Capítulo 8 — Samarcanda #3
—Hemos hecho escala en Moscú —dijo ella con cautela, esquivando revelar más—. ¿Cómo supo que estábamos en Samarcanda?
Dvořák la miró por encima de los lentes. Era la mirada perspicaz de un profesor antiguo a un alumno que pregunta algo cuya respuesta debería intuir.
—Sigo sus publicaciones y conferencias desde hace algún tiempo, doctora Serrano —repuso Dvořák. Luego giró la cabeza hacia Liang—. Y también los informes y notas técnicas que usted, doctor Liang, ha compartido con ciertos colegas. Son realmente excepcionales.
Liang tragó. ¿Informes técnicos compartidos? Solo podía referirse a las comunicaciones internas de su equipo, intercambiadas vía correo electrónico o en una red académica cerrada. Nada de eso era público. ¿Había logrado este hombre acceder de algún modo?
Liang recordó, con un malestar súbito, el repositorio compartido que habían usado ‘solo una vez’ desde una red universitaria.
Vanesa se inclinó ligeramente hacia adelante, sus manos entrelazadas sobre la mesa en postura de diálogo académico, aunque su voz contenía un filo:
—Nos halaga que considere valiosos nuestros hallazgos. Pero me pregunto, señor Dvořák, ¿por qué la urgencia de vernos aquí y ahora? Usted mencionó que tenía documentos relevantes. ¿Por qué no compartir copias digitalizadas, por ejemplo?
Un destello astuto brilló en los ojos grises tras las gafas.
—Algunas cosas —dijo él pausadamente— es mejor verlas con nuestros propios ojos, en el contexto adecuado.
Este archivo, por ejemplo, no está conectado a ninguna red.
Sus tesoros no abandonan estas paredes. Ni siquiera en fotocopias.
Solo concedemos acceso en persona y bajo supervisión.
—Sonrió—. Además, confieso que quería conocer a las mentes capaces de acercarse tanto a un misterio que llevamos siglos custodiando.
Ahí estaba. Lo había dicho: custodiando . Vanesa sintió que el corazón le latía un poco más rápido. Liang notó que sus propios dedos se habían cerrado en un puño inconsciente sobre la rodilla.
—Cuando dice “llevamos” —intervino Liang con voz neutra—, ¿se refiere a este archivo? ¿O a algo más amplio?
Dvořák deslizó la mano que estaba sobre el libro hacia el pequeño objeto metálico brillante.
Esta vez Liang pudo verlo mejor: era un disco de plata labrada con un motivo central que le resultó familiar.
Dvořák lo tomó y lo sostuvo entre sus dedos índice y pulgar para mostrárselos.
A la luz de la lámpara, no hubo duda: mostraba el símbolo de tres liebres corriendo en círculo, las orejas unidas formando un triángulo.
—A esto me refiero —dijo, dejando el medallón de nuevo sobre la mesa—. Nosotros, los que conocemos el significado de este símbolo, formamos una suerte de… comunidad internacional. Pueden llamarla sociedad, orden, como gusten. Somos los guardianes de su secreto.
Vanesa sintió un leve mareo momentáneo. Aunque lo habían sospechado, escuchar la confirmación lo hacía real de repente. Intercambió una mirada rápida con Liang; él tenía el ceño fruncido, intentando mantener la calma, pero sus ojos denotaban la misma mezcla de incredulidad y alerta.
—Entonces existe —dijo Vanesa casi en un susurro—. Una sociedad secreta… ¿Las Tres Liebres?
Dvořák ladeó la cabeza apenas.
—Ese es uno de nuestros nombres coloquiales, sí.
Cada cultura nos ha llamado a su manera.
En latín alguna vez fuimos la Confraternitas Leporum Trium .
En persa, se nos mencionó como Goshpandan-e Sehar …
También nos han llamado la Hermandad del Triángulo, o simplemente “los Guardianes”, pero “Las Tres Liebres” nos gusta.
Es... claro. —Una sonrisa delgada cruzó su rostro—.
Y ustedes han atraído nuestra atención, queridos.
Hasta ahora eran correlaciones académicas.
Ahora están acercándose a una ventana temporal real.
Ahí es cuando nos movemos. Por eso están hoy aquí.
Liang tragó saliva. Se apoyó ligeramente en el respaldo de la silla, sintiendo de pronto el peso de ese momento: era la primera vez que sus nebulosas teorías de conspiración tomaban cuerpo frente a él.
Y no era un fanático con túnica o un magnate siniestro; era un intelectual elegante en una biblioteca silenciosa, lo que lo hacía todo más verosímil.
—¿Atención para bien o para mal? —se aventuró a preguntar.
Dvořák emitió un leve sonido, algo entre risa contenida y suspiro.
—Eso depende de ustedes. —Se inclinó un poco hacia ellos, apoyando ambas manos sobre la mesa, entre los papeles—.
Permítanme ser franco: han hecho en unos pocos meses juntos, apoyados sobre años de trabajo previo, avances que a otros les tomaron décadas o nunca lograron.
Han unido cabos entre civilizaciones distantes, reducido la entropía de la información dispersa en el símbolo.
—Sus ojos se posaron en Liang un momento—.
Han encontrado patrones matemáticos donde nadie más los vio.
—Luego en Vanesa—. Y conexiones histórico-culturales que sorprendieron a más de un experto.
