mientras los agentes subían por las escaleras. No había destruido el archivo. Había conseguido algo peor: Stein sabía que todavía quedaba una grabación capaz de demostrar qué ocurrió antes de la detención de Tomás.
Y ahora intentaría encontrarla antes que León.
• • •
Mara Sanz recibió la segunda fase mientras salía del teatro. El mensaje apareció en un teléfono que llevaba oculto dentro del forro de su chaqueta —no el dispositivo que utilizaba para Europol, tampoco el que había enseñado a Varda. Este no figuraba en ningún inventario.
Caminó detrás de él hasta los vehículos.
León avanzaba sin mirar a los agentes que los rodeaban, con la hoja de la secuencia junto a la sentencia de Tomás.
Parecía concentrado. Mara sabía que no: cuando León Varda pensaba, sus pasos perdían regularidad.
En aquel momento caminaba con una precisión excesiva.
Estaba escuchando. Esperando que ella hiciera algo.
Mara se detuvo junto a una ambulancia vacía y fingió revisar una notificación oficial. Abrió el mensaje.
LUMEN: MANTENER A VARDA FUERA DEL ALCANCE DE STEIN.
Debajo apareció una segunda instrucción:
CONDUCIRLO A UMbrAL.
Y una tercera:
NO REVELAR LA FUNCIÓN DE LA SECUENCIA.
Mara leyó la última línea. El teléfono comenzó a oscurecerse.
León se detuvo junto al automóvil. No la miró.
—¿Terminó?
Mara guardó el dispositivo.
—¿Con qué?
—Con la conversación que no estaba teniendo.
Ella se acercó.
—Stein acaba de emitir una orden para detenernos.
—No.
—La transmisión fue clara.
—Dijo que activaran un protocolo de terminación si recuperaba la secuencia. No es lo mismo que una detención.
—¿Qué cree que significa?
—Que no le interesa interrogarme.
Un agente francés abrió la puerta del vehículo. Mara observó al conductor. No era el mismo que los había llevado hasta el teatro.
—¿Quién es usted?
El hombre mostró una credencial de seguridad. Mara no la tomó.
—Baje.
—Señora, tengo orden de trasladarlos al centro de coordinación.
—Baje del vehículo.
El conductor mantuvo las manos sobre el volante. Varda observó el espejo retrovisor: un segundo automóvil acababa de detenerse detrás. Dos hombres descendieron. No vestían uniforme. Tampoco se apresuraban.
—No son policías —dijo Mara.
—No.
—¿Stein?
—Probablemente.
El conductor movió la mano hacia la consola. Mara abrió la puerta, lo sujetó por la muñeca y lo sacó del asiento antes de que pudiera activar el cierre. Uno de los hombres de atrás llevó la mano bajo la chaqueta. Varda empujó la puerta del vehículo contra él; el golpe lo hizo retroceder.
Mara sacó su arma.
—¡Al suelo!
Nadie obedeció. El segundo hombre avanzó. No intentó disparar: lanzó un pequeño objeto hacia el interior del automóvil.
Varda lo vio caer entre los asientos. Cilindro negro. Sin detonador visible.
—Gas.
Mara empujó a León. Ambos se apartaron mientras una niebla transparente comenzaba a llenar el habitáculo.
Los agentes franceses que custodiaban el teatro reaccionaron por fin: gritos, armas, órdenes contradictorias.
Los dos hombres se retiraron sin correr.
Uno arrojó una granada de luz; el destello cubrió la calle.
Cuando la visión regresó, habían desaparecido entre los vehículos.
El falso conductor yacía en el suelo, inconsciente. Una cápsula rota sobresalía de su cuello.
Mara se arrodilló. Buscó el pulso.
—Está vivo.
Varda se agachó junto al cilindro, sin tocarlo.
—No querían matarnos.
—No sabemos qué contiene.
—Si fuera letal, el conductor no habría permanecido dentro.
—Podía llevar un antídoto.
—Entonces no estaría inconsciente.
Mara miró la cápsula del cuello.
—Lo silenciaron.
—Antes de que pudiera hablar.
Un agente se acercó.
—Tenemos otro vehículo.
Mara negó.
—No utilizaremos ninguno que estuviera preparado.
—Podemos revisar...
—Eso esperaban.
Varda miró hacia el cielo: un helicóptero de prensa sobrevolaba la zona. Más lejos, detrás de los edificios, comenzaba a amanecer.
—La estación de tren está a nueve minutos.
Mara se incorporó.
—Stein controlará las salidas.
—Controlará aeropuertos, carreteras y vehículos oficiales.
—También trenes.
—Sí.
—Entonces ¿por qué?
León señaló a los periodistas reunidos tras el cordón policial.
—Porque no puede hacernos desaparecer delante de cámaras sin confirmar que tiene algo que ocultar.
Caminaron hacia la barrera. Mara guardó el arma.
—¿Adónde vamos?
—Bruselas.
—El mensaje de Celeste señalaba el café, pero ya no existe.
—No vamos al café.
—¿Entonces?
—A buscar el registro de la noche que olvidé.
Mara sintió el teléfono corroído contra su cuerpo. Conducirlo a Umbral. La orden de Helena apuntaba hacia otro lugar.
—La instalación está en los Alpes —dijo.
León siguió caminando.
—¿Qué instalación?
Mara comprendió que había hablado demasiado pronto.
—Un lugar relacionado con Génesis.
—No estaba en el cuaderno.
—No.
—¿Helena se lo indicó?
Ella no respondió. León se detuvo antes de cruzar la barrera. Los periodistas comenzaron a reconocerlo; varias cámaras giraron hacia ellos.
—¿Qué es Umbral?
—No lo sé por completo.
—Eso es mentira.
—Sé dónde está.
—¿Qué hay allí?
—Una parte del Archivo Cero.
—¿Y qué más?
Mara observó los objetivos de las cámaras acercándose. No podía decirlo. Todavía no.
—Una máquina diseñada para recuperar recuerdos.
El rostro de León no cambió.
—¿Míos?
—Sí.
—¿La secuencia?
Mara bajó la voz.
—Helena cree que está dentro de usted.
Los periodistas comenzaron a gritar preguntas. ¿Dónde está El Meridiano? ¿Conoce a Nadir? ¿Participó en el Proyecto Génesis? ¿Es cierto que los gobiernos ocultan un sistema financiero secreto?
Varda miró a Mara.
—¿Cuál era su orden?
—Mantenerlo vivo.
—La nueva.
Ella guardó silencio.
—Llevarme a Umbral —dijo él.
No era una pregunta. Mara asintió.
—¿Y ocultarme para qué sirve la secuencia?
El teléfono inutilizado parecía pesar dentro de su chaqueta.
—Sí.
León volvió a caminar.
—Entonces iremos a Bruselas.
—Helena puede mover el archivo.
—Eso quiere que piense.
—¿Y Stein?
—Stein irá a Umbral.
Mara lo siguió.
—¿Por qué?
—Porque cree que usted obedecerá.
—¿Y si tiene razón?
Varda cruzó la barrera. Los periodistas los rodearon; las cámaras grababan cada movimiento.
—Entonces será la primera vez esta noche que una historia no contiene contradicciones —dijo.
A las 07:03, León Varda y Mara Sanz desaparecieron dentro de una multitud que transmitía en directo.
• • •
En Lyon, Amalia abandonó el taller con una placa defectuosa dentro del abrigo.
En Turín, Idris despegó rumbo a Madrid llevando una carga que debía proteger un sistema argentino.
En Viena, Pavel ocultó una simulación que predecía muertos.
En Londres, Samuel autorizó un traslado mediante una orden antigua de Conrad Stein.
En París, Celeste escapó con la única grabación completa de la noche que León había olvidado.
Y en una habitación sin ventanas, Helena Voss observó cómo seis indicadores cambiaban de color.
NÁCAR: DESVIACIÓN MENOR.
BÓREAS: EN RUTA.
MÍNIMO: MODELO RECIBIDO.
PRISMA: ARCHIVO NO DESTRUIDO.
UMbrAL: AUTORIZADO.
LUMEN: RUTA ALTERADA.
Helena leyó el último estado. Mara no llevaba a León hacia los Alpes. Lo llevaba a Bruselas.
Durante unos segundos no hizo nada. Después abrió una comunicación segura. No llamó a Mara. Llamó a otra persona.
Conrad Stein respondió a la primera señal.
—Pensé que tardarías más —dijo.
Helena observó los seis indicadores.
—León cambió la ruta.
—Lo sé.
—No permitas que llegue a Bruselas.
Stein sonrió al otro lado de la conexión.
—¿Estás pidiéndome ayuda?
—Estoy ofreciéndote una oportunidad.
—¿Para qué?
Helena miró la fotografía de Tomás Vale.
—Para descubrir cuál de los dos le mintió mejor.
La comunicación terminó. Sobre la pared apareció la cuenta regresiva.
61:13:22.
Por primera vez desde el comienzo del golpe, Helena modificó una parte del plan. Y por primera vez, no estaba segura de haber anticipado lo que León haría después.