26 La noche
A la una y diez de la madrugada, Martín estaba en la cocina, sentado a la mesa, con las manos alrededor de un vaso de agua que no bebía.
La casa dormía a medias: Elena respiraba despacio en el dormitorio —se había quedado dormida encima de la colcha a media tarde y no se había movido—, y en el cuarto de Vega no se oía nada, ni siquiera el clic del teclado.
Había vuelto a las nueve, había dicho hola desde el pasillo sin entrar en el salón, y se había encerrado.
Martín no le había preguntado dónde había estado. No le había preguntado nada.
La nevera zumbaba. Era un zumbido que llevaba años allí y que aquella noche parecía recién estrenado, como si la casa hubiera decidido recordarle que seguía funcionando sin él.
Abrió la nevera por no hacer nada: la luz blanca, el tupper de las lentejas, un limón seco.
Cerró la nevera. En el imán, una foto de Vega con doce años y un diente menos, sonriendo en un camping.
La miró un rato. Después la giró boca abajo, contra la puerta, sin saber por qué lo hacía.
Al hacerlo sintió vergüenza, y la vergüenza le confirmó que sabía perfectamente por qué lo hacía.
Puso la mano derecha sobre la mesa, palma abajo, y la miró.
El gesto. Lo repasó una vez más —la milésima, o la primera de la noche, que era lo mismo—: el recreo, las once y cinco.
El llanto desde la puerta del aula. Nerea con el móvil en alto.
Él cruzando el pasillo. Eh. Las chicas retrocediendo.
Carla contra la pared. El brazo. La mano en el hombro. Tranquila. O no les hagas caso. O nada.
Levantó la mano de la mesa y la puso en su propio hombro izquierdo, para probar.
El peso. La temperatura. ¿Había apretado?
¿Había sido un apoyo o una sujeción? En el vídeo —que no había visto, que no iba a ver— la mano tardaba un segundo en posarse.
Un segundo era muchísimo tiempo cuando lo miraban cuatro millones de personas.
Un segundo daba para todo: para consolar y para agredir, para la ternura y para la amenaza. El vídeo había elegido.
Se levantó y fue al baño, a oscuras, y se lavó las manos.
Agua fría, jabón, entre los dedos, las muñecas.
Se las lavó como se las lavaba antes de comer, con esmero de maestro antiguo, y después se quedó mirándolas bajo el grifo, goteando.
Era la tercera vez aquella noche. Era otra cosa que no tenía nombre y que prefería no nombrar.
Volvió a la cocina y se sentó. Por la mañana, a las once y cinco, había escrito por cuanto en la pizarra con la tiza que se le rompía siempre por el mismo sitio.
Se acordó del polvo de tiza en los dedos, del crujido, de la cara de Hugo al fondo —aburrida, lejana—.
Había explicado lo de Salazar como lo explicaba siempre, con el ejemplo del inquisidor apartado por dudar.
Por cuanto no hace falta demostrarlo. Los chavales habían copiado sin mirar.
Ahora la frase le sonaba distinta, como suenan distintas las canciones cuando las cantas en un funeral.
En el instituto, a aquella hora, las puertas azules estarían cerradas y el grafiti de la esquina esperaría la mañana. Sus alumnos dormirían —o no—. Irene, con el bolígrafo en alto. Hugo, con los cascos al cuello. Carla.
Carla. La vio en clase, dos semanas atrás, levantando la mano para decir que la crisis del 29 le recordaba a lo de su abuelo perdiendo la tienda.
Él le había puesto un subrayado doble al examen, el de siempre, y le había dicho bien visto .
Era una de esas alumnas que no molestaban ni brillaban, de las que pasan por tu vida docente como el agua por las manos.
Y ahora era la niña del vídeo , y él era el profesor , y entre los dos había cuarenta segundos que lo explicaban todo sin explicar nada.
Fue al salón a oscuras, sin encender la luz, para no despertar a nadie. Se sentó en el sofá donde había pasado la tarde, en el mismo hueco. El móvil, sobre la mesa baja, boca abajo. No lo tocó. Alicia le había dicho que no entrara en redes, y no entrar era lo único que podía obedecer.
Pero la cabeza no obedecía.
Repasó el parte del Raíces — lo anotó sin levantar la vista del ordenador — y se preguntó si serviría de algo, un parte sobre unas chicas grabando, cuando lo que circulaba era él.
Trató de recordar el texto exacto: Incidencia: grabación no autorizada en el pasillo de la segunda planta durante el recreo.
Alumnas identificadas: Nerea… No recordaba si había puesto los apellidos.
La burocracia tenía su propia poesía — incidencia , como si fuera una mancha en un informe—.
Repasó la cara de Alicia — doce años viéndote entrar por esa puerta — y la de Marisa en la sala de profesores — eso es lo que voy a decir —.
Repasó a Tomás evitándolo en el pasillo.
Tomás, con el que compartía el café de las once desde hacía seis años, el que le guardaba el sitio en las reuniones.
Por la mañana, al verle, Tomás había girado la cara hacia el tablón de anuncios con un interés repentino por una circular de extraescolares.
Martín lo entendió y lo perdonó al instante.
Repasó, sobre todo, la mano: la mano en el hombro, la mano suspendida del segundo doce, la mano bajo el grifo del baño de profesores.
¿Y si no se acordaba bien? ¿Y si la memoria —la suya, la de un hombre de cuarenta y siete años que llevaba veinte enseñando a dudar— le estaba jugando la misma pasada que a todos?
Lo había pensado por la mañana en el baño, y por la noche el pensamiento seguía allí, intacto, como una piedra en el zapato.
Fue al dormitorio y se quedó en el umbral, mirando la cama.
Elena dormía de lado, de espaldas a su sitio vacío, con la camiseta vieja del cuello dado de sí.
Le pareció —se lo pareció, o quiso que le pareciera— que respiraba tranquila.
No se metió en la cama. No quería llevarse el gesto a las sábanas.
Volvió a la cocina. Se sentó. Puso la mano sobre la mesa, palma abajo, y la miró otra vez.