El medio segundo 49 Trescientas copias
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49 Trescientas copias

A las once de la noche, Yago buscó su vídeo por el título.

el profe más majo del insti.

Lo escribió en el buscador con el pulgar, despacio, como si escribirlo despacio fuera a cambiar el resultado. El título que había puesto riéndose —con el emoji al final, la guinda— ahora leía como una acusación firmada por él.

El buscador devolvió trescientos doce resultados. Trescientos doce. Su vídeo, con su título, con su emoji, subido por todas aquellas cuentas que no eran la suya.

Bajó por la lista sin respirar bien. Algunos lo habían recortado más: solo la mano, en bucle, ocho segundos. Otros le habían puesto música de documental de crímenes. Uno lo había metido en una compilación: PROFES DEPREDADORES (parte 7).

Abrió la compilación sin pensar, con el pulgar traidor, y vio treinta segundos: un profesor en un patio, otro en una clase, música de tensión, transiciones con glitches.

Su clip era el tercero. Lo vio aparecer —la mano, el hombro, el zoom— entre los otros, como un capítulo más.

Parte siete. Su vídeo ya no era suyo: era un episodio.

Y habría una parte ocho, con otro profe, de otro pasillo, grabado por otro chaval que tampoco habría mirado lo que grababa.

La serie continuaría sin él, como continúan las series.

Siete millones de visitas en su vídeo. Las copias sumaban no sabía cuántas más.

Abrió la primera copia y le dio a denunciar .

El formulario le pidió el motivo: infracción de derechos de autor .

Lo marcó. La siguiente pantalla le pidió que se identificara como titular de los derechos: nombre, apellidos, DNI, un correo de contacto.

Y una casilla: Declaro bajo mi responsabilidad que soy el titular del contenido original.

Mantuvo el dedo encima de la casilla.

Para borrarlo tenía que decir quién era. Para decir quién era tenía que confesar.

Se quedó mirando la casilla un rato largo, con el dedo suspendido a un milímetro de la pantalla.

Podía escribirlo: Yago, sus apellidos, el DNI que se sabía de memoria de tanto ponerlo en formularios del instituto.

Tres líneas y el vídeo —al menos esa copia— desaparecía en unas horas.

Tres líneas y Toñi se enteraba por una notificación.

Tres líneas y el del bigote del tercero —no: ese era otro bloque, otra historia—. Tres líneas y todo.

Cerró el formulario.

Probó con la segunda copia. Y con la tercera. En la cuarta, el formulario le pidió lo mismo. Lo cerró también. En la quinta, un comentario con tres likes decía: mirad la verificación de la pública, el vídeo está cortado. Yago lo leyó y siguió bajando. Tres likes contra un millón largo.

Tres likes. Se quedó pensando en esos tres likes: tres personas que habían visto la verdad y la habían señalado con el dedo, y el dedo pesaba tres likes.

Él había visto el mismo análisis —le había salido en el feed, no había podido evitarlo— y había sentido un alivio tan grande que le había dado vergüenza: si el vídeo estaba cortado, quizá lo suyo era menos grave.

Pero no: lo suyo era el original del corte.

El corte se había hecho sobre su grabación. Él era el antes del antes.

Toñi apareció en la puerta de su cuarto, en pijama, con la cara de dormida a medias.

—¿Qué haces con el móvil a estas horas? —dijo—. Mañana hay insti.

—Nada —dijo Yago, y bloqueó la pantalla—. Ya lo dejo.

Toñi se quedó un segundo en la puerta, mirándolo.

Yago pensó —fue un relámpago— en contárselo todo: el vídeo, el millón largo, la policía por la IP, el borrado inútil.

Mamá, he hecho una cosa. Las palabras estaban ahí, hechas, solo había que decirlas.

Se las imaginó saliendo de su boca y vio la cara de Toñi cambiando, y vio el después —las preguntas, los gritos o peor, el silencio— y las palabras se quedaron dentro, hechas y sin decir, como un mensaje escrito y sin enviar.

—¿Estás bien? —dijo Toñi.

—Sí —dijo Yago—. Es que no tengo sueño.

—Pues déjalo y duerme. El móvil no da sueño, lo quita. —Se fue por el pasillo, arrastrando las zapatillas—. Y mañana desayunas antes de salir, que hoy no has comido nada.

Yago esperó a oír la puerta del dormitorio de Toñi. Después desbloqueó el móvil y volvió al buscador.

El mismo número. Trescientos doce. Ni uno menos.

Hizo una cosa que no había hecho nunca: se denunció a sí mismo.

Abrió su propio vídeo —el de su cuenta; por la mañana había borrado el archivo de la galería, el proyecto de CapCut y el historial, pero la subida seguía allí, con su millón largo de visitas—.

Puso el dedo sobre eliminar y lo apartó: borrar el suyo no tocaba las trescientas doce copias, y para las copias el formulario pedía el DNI.

Borrar el suyo, además, era confesar que había algo que borrar: un vídeo borrado a las once de la noche, después de un día, cantaba más que un vídeo subido.

Así que pulsó denunciar , motivo contenido engañoso .

Lo eligió porque era el único que no pedía el DNI, y lo eligió también —y esto no se lo dijo ni a sí mismo del todo— porque era verdad: el contenido era engañoso.

El recorte engañaba. El título engañaba.

Él había engañado. Denunciarse por contenido engañoso era lo más parecido a decir la verdad que el formulario le permitía sin pedirle el DNI.

El formulario no le pidió el DNI para eso. Lo envió. Gracias por tu reporte. Lo revisaremos en un plazo de 24 a 72 horas.

De 24 a 72 horas. Su vídeo tardó once minutos en llegar a diez mil visitas.

Hizo la cuenta sin querer: si lo revisaban en 24 horas, el vídeo habría sumado —al ritmo de ahora— otro millón. Si tardaban 72, tres. Su denuncia era un cubo de agua de juguete contra un incendio que crecía más deprisa que la burocracia que lo apagaba.

Y se preguntó quién lo revisaría. Alguien en una oficina, en algún sitio, abriendo su reporte en una cola de miles.

Contenido engañoso. ¿Vería el revisor que el que denunciaba era el mismo que había subido?

¿Le importaría? ¿O solo marcaría una casilla y pasaría al siguiente?

Yago se imaginó aquella casilla —la misma casilla que él no había podido marcar en el formulario de derechos de autor— y pensó que todo el sistema eran casillas, y que él llevaba un día entero cayendo por los huecos entre casilla y casilla.

Dejó el móvil en la mesilla, boca abajo, y clavó la vista en el techo. En el techo había una mancha de humedad con forma de país. Llevaba un año diciéndole a Toñi que había que pintarlo. Toñi decía que sí, que en verano.

Trescientos doce incendios. Y él, con un cubo de agua de juguete, denunciándose a sí mismo a las once de la noche, esperando 24 a 72 horas.

Pensó en el formulario de derechos de autor, en la casilla sin marcar.

Declaro bajo mi responsabilidad que soy el titular del contenido original.

Era la frase más honesta que había leído en un día, y no había podido firmarla.

Pensó en las trescientas doce copias y en que cada una tenía un titular distinto —un chaval, un señor, una cuenta de memes— y que ninguno de ellos había grabado nada: solo habían cortado y pegado.

Él era el único que había estado allí, en el pasillo, con el móvil en vertical.

El único titular de verdad. Y el único que no podía decirlo.

Cerró los ojos. No se durmió.