Vanesa notó que a pesar del halago, su voz no sonaba totalmente cálida. Era más bien la admiración que se tiene a un fenómeno extraño: un reconocimiento teñido de preocupación.
—Por ello —continuó Dvořák—, me tomé la libertad de convocarles. Para enseñarles lo que nosotros sabemos sobre ese mensaje que intentan reconstruir. Y para instarles a tener sumo cuidado.
La palabra mensaje quedó resonando en el aire. Liang se aferró a ella:
—Así que ustedes también creen que hay un mensaje, una información oculta, no es solo un motivo decorativo.
—Lo sabemos —corrigió Dvořák con suavidad—. Sabemos que es un mensaje fraccionado, repartido deliberadamente entre culturas y épocas. Cada parte incompleta, velada tras símbolos locales, esperando ser reunida.
Vanesa sintió un escalofrío al oír en voz alta justo lo que llevaban meses deduciendo en privado. Aquella hipótesis descabellada que los había obsesionado resultaba ser la pieza central del credo de esta orden secreta.
—Si lo saben, ¿por qué no lo han reconstruido ustedes mismos? —preguntó ella. No era desafío, era genuina curiosidad teñida de aprensión.
Dvořák se recostó contra el respaldo de su silla. La luz dibujó sombras agudas en sus pómulos.
—Porque nuestro cometido es custodiar , no desvelar —explicó—. Custodiar significa dos cosas: conservar el conocimiento y, al mismo tiempo, evitar que cause daño.
—¿Daño? —repitió Liang.
El curador asintió lentamente.
—Creen que buscan la verdad, y la encontrarán. Pero a veces la verdad puede derrumbar mundos. Este mensaje del que hablan… En fin, no es un mensaje cualquiera. Es una invitación. Una llave.
Vanesa y Liang aguantaron la respiración. Por lo críptico de la frase, Vanesa dedujo que Dvořák estaba conteniendo detalles.
—Sea lo que sea —dijo Liang—, usted considera que revelarlo causaría daño. ¿En qué se basa para afirmar eso? Hasta ahora, para nosotros esto ha sido un rompecabezas histórico, quizás con implicaciones espirituales o filosóficas, pero… ¿por qué habla de derrumbar mundos?
Sus palabras resonaban escépticas, pero en el fondo era para incitar a Dvořák a dar más información tangible. Rigurosamente, necesitaban evidencias, no solo afirmaciones ominosas.
Dvořák pareció comprender la necesidad. Con gesto grave, abrió el libro encuadernado en piel que tenía enfrente, revelando que no era exactamente un libro impreso sino un volumen manuscrito, con páginas de pergamino muy antiguo.
Las pasó con cuidado hasta llegar a una sección marcada por un señalador de terciopelo. Giró el volumen hacia los invitados.
—Porque ha ocurrido antes —dijo, señalando un párrafo denso de escritura gótica en latín—. Lean, por favor. Es la transcripción de una carta de un monje, fechada en 515, en una comunidad monástica del Sinaí.
Vanesa se inclinó sobre la página para descifrar el texto, mientras Liang alumbraba un poco con la lámpara de mesa. Reconocía de sus estudios el latín tardomedieval, aunque la grafía era complicada. Recitó traduciendo en voz baja:
—“... no reunáis aquello que fue deliberadamente dispersado. El Señor confundió las lenguas en Babel no por celos, sino por misericordia. Porque la torre que pretende tocar el cielo sin permiso traerá la caída sobre todos. Hermanos, os ruego: no completéis el signo de las Tres Liebres. Su círculo no debe cerrarse.”
A medida que las palabras cargadas de súplica y advertencia salían de labios de Vanesa, el aire de la sala pareció enfriarse aún más. Liang sintió un cosquilleo helado en la nuca. Era impresionante y aterrador a la vez leer un ruego tan antiguo que encajaba con su situación actual.
—¿Quién era el autor? —preguntó Vanesa, alzando la vista del manuscrito.
—Frater Iacobus —respondió Dvořák—. Un monje erudito del Monasterio de la Transfiguración, en El Sinaí (Egipto).
Según nuestros registros, Iacobus y otros dos monjes estaban investigando el símbolo en la primera mitad del siglo VI.
Al parecer llegaron muy lejos en sus conclusiones, tanto que uno de ellos quiso frenar el proceso.
Esa carta estaba dirigida al abad para pedirle que interviniera.
—¿Y qué ocurrió? —murmuró Liang, aunque intuía por el tono fúnebre de Dvořák que nada bueno.
Dvořák cerró con cuidado el manuscrito.
—La abadía sufrió un incendio devastador en 515, poco después de esa carta. La biblioteca ardió casi por completo y varios monjes murieron, entre ellos Iacobus.
Vanesa y Liang permanecieron callados. Dvořák no añadió explicaciones inmediatas, pero la implicación era clara: aquel conocimiento no llegó a completarse, truncado por el desastre.
Vanesa rompió el silencio, con un hilo de voz incrédulo:
—¿Insinúa que fue provocado?
—En nuestros registros se admite que ciertos miembros de nuestra orden tomaron medidas drásticas —concedió Dvořák sin rodeos—. Consideraron que era preferible sacrificar una abadía que arriesgarse a que el mensaje se divulgara en un mundo que aún vivía las guerras de religión y los fanatismos.