El medio segundo 25 Cena solo
25%

25 Cena solo

A las once menos cuarto, Darío cerró el panel.

No lo cerró del todo: lo dejó en una pestaña, en segundo plano. Apagó el monitor, cogió la mochila y salió a la noche de la Castellana, donde el aire olía a tubo de escape y a pan de la panadería que aguantaba abierta hasta tarde.

En el móvil, el Slack seguía activo. Su manager había escrito a las diez: gran día de engagement, equipo . Nadie había mencionado el vídeo. Nadie iba a mencionarlo.

Bajó hasta la esquina. Un grupo de chavales salía de un burger con las bolsas, riéndose; una pareja discutía junto a un portal, en voz baja, como se discute cuando ya se ha decidido todo.

En la esquina de Ríos Rosas, tres chavales veían algo en un móvil y se reían a carcajadas, de esas risas que piden público. Darío apartó la vista antes de ver la pantalla. No quería saber si era el vídeo. Siguió andando con las manos en los bolsillos, mirando el suelo.

Pidió un kebab en el sitio de la esquina —el de siempre, el del hombre que ya no le preguntaba qué quería—.

El hombre ya tenía la tortilla en la mano. La miró un segundo, lo bastante para reconocerlo, sin levantar la vista del todo.

—Lo de siempre —dijo el hombre. No era una pregunta: era un trámite.

Darío abrió la boca. hoy ponme otra cosa : la frase llevaba días ensayéndose sola en su cabeza, sin que él la hubiera ensayado. Le subió a la garganta y allí se quedó, masticada antes de tiempo.

—Lo de siempre —dijo Darío.

El hombre asintió sin levantar la vista del todo, como si lo hubiera dicho él. Dobló la tortilla, la metió en la bolsa de papel, se la tendió.

—Gracias —dijo el hombre.

—Gracias —dijo Darío.

Se lo llevó a casa en la bolsa de papel, que se transparentaba por la grasa.

Subió las escaleras contando los peldaños: treinta y cuatro, como cada noche.

Una vez contó treinta y cinco y tuvo que bajar a comprobarlo.

El piso: cuarenta metros, un fogón pegado al salón que hacía de cocina.

Mil cien al mes, que en Madrid ya era un chollo.

La vecina de arriba veía un concurso a un volumen que no era legal a aquellas horas; Darío llevaba ocho meses viviendo allí y nunca le había dicho nada.

Dejó el kebab sobre la encimera y abrió la nevera: la luz, media cebolla, un brick de leche a punto de caducar, una cerveza de verano.

Cerró. El piso entero cabía en una mirada.

Arrastró el único taburete, se sentó y cenó con el móvil apoyado en el bote de las especias.

El vídeo iba por 3.950.000. Faltaba poco para los cuatro millones.

El grupo de WhatsApp de la universidad — Teleco 19-23 , ciento y pico mensajes al día— llevaba veinte minutos hablando del vídeo.

Alguien lo había pasado con tres emojis de palomitas.

Otro había escrito: al paredón con el nota .

Otro: mi prima es profe y dice que en su insti también hay un salido .

Leyó sin escribir, con el kebab a medio morder.

Escribió joder en la caja de texto, lo miró, lo borró letra a letra.

Después bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo.

Alguien escribió: alguien sabe dónde trabaja el nota?

Otro contestó con el nombre del instituto, sin cortarse.

Un tercero pasó una foto: la de la web del centro, el profesor sonriendo con la camisa azul.

Darío miró la foto dos segundos. Tenía cara de persona normal, de las que desayunan tostadas.

Su pulgar se quedó quieto encima de abandonar el grupo . No lo pulsó.

Miró el portátil, cerrado sobre la mesa, y no lo abrió.

Delante, la pregunta de su manager: ¿Por qué este y no los otros catorce mil?

Y la respuesta — porque me dio mala espina — no era una respuesta que cupiera en un ticket.

Ni las stock options de diciembre, ni el alquiler de mil cien, ni los cuatro años construyendo la máquina cabían tampoco.

Hizo la cuenta que no quería hacer: si enviaba el borrador y salía mal, no era solo el ticket; era la marca, la conversación de fin de año, el no es jugador de equipo dicho sin decirse. Y si no lo enviaba, no pasaba nada.

La honestidad —que no le pidió permiso a nadie— fue esta: no iba a enviarlo porque enviarlo tenía un coste y no enviarlo no lo tenía. Esa era toda la ecuación: no tenía solución, tenía un resultado. Veintinueve años, cuarenta metros, mil cien al mes.

Abrió la app de notas. Arriba del todo, fijada, la entrada que miraba cada dos o tres días: diciembre .

Debajo, la lista, escrita hacía meses, cuando diciembre parecía lejos: fianza del piso nuevo.

El dentista. Invitar a mamá a un restaurante.

Trece mil euros, más o menos. Un año de alquiler por adelantado: un año sin hacer la cuenta del techo.

La miró con la frialdad de quien hace números de verdad, y bloqueó el móvil.

Apartó el cursor. Cerró el portátil. Tiró la bolsa del kebab a la basura —reciclaje, el contenedor amarillo— y se lavó las manos.

En la cama, con el móvil en la mesilla boca abajo, miró el techo.

El techo no tenía nada que decir. La vecina de arriba se reía con el concurso —una risa grabada, de público—, y Darío se puso los auriculares sin música, solo para amortiguar.

Pensó en el profesor del vídeo y trató de imaginar su noche: un piso en Carabanchel, una mujer, una hija quizá. No pudo.

Se preguntó, por un segundo, qué estaría cenando aquel hombre. Después se preguntó por qué se lo preguntaba, y no se contestó.

El domingo llamaría su madre, como todos los domingos. Faltaban cuatro días.

Miró el móvil una última vez: 3.970.000. Veinte mil más en la media hora que había tardado en cenar. Apagó la pantalla.

Se durmió con el número en la cabeza —3.970.000, a punto de rozar los cuatro— como se duerme con una canción que no te gusta y no se va.

El protocolo, pensó antes de dormirse, decía no intervenir. Y él no había intervenido. Había hecho su trabajo.

La última imagen del día fue su boca, abierta en el kebab, sin que saliera nada.