El mejor libro (según Gladys) Capítulo 12 Orgánica #4
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Capítulo 12 Orgánica #4

Y un martes de marzo, a la una de la tarde, detrás del mostrador, don Aurelio sacó de la bolsa de papel dos pastelitos de guayaba, en lugar de uno. Le dio uno a Gladys sin decir nada. Era la primera vez en diecinueve años.

Gladys se lo comió despacio, con los ojos cerrados. Tenía azúcar.

Gladys

La cuenta @LaMarcaGladys sigue activa. Tiene dos millones trescientos mil seguidores, todos reales, según la plataforma.

Gladys publica una vez por semana, los jueves, a las 20:00.

Publica siempre lo mismo: una foto del cuello de una camisa recién planchada, con almidón medio, tomada con su celular de 2019 bajo el tubo fluorescente de la tintorería. Sin texto. Sin filtro. Sin hashtag.

Las fotos tienen entre trescientos mil y un millón de corazones. Nadie entiende por qué. Hay tesis doctorales sobre el tema en tres universidades.

No volvió a caerse a propósito. No volvió a desmayarse en ningún centro comercial.

No firmó ningún otro contrato, ni con marcas ni con agencias ni con ningún maestro espiritual.

Rechazó una oferta de un reality show de Telemundo, otra de una editorial de autoayuda, otra de un fabricante de pestañas postizas biodegradables y otra, que nunca terminó de entender, de un museo de arte contemporáneo de Nueva York que quería exhibir su pizarra de corcho con el título Autorretrato con horario .

La pizarra no está en venta.

Pero Gladys Maritza Obregón, cincuenta y cuatro años recién cumplidos, cajera y socia de una tintorería en la calle 49 de Hialeah, dos divorcios, una hipoteca, ciento doce ángeles de porcelana en distintas etapas de sorpresa y un querubín sin ala, sabe una cosa con la certeza absoluta de los profetas y de los que se toman tres cafecitos seguidos.

Sabe que ganó.

No sabe exactamente qué. No es la fama, aunque la tuvo.

No es el dinero, aunque tiene un poco. No son los seguidores, ni las marcas, ni el grito en las discotecas de Milán.

Es otra cosa. Algo que tiene que ver con un cuello que no se sostiene solo, con un hombre que corre con un trapeador, con una vecina que se asoma y pregunta, con una mujer de negro sentada en una fuente con una estampita en la mano.

Algo que tiene que ver con caerse y que alguien te tienda un mango de aluminio.

No sabe qué es. Pero sabe que es suyo.

Y sabe, además, porque lo ha visto con sus propios ojos en la fila de la tintorería, en las fotos de los cuellos, en los niños que se caen a propósito los martes y los jueves en la Escuela Elemental Palm Springs, que la gente de Miami se cae distinto desde el sábado 17.

Se cae con menos miedo. Se ríe más. Se levanta.

Gladys está convencida de que eso lo hizo ella.

Nadie se lo ha discutido.

*   *   *

Martes, 7:40

Gladys Maritza Obregón decidió escribir un libro un martes a las 7:40 de la mañana, y lo tenía anotado.

Lo anotó con marcador rojo en la pizarra de corcho de la cocina, junto a la factura de la luz, que esta vez estaba pagada.

San Judas ya no estaba. Lo tenía Valeria, plastificado, en la cartera.

En su lugar, Gladys había clavado con una chincheta una foto que le había mandado Kimi: Doña Amparo en su cocina de Westchester, riéndose por la nariz, con una cuchara de madera en la mano y un arroz con leche salado detrás.

Escribió: MARTES. 7:40. EMPEZAR EL LIbrO.

Y lo subrayó dos veces. Porque las cosas importantes había que subrayarlas dos veces, o el universo no se daba por enterado.

Luego sacó de la gaveta de los cubiertos el cuaderno de espiral con la portada de gatitos, el del intercambio navideño de 2017, el del manifiesto.

Pasó las páginas del manifiesto sin leerlas, con cariño, como se pasan las fotos de un álbum de una boda que salió mal.

Llegó a la primera página en blanco. La alisó con la mano.

Escribió el título en letra redonda de maestra rural, con mayúsculas:

EL MEJOR LIbrO

Lo miró un rato. Le pareció perfecto. Le pareció, de hecho, modesto.

Y debajo, en la primera línea, sin pensarlo demasiado, porque ya lo había pensado todo, escribió:

Gladys Maritza Obregón había decidido hacerse famosa por accidente un martes a las 7:40 de la mañana, y lo tenía anotado.

Afuera, en la ventana de la cocina de al lado, sin mosquitero, apareció un casco dorado, perfectamente esférico, que no se movía.

—¿Qué escribiste hoy, mija? —preguntó Doña Chela.

—Un libro, Chela.

Doña Chela se quedó callada un momento. Entrecerró sus ojos de águila.

—¿Salgo yo?

Gladys levantó la vista del cuaderno. La miró por la ventana, a tres metros de distancia, a través de veintidós años, una cerca, dos patios, una foto, un perdón y una limusina.

—Sales en todo, Chela.

Doña Chela sonrió. Se acomodó el casco dorado, aunque no hacía ninguna falta.

—Entonces me hago el peinado —dijo.

Y se fue a buscar la laca.

Gladys volvió al cuaderno. Mojó la punta del bolígrafo con la lengua, como hacía su madre. Y siguió escribiendo.

En la calle 49, un gallo sin dueño aparente cantó con tres horas de retraso.

Nadie lo grabó.

*   *   *

FIN