Capítulo 8 — Samarcanda #2
—Aquí también hay “oreja recta” —dijo.
Liang se acercó.
El patrón repetía una estrella de diez puntas, pero en un punto, una banda cambiaba ligeramente el ángulo, como si “apuntara” hacia el exterior del conjunto.
—Vector otra vez —murmuró Liang.
Vanesa asintió.
—Inglaterra nos dio intencionalidad —dijo—. Islam nos da lugar. Y aquí… aquí los dos se tocan: el lugar se confirma y el patrón insiste en que no es un accidente.
Liang sintió un escalofrío breve. No de miedo. De arquitectura: cuando un sistema repite una señal, no es un adorno. Es una advertencia funcional de que “esto importa”.
Al caer la tarde, volvieron al centro de la plaza para mirar el conjunto completo. La luz bajaba y el azul se volvía más oscuro, más profundo. El Registán parecía una puerta abierta a otro tipo de tiempo: un tiempo donde la ciencia y la religión podían escribir con el mismo alfabeto.
—Ya no es una hipótesis débil —dijo Liang.
Vanesa lo miró.
—No —respondió—. Ya es una hipótesis operativa.
Esa frase, tan simple, marcó el final del capítulo. Porque “operativa” significa que ya no están especulando: están planificando.
Y planificar, para ellos, era peligroso solo en un sentido: porque obliga a moverse.
Esa noche, en el hotel de Samarcanda, Vanesa consolidó el resultado en su modelo. Liang, en paralelo, escribió un párrafo de resumen con su caligrafía torpe, intentando que la emoción no contaminara el rigor.
El lugar es el mismo.
No importa qué cultura lo codifique: el punto persiste.
No había todavía amenaza. No había sombras. Solo una certeza geométrica: cuando dos sistemas distintos te llevan al mismo punto, el punto deja de ser casualidad.
Y el mundo, por primera vez, parecía menos grande.
Porque tenían un lugar.
Capítulo 9 — Praga
La invitación llegó por e-mail, cuando Liang Wei y Vanesa Serrano estaban aún en Samarcanda y empezaban a planear la siguiente etapa de su investigación.
Procedía de un tal Arnošt Dvořák, quien se presentaba como curador de un archivo privado en Europa central.
En un inglés cortés, el mensaje afirmaba poseer documentos relevantes sobre el motivo de las tres liebres.
Ofrecía mostrárselos en persona, “antes de que continúen con la reconstrucción”.
La frase final sonaba casi a súplica o advertencia: era difícil saberlo por escrito.
Vanesa y Liang leyeron el correo en la pantalla del portátil, uno junto al otro, en la pequeña habitación de hotel en la que se alojaban. Aún procesaban los descubrimientos de Samarcanda —esas madrassas perfectas y sus simetrías inquietantes— y ya surgía una senda imprevista.
—¿Lo conoces? —preguntó Liang, frunciendo el ceño. Dvořák no les sonaba de nada.
—No personalmente —respondió Vanesa—. Pero el nombre me suena de alguna publicación sobre simbología medieval… ¿Quizá citamos algo suyo?
Revisaron sus notas. No encontraron ninguna referencia directa, pero era plausible que un erudito checo estuviera al corriente del símbolo de las liebres: en varias iglesias de Europa central aparecía el motivo. Aun así, ¿cómo se habría enterado Dvořák de sus progresos?
—¿Crees que es una trampa? —preguntó él en voz alta lo que ambos pensaban.
Vanesa se mordió el labio. Llevaban ya un trecho en aquella odisea como para saber que no todos verían con buenos ojos lo que estaban haciendo.
Habían intercambiado teorías conspirativas a media voz: desde sociedades académicas celosas hasta guardianes de secretos antiguos.
Pero siempre con cierto escepticismo. Sin embargo, cuanto más avanzaban, más notaban presencias sutiles a su alrededor —documentos que desaparecían de archivos, correos sin respuesta, miradas largas en las conferencias.
—No lo sé —admitió ella—. Podría ser simplemente alguien que quiere crédito compartido, o que nos tome la delantera. O… podría ser lo que tememos.
Liang asintió despacio. Habían contemplado la posibilidad de “otros actores interesados en impedirlo”, como solían referirse a ellos de forma vaga. ¿Y si al fin daban un paso al frente?
Tras deliberarlo, decidieron acudir, pero con precauciones.
Informaron al profesor Víctor Plaza, su amigo en Madrid, de que iban a consultar unos documentos a Praga.
No dieron detalles, solo una ubicación y la hora del encuentro, por si las moscas.
Víctor respondió escuetamente: “Cuidaos mucho. Estoy alerta”.
Esa mínima respuesta les dio algo de tranquilidad: no irían completamente a ciegas.
Praga los recibió con un cielo de nubes bajas y luz mortecina.
A finales del otoño, las tardes caían pronto.
Recorrieron en silencio las calles adoquinadas de Malá Strana, siguiendo la dirección proporcionada.
Se internaron por un callejón que olía a humedad y piedra vieja.
No había letreros reconocibles: el número los llevó a un portón de madera maciza, flanqueado por muros cubiertos de musgo.
Sobre el dintel, un escudo de armas desgastado mostraba tres figuras curvas entrelazadas que, en la penumbra, a Liang le parecieron liebres corriendo en círculo.
Un nudo de aprensión se apretó en su estómago al reconocer el motivo.
—Es aquí —murmuró Vanesa, releyendo el número bajo la luz anaranjada de una farola antigua. Apretaba contra su costado la mochila con su cuaderno y copias de seguridad de sus datos.
Liang alzó la mano y tiró del llamador de bronce. El sonido seco reverberó al otro lado. Se miraron un instante, confirmando sin palabras que ambos estaban listos para lo que fuera que les esperase tras esa puerta.
Unos pasos se arrastraron adentro y se abrió una mirilla. Unos ojos claros, desconfiados, los escudriñaron en la oscuridad.
—Dr. Liang? Dra. Serrano? —inquirió una voz envejecida con acento checo, en inglés.
—Sí —respondió Liang, igualmente en inglés—. Venimos a ver al señor Dvořák.
La puerta se entreabrió con un quejido. Tras ella apareció un anciano de aspecto monacal, vestido con un cárdigan marrón y pantalones de lana. Les dedicó una mirada seria pero cortés e hizo un gesto para que entraran. Ninguna sonrisa de bienvenida, solo eficiencia.
—Por aquí —dijo el anciano, sus palabras en inglés medidas y escuetas.
El zaguán estaba apenas iluminado por una lámpara de pared.
Liang notó la silueta de altos archivadores y estanterías en las sombras, y un olor familiar a papel antiguo, mezcla de polvo y lignina.
El anciano cerró la puerta tras ellos con mano firme: deslizó al menos dos cerrojos.
Vanesa y Liang intercambiaron una mirada; el aislamiento era tangible.
—El señor Dvořák les espera en la sala de lectura —anunció el guardián, adelantándose por un pasillo estrecho.
Caminaron tras él. Sus pasos resonaban apagados contra el suelo de piedra. Vanesa contuvo un estremecimiento; había hecho frío en la calle, pero allí dentro el aire era helado y quieto, como si las paredes gruesas contuvieran siglos de secretos sin airearlos.
El pasillo desembocó en una gran sala abovedada.
Contra todo lo que sugería el exterior modesto, el interior era majestuoso: una biblioteca clásica, con muros cubiertos de libros hasta el techo, escalerillas rodantes para alcanzar los estantes superiores, mesas largas de roble macizo alineadas en filas.
Varias lámparas de queroseno convertidas a luz eléctrica arrojaban un resplandor dorado, insuficiente para alumbrar cada rincón pero suficiente para crear atmósfera.
En las alturas, murales difuminados dejaban entrever motivos astrológicos y zodiacos, quizá restos de una bóveda pintada siglos atrás.
Junto a una de las mesas centrales, bajo la luz directa de una lámpara verde de lector, aguardaba un hombre.
Alto y delgado, con el rostro anguloso enmarcado por cabello cano peinado hacia atrás.
Vestía un traje oscuro de tres piezas, chaleco incluido, que le daba un aire anacrónico, acentuado por unos lentes redondos de montura dorada.
Debía rondar los sesenta años, calculó Vanesa.
Tenía una mano apoyada sobre la mesa, junto a un libro encuadernado en piel, y la otra descansaba sobre un bastón finamente tallado que, por su postura erguida, parecía usar más como accesorio que por necesidad.
El anciano guardián se deslizó hacia un rincón, en silencio, como una sombra más entre las estanterías. Liang y Vanesa se acercaron al hombre del bastón.
—Bienvenidos, doctor Liang, doctora Serrano —dijo el hombre en inglés, con voz grave pero amable. Al hablar hizo una leve inclinación de cabeza a modo de saludo. No extendió la mano, quizá por formalidad centroeuropea—. Soy Arnošt Dvořák.
—Gracias por recibirnos, señor Dvořák —respondió Vanesa en inglés también. Se esforzó por sonar tranquila—. Su invitación nos intrigó.
—Lo sé. —Dvořák esbozó una ligerísima sonrisa bajo su bigote canoso—. También su trabajo nos intrigó a nosotros.
Vanesa sintió un leve escalofrío ante aquel “nosotros” implícito. ¿Hablaba en nombre de una institución? ¿De un grupo? Miró alrededor, casi esperando ver a alguien más entre las sombras de la sala, pero no distinguió a nadie.
—Por favor, tomen asiento —indicó Dvořák, señalando la mesa.
Habían preparado tres sillas. Sobre la mesa central, además del libro antiguo junto al cual Dvořák había posado su mano, se veían algunos folios sueltos, una tetera de porcelana blanca con tres tazas, y un objeto metálico pequeño que brilló un instante al reflejar la luz.
Liang lo notó: parecía un pisapapeles o tal vez un medallón.
Desde donde estaba no alcanzaba a distinguir el diseño, pero casi juraría que tenía grabada una forma circular.
—Espero que el viaje no haya sido muy incómodo —comentó el anfitrión mientras los dos se sentaban—. A Praga no llega uno “de paso” desde Samarcanda.
Liang se tensó. Dvořák lo dijo con naturalidad, pero revelaba que sabía perfectamente de dónde venían. Vanesa, a su lado, también se puso alerta.