50 Sin dormir
A la una de la madrugada, Yago seguía despierto.
Había probado todo lo que se prueba a los dieciséis años cuando no se puede dormir: el móvil hasta que escuecen los ojos, el móvil en la mesilla, contar, no contar, pensar en otra cosa.
Pensar en otra cosa no funcionaba porque otra cosa también era el vídeo: el comentario del ahorcamiento, las dos chicas del autobús, la cara de Martín en el pasillo del súper —la había visto en un pantallazo que circulaba—, Toñi preguntando si estaba bien.
A las dos menos cuarto se levantó, fue a la cocina sin encender la luz y bebió agua del grifo, a morro, como hacía de pequeño.
La nevera zumbaba. En la puerta, sujeta con un imán, la foto de pirata de los ocho años: el diente menos, la sonrisa de antes.
La miró un rato en la penumbra. El pirata de la foto no sabía nada de formularios ni de casillas ni de trescientas doce copias.
El pirata solo sabía que le faltaba un diente y que eso era lo peor que le podía pasar a un niño.
Bloqueó el móvil. Pensó en borrar la subida, allí mismo, con el dedo. Y no lo hizo: borrarla era confesar que había algo que borrar.
Al otro lado del tabique, Toñi roncaba suave.
Toñi, que entraba a las siete en el súper y no sabía nada.
Yago pensó en el viernes: la concentración contra el acoso, a las seis, en la puerta del instituto.
El cartel del tablón. Irían todos. Corearían.
Y él estaría allí, entre ellos, coreando también, porque no ir sería señalarse.
Se tapó hasta la barbilla. La manta olía a suavizante.
A las tres y doce, Yago seguía despierto, y el número seguía subiendo, y no había nada que hacer con ninguna de las dos cosas. Cerró los ojos y se quedó quieto, haciendo como que dormía, por si Toñi se despertaba y entraba: que lo viera dormido, al menos eso. Que lo viera en paz.
Fuera, en la avenida, pasó un camión de la basura con su ruido de cadenas. Después, silencio. Después, el zumbido de la nevera, otra vez.
Antes de cerrar los ojos del todo, alargó la mano, cogió el móvil y puso la alarma: 17:00.
La concentración era a las seis; necesitaría una hora para ducharse, vestirse, ensayar la cara.
La alarma quedó programada, con su icono de campanita, y Yago la miró un segundo: era un compromiso con el día siguiente, la primera cita que ponía en tres días que no fuera con el miedo.
Después bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo. La campanita se quedó ahí, esperando.
Yago respiró hondo, una vez, y esperó a que llegara el viernes.