El Meridiano CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LA CUERDA

En algunas transmisiones, la imagen avanzaba a velocidad reducida; en otras, especialistas señalaban reflejos sobre el cristal con flechas rojas.

Un canal estadounidense había construido una animación tridimensional donde El Meridiano se transformaba en partículas y atravesaba el suelo.

Una cadena rusa aseguraba que la esfera nunca había estado allí.

Un analista británico sostenía que el objeto había sido extraído mediante un sistema de cables invisibles.

Ninguno explicaba por qué la cámara Orfeo había seguido registrando su peso.

Ninguno sabía todavía que el pedestal verdadero había abandonado el Palacio de las Naciones mientras las autoridades discutían sobre una esfera que ya no existía.

Ninguno mencionaba los puntos rojos que habían aparecido sobre instalaciones secretas de ciento noventa y tres países.

Las reacciones oficiales también comenzaban a repetirse: no existe ninguna amenaza financiera, no existe ningún Archivo Cero, no existe un mecanismo internacional denominado Génesis, los mercados permanecerán estables, los ciudadanos no deben retirar fondos, los gobiernos no negociarán con terroristas.

A la una de la madrugada, cuatro bancos centrales habían suspendido operaciones extraordinarias, tres fondos soberanos trasladaban activos, dos gobiernos habían limitado temporalmente las transferencias internacionales.

Y todos insistían en que no había motivos para preocuparse.

León Varda observó las declaraciones desde el asiento trasero de un automóvil que regresaba a Ginebra. La pantalla instalada frente a él mostraba a un ministro alemán afirmando que el sistema financiero europeo continuaba bajo completo control.

Varda apagó el sonido.

—No le cree —dijo Mara.

—No está hablando para que le crean.

—¿Entonces?

—Está hablando para que nadie pueda decir mañana que guardó silencio.

Mara consultaba una tableta; llevaba cuarenta minutos revisando autorizaciones, rutas y comunicaciones relacionadas con el falso traslado.

El automóvil avanzaba por una carretera oscura.

A la derecha, las montañas formaban una masa negra contra el cielo; a la izquierda aparecían, de manera intermitente, las luces de pueblos dormidos.

Stein viajaba en otro vehículo. Había insistido en quedarse en Annemasse para coordinar la búsqueda del avión sanitario, aunque Varda estaba convencido de que la aeronave no transportaba El Meridiano.

—El espacio aéreo permanece bajo vigilancia —dijo Mara—. Francia, Italia, Austria y Suiza están rastreando cualquier vuelo que coincida con el peso y la autonomía.

—Entonces Idris El Mansur consiguió exactamente lo que quería.

—¿Que lo persigan?

—Que persigan un avión. Podría estar dentro. Podría no estarlo.

—Pero no lo cree.

Varda miró por la ventanilla.

—No sé qué hay dentro.

—Eso es casi una admisión de incertidumbre.

—Toda observación comienza con incertidumbre.

—No parece disfrutarla.

—Nadie disfruta una habitación oscura. Algunas personas simplemente evitan encender una luz antes de saber quién está adentro.

Mara dejó la tableta.

—¿Qué busca ahora?

—La primera alteración física.

—Encontramos una réplica capaz de plegarse, un pedestal falso, una cadena de órdenes apócrifas y una ruta aérea preparada durante meses.

—Todo eso fue construido para que lo encontráramos.

—¿Y la primera alteración física no?

—No necesariamente.

—La cuerda.

Varda la miró.

—La violonchelista dijo que vibró antes de la desaparición —continuó Mara.

—Sí.

—Pensé que la había olvidado.

—No olvido aquello que todavía no entiendo.

—La doctora Moreau cree que fue una resonancia acústica.

—La doctora Moreau necesita que sea una resonancia acústica.

—¿Por qué?

—Porque una vibración sonora no compromete el diseño de Orfeo.

—¿Y una magnética?

León volvió hacia la ventanilla.

—Eso comprometería algo más que la cámara.

•  •  •

Ana Koenig no se había marchado del palacio.

Ninguno de los músicos había podido hacerlo.

Después de nueve horas de interrogatorios, revisiones y declaraciones, los integrantes del cuarteto permanecían en una sala de conferencias del ala norte.

Les habían ofrecido habitaciones en un hotel cercano, pero la autorización para abandonar el edificio todavía no llegaba.

Ana estaba sentada junto a la ventana cuando Mara y Varda entraron.

El violonchelo descansaba dentro de su estuche abierto; los otros músicos dormían en sillones o hablaban en voz baja.

Una violinista sostenía una taza vacía entre las manos; el intérprete de viola tenía la corbata desatada y observaba una pared como si esperara encontrar allí la explicación de lo ocurrido.

Ana levantó la vista. Tenía poco más de cuarenta años, el cabello rubio recogido sin cuidado y una marca rojiza en el cuello provocada por el roce del instrumento.

—Ya declaré tres veces.

—Entonces habrá aprendido qué partes de su historia no interesan a la policía —respondió Varda.

Mara se presentó y mostró su identificación. Ana miró a León.

—¿Y usted?

—Escucha.

—Los otros también escuchaban.

—Tomaban notas.

—¿Cuál es la diferencia?

—Ellos buscaban una respuesta. Yo todavía busco la pregunta.

La mujer cerró los ojos durante un instante.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—Quiero volver a mi casa.

—También.

Ana lo observó.

—Usted no parece alguien que quiera volver a ningún sitio.

Varda no respondió. Señaló el estuche.

—¿Puedo ver el instrumento?

La mujer apoyó una mano sobre el borde.

—Tiene más de doscientos años.

—Eso no responde.

—Responde que no puede tocarlo.

—No necesito tocarlo.

Ana dudó antes de girar el estuche hacia él. El violonchelo estaba construido con una madera oscura, brillante en las zonas donde el barniz había sido pulido durante generaciones; bajo la luz blanca de la sala, las curvas parecían demasiado delicadas para haber sobrevivido tanto tiempo.

Varda se inclinó. No miró la caja. Observó las cuerdas.

—¿Cuál vibró?

Ana señaló la más grave.

—Do. Núcleo de tungsteno entorchado con acero. Las otras son combinaciones distintas y ninguna reaccionó. Solo esa.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque estaba tocando.

—Podría haber sentido una vibración transmitida por el puente.

Ana lo miró con irritación.

—Toco desde los cinco años.

—Eso explica su confianza. No la respuesta.

Ella se incorporó.

—La cuerda de do vibró sin que la tocara. No fue el puente. No fue el piso. No fue otra cuerda. Fue esa.

—¿Cuándo?

—Un segundo antes del destello. No llevaba cronómetro, pero fue antes.

—¿Antes de que aumentara la iluminación?

La mujer frunció el ceño.

—¿Aumentó?

—Sí. Usted estaba mirando su partitura.

—Entonces ¿cómo sabe que fue antes?

—Todavía no lo sé.

Ana observó a Mara, como si buscara confirmar que aquel interrogatorio tenía algún sentido.

—La cuerda vibró —repitió—. Después escuché un golpe en la cámara. Levanté la vista y la esfera ya no estaba.

Varda se quedó inmóvil.

—¿Un golpe?

—Un sonido metálico.

—No aparece en su declaración.

—Sí aparece.

Mara abrió el expediente digital y revisó las transcripciones.

—En la primera declaración dijo que escuchó "una percusión breve".

—Eso fue lo que escribió el agente.

—¿Qué dijo usted?

—Un clic.

Varda levantó la mirada.

—¿Uno o dos?

Ana tardó en responder.

—Dos.

—¿Separados?

—El primero fue muy leve. El segundo, después del destello.

Mara buscó en las otras declaraciones.

—Aquí no figura el segundo.

—Me dijeron que probablemente fue una puerta.

—Las puertas estaban sellándose —dijo Mara.

—No. Fue antes del grito.

Varda cerró los ojos. La sala de conferencias desapareció detrás de los sonidos: la música, el aplauso, una cuerda vibrando, un clic, el aumento de la luz, el destello de las cámaras, otro clic, la esfera ausente.

Abrió los ojos.

—Necesito que toque la misma nota.

Ana negó.

—No voy a hacer una demostración.

—No la misma música. Una nota.

—El instrumento estuvo horas en una sala con cambios de temperatura. La afinación no será idéntica.

—No necesito que lo sea.

Ella miró a Mara. La agente se encogió ligeramente de hombros. Ana sacó el violonchelo con cuidado, ajustó la pica, colocó el instrumento entre las piernas y tomó el arco. Los otros músicos comenzaron a prestar atención.

—¿Qué quiere que toque?

—La cuerda de do al aire.

Ana apoyó el arco. La nota llenó la sala: grave, profunda, más física que audible. Las ventanas vibraron apenas.

Varda miró una botella de agua sobre la mesa. La superficie permaneció casi inmóvil.

—Otra vez.

Ana repitió la nota. León observó el marco de una lámpara, los vasos, las puertas y la caja metálica de un proyector. Nada respondió de manera significativa.

—Más fuerte.

La mujer cambió el ángulo del arco. La nota creció; el violonchelo pareció extenderse por el suelo. Una taza vibró contra un plato. La botella mostró pequeñas ondas. Las demás cuerdas permanecieron quietas.

—¿Algo parecido? —preguntó Varda.

Ana negó.

—No.

—¿Más intenso?

—No más intenso. Diferente.

—¿Cómo?

Ella buscó una palabra.

—Más limpio.

—Explíquelo.

—Cuando una cuerda responde al sonido de otra cosa, la vibración entra y sale. No es perfecta. Hay interferencias. Lo que sentí fue como si alguien hubiera tirado de ella desde los dos extremos.

León miró el núcleo metálico.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Menos de un segundo.

—¿La afinación cambió después?

Ana dejó de sostener el arco.

—Sí.

Mara alzó la vista del expediente.

—Eso tampoco está en la declaración.

—Nadie me lo preguntó.

—¿Cuánto cambió?

—Muy poco. Tuve que corregirla cuando reanudamos.

—No reanudaron —dijo Varda.

Ana frunció el ceño.

—Durante el ensayo de sonido de la tarde.

La sala quedó en silencio.

—¿Había ocurrido antes? —preguntó él.

La mujer comprendió la importancia de su propia frase.

—No de esa manera.

—¿La cuerda se desafinó durante el ensayo?

—Sí.

—¿En qué momento?

—Cuando probaron la iluminación de la cámara.

Mara se acercó.

—¿Se encendió el sistema de suspensión?

—No lo sé. La esfera todavía no estaba en el salón.

Varda miró a la agente.

—No necesitaban la esfera para probar el campo.

Ana apoyó el arco sobre las piernas.