El Meridiano CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

—No para mí. Para cualquiera que mirara lo suficiente.

—Eso suena bastante parecido.

León abrió el archivo de programación. La escaleta contenía cientos de instrucciones —tiempos, planos, música, intensidad de luces, pausas para traducción, momentos de aplauso— identificadas por letras: L-1, L-2, L-3, P-7, C-4, V-2.

Parecían códigos técnicos. Pero una secuencia se repetía tres veces: P-7, R-9, I-4, S-2.

Mara leyó sobre su hombro.

—Prism.

—Prisma —corrigió Moreau.

La palabra estaba incompleta. Faltaba la última letra. León buscó en el siguiente bloque: la instrucción inmediatamente posterior al robo era una A.

PRISMA.

El nombre operativo de alguien que quería ser reconocido.

—No es una firma involuntaria —dijo Mara.

—No.

—Entonces Celeste quiere que la encontremos.

—Quiere que comprendamos su trabajo.

—¿Cuál es la diferencia?

Varda cerró el archivo.

—Una persona que quiere ser encontrada deja una dirección. Una artista deja una crítica.

Moreau soltó una exhalación impaciente.

—¿Qué crítica?

León miró los monitores: treinta y seis cámaras, mil millones de espectadores, una esfera desapareciendo desde el único ángulo que permitía la ilusión.

—Que nadie vio el robo —dijo—. Vieron una edición.

•  •  •

Julien Mercier llevaba nueve horas sentado bajo una luz demasiado blanca.

Tenía treinta y un años, barba de dos días y una mancha de café en la camisa.

Había respondido las mismas preguntas a la policía suiza, al equipo francés, a los responsables del edificio y a dos representantes de países que no se habían identificado.

Cuando Varda entró, Mercier ya no parecía asustado. Parecía vacío.

—Yo no sabía nada —dijo antes de que le preguntaran.

—Lo sé.

El realizador levantó la vista.

—¿Entonces puedo irme?

—No.

—Acaba de decir que no sabía.

—No saber no lo vuelve inútil.

Mara permaneció junto a la puerta. León se sentó frente a Mercier.

—¿Cuándo recibió la escaleta final?

—Esta mañana. La envió el sistema de producción, pero la aprobó Celeste.

—¿Habló con ella?

—Ayer. Por videollamada.

—¿La vio, o vio una pantalla?

Mercier lo miró sin comprender.

—Era ella.

—¿Cómo lo sabe?

—Trabajo con Celeste desde hace cuatro años.

—Describa su rostro.

El realizador abrió la boca. No respondió.

—Cabello oscuro —dijo al fin—. Ojos... marrones.

—Eso describe a millones de personas.

—Era ella. Reconocí la voz, los gestos. Camisa blanca, sentada contra una pared lisa. No recuerdo mucho más.

Varda esperó. El hombre empezó a comprender.

—La imagen no era buena —admitió—. La voz tenía un poco de retraso. Alguna interrupción.

—¿Le pidió que realizara alguna acción fuera de lo habitual?

—Que siguiera la escaleta sin improvisar.

—¿Eso es habitual en ella?

Mercier negó lentamente.

—Celeste siempre cambia cosas en directo.

—Pero ayer le ordenó no hacerlo.

—Dijo que los jefes de Estado habían exigido una realización más formal.

—¿Qué más?

—Que no utilizara la cámara diecisiete durante la presentación.

—¿Por qué?

—Problemas de exposición.

Mara consultó los planos.

—La cámara diecisiete estaba detrás del lateral derecho.

Varda asintió: el único ángulo que habría mostrado el desplazamiento de las placas.

—¿La cámara tenía problemas?

Mercier se pasó ambas manos por el rostro.

—No. La probé yo mismo. Funcionaba perfectamente.

—Entonces Celeste no pidió que evitara una cámara defectuosa. Pidió que evitara una cámara peligrosa.

El realizador tragó saliva.

—Yo no sabía.

—Eso ya lo establecimos.

—La llamada pudo ser falsa.

—Sí.

—¿Entonces Celeste puede no estar involucrada?

—Puede.

Mercier se aferró a la posibilidad.

—Alguien pudo utilizar su rostro y su voz.

—Sí.

—¿Y por qué supone que era ella?

Varda lo observó.

—Porque la persona de la llamada cometió un error.

—¿Cuál?

—No imitó a Celeste. Imitó la versión de Celeste que usted espera ver cuando está bajo presión.

—Señaló la mancha de café de su camisa—.

Ella sabe que usted improvisa cuando está nervioso.

Sabe que cambia planos para sentir que controla la transmisión.

Si alguien hubiera estudiado solamente sus comunicaciones, le habría dado instrucciones técnicas.

Celeste eligió una explicación capaz de herir su orgullo profesional: los mandatarios no confiaban en su estilo.

Mercier bajó la mirada.

—Por eso obedeció sin discutir —continuó Varda—. No quería demostrar que tenían razón.

El hombre apretó los labios.

—Fue ella.

—Probablemente.

—¿Dónde está?

—Eso quiero que me diga.

Mercier soltó una risa sin humor.

—No sé nada de su vida personal.

—¿Dónde trabaja cuando prepara una ilusión?

—En estudios, teatros, galpones. Depende del proyecto.

—¿Dónde ensayó la iluminación de la ceremonia?

—Aquí.

—No toda.

El realizador levantó la vista.

—¿Qué quiere decir?

—Un pulso magnético capaz de mover las placas habría interferido con instrumentos, cámaras y sistemas eléctricos. No podían probarlo dentro del palacio sin dejar registros. Necesitaban construir una réplica del escenario.

Mercier permaneció en silencio.

—¿Celeste alquiló algún espacio? —preguntó Mara.

—La empresa tiene varios.

—¿Cuál permite montar un escenario de estas dimensiones?

—El estudio de Saint-Denis.

—Demasiado visible —dijo Varda.

Mercier pensó.

—Hay un teatro.

—¿Cuál?

—No pertenece a la empresa. Celeste lo utilizó hace años para preparar un espectáculo.

—Nombre.

— Théâtre des Ombres.

Mara buscó la dirección.

—París.

—Está cerrado —añadió Mercier—. Hubo un incendio. No tiene permisos.

Varda se levantó.

—Entonces es perfecto.

El realizador también intentó ponerse de pie.

—¿Puedo irme?

León abrió la puerta.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque Celeste dejó una firma dentro de la escaleta que usted siguió durante horas sin verla.

Mercier palideció.

—¿Cree que trabajé con ella?

—Creo que ella sabía que usted no vería la palabra.

—Eso no es culpa mía.

Varda se detuvo.

—No. Pero debería preocuparle que alguien conozca mejor sus puntos ciegos que usted mismo.

•  •  •

En el pasillo, Mara recibió una llamada.

Se alejó varios metros y respondió en voz baja.

Varda no intentó escuchar las palabras. Observó su cuerpo: el hombro derecho descendió al oír la primera frase —alivio.

Después llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta —defensa.

Miró hacia él antes de responder —ocultamiento.

La llamada duró veintiocho segundos. Cuando terminó, Mara regresó.

—Encontraron el avión sanitario.

—Vacío.

Ella se detuvo.

—Sí.

—¿Dónde?

—En una pista privada cerca de Turín.

—Sin rastros del pedestal.

—Sin carga. Sin tripulación.

—Idris terminó de dibujar su mapa.

—Hay algo más.

—Siempre.

Mara le mostró la pantalla: una fotografía del interior de la aeronave. Sobre el piso vacío habían pintado el símbolo de Nadir. Debajo, una frase:

EL MUNDO NO TIENE FRONTERAS PARA AQUELLO QUE DECIDE NO VER.

Varda no leyó primero la frase. Observó a Mara. Ella había buscado el símbolo antes de ampliar la fotografía; sabía dónde aparecería. No fue una mirada casual: sus ojos se dirigieron exactamente al centro inferior de la imagen antes de recorrer el resto.

Varda tomó el teléfono. Amplió el símbolo.

—¿Lo había visto antes?

Mara mantuvo la expresión neutra.

—Todo el planeta lo vio esta noche.

—No en una imagen como esta.

—Es el mismo.

—Precisamente.

Ella guardó el dispositivo.

—¿Qué está insinuando?

—Nada.

—No parece.

—Las insinuaciones son útiles cuando uno quiere que la otra persona complete una acusación. Todavía no tengo ninguna.

Mara lo observó. El pasillo estaba vacío; a lo lejos se escuchaban teléfonos, puertas y pasos apresurados.

—Desconfía de mí.

—Desconfío de todos.

—Eso es una respuesta cómoda.

—Es una metodología agotadora.

—Me trajo hasta aquí.

—Usted me trajo.

—Por orden de cuatro gobiernos.

—Eso dijo.

La agente mantuvo los ojos sobre él.

—¿Va a preguntarme algo?

—No.

—¿Por qué?

Varda miró la pantalla apagada de su teléfono.

—Porque las personas preparadas para mentir suelen tener respuestas mejores que quienes hacen preguntas demasiado pronto.

Mara dejó escapar una respiración lenta.

—Entonces seguiremos fingiendo que no ocurrió esta conversación.

—No finjo.

—¿Qué hace?

—Espero.

Ella guardó el teléfono en el bolsillo.

—¿A qué?

—A que vuelva a mirar algo antes de que sepa que está ahí.

Mara no respondió.

•  •  •

Un agente apareció al final del pasillo con una carpeta transparente.

—Señor Varda.

León giró.

—Encontramos esto entre los objetos retirados del salón.

Dentro de la carpeta había un reloj mecánico: correa de cuero, caja de oro, cristal agrietado. Las agujas se habían detenido a las 20:17.

—Pertenecía a uno de los diplomáticos de la primera fila —explicó el agente—. Pensó que se había roto durante el cierre de las puertas.

Varda tomó la carpeta.

—¿Dónde estaba sentado?

—A dos metros y medio de Orfeo.

—¿Funcionaba antes?

—Según él, sí.

León observó las agujas. 20:17. La cuerda de tungsteno. El campo direccional. El reloj detenido. Dos objetos distintos, afectados en el mismo instante.

—¿Hay otros?

—¿Otros relojes?

—Objetos mecánicos. Tarjetas desmagnetizadas. Audífonos. Marcapasos en modo de seguridad. Cámaras con pérdida de enfoque. Micrófonos saturados.

El agente dudó.

—No se buscaron.

—Búsquelos.

—Necesito saber qué criterio...

—Todo dispositivo que fallara entre las 20:16 y las 20:18, aunque volviera a funcionar.

El hombre se alejó. Mara miró el reloj.

—Esto confirma el pulso.

—Confirma que ocurrió algo capaz de alterar mecanismos metálicos.

—¿No es lo mismo?

—No todavía.

León acercó la carpeta a la luz. El cristal estaba agrietado desde dentro; no había recibido un golpe. La aguja de los segundos se había doblado ligeramente hacia el fondo de la esfera, como si una fuerza la hubiera atraído.

—El campo fue más intenso de lo que Moreau cree —dijo Mara.

—Mucho más.

—¿Por qué los sensores no lo registraron?

Varda observó las puertas del laboratorio.

—Quizá sí.

—Los registros muestran doce por ciento.

—Los registros que tenemos.

—¿Cree que falta una parte?

—Creo que alguien no alteró los datos después del robo.

—¿Entonces?