El mayor error del multimillonario (Errores de multimillonario nº 1) Capítulo Uno
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El mayor error del multimillonario (Errores de multimillonario nº 1)

El mayor error del multimillonario (Errores de multimillonario nº 1)

Por Poppy Madison

© inepub.com

Capítulo Uno

Vida Perfecta

Si alguien me hubiera preguntado en aquel entonces si era feliz, habría respondido que sí sin dudarlo.

No porque hubiera dedicado mucho tiempo a pensarlo.

La verdad era que rara vez me detenía lo suficiente como para hacerme esa pregunta.

La vida siempre encontraba la manera de mantenerte ocupada, y la gente ocupada solía confundir el ajetreo con la felicidad.

Desde fuera, tenía todas las razones para ser feliz.

Vivía en una hermosa casa frente al lago que parecía sacada de una revista.

Mi marido, Grant Walker, era dueño de una de las empresas de desarrollo inmobiliario más exitosas del estado.

Viajábamos cuando queríamos, cenábamos en restaurantes donde las cartas no se molestaban en incluir los precios, y asistíamos a tantos eventos benéficos al año que probablemente podría haber ganado un concurso sobre centros de mesa para banquetes.

La gente envidiaba nuestra vida. A veces yo envidiaba la versión que ellos veían.

La mañana de la Gala de la Fundación Walker comenzó como cualquier otra.

Estaba frente al espejo del baño, tratando de decidir qué hacer con mi pelo mientras repasaba mentalmente la lista de detalles para la velada.

El florista había confirmado la entrega.

El plano de mesas estaba listo. Los artículos de la subasta habían llegado.

La lista de invitados incluía a casi todos los grandes donantes que esperábamos atraer.

Todo estaba en su sitio. Todo excepto mi ceja izquierda, que se negaba a cooperar.

La miré fijamente. Ella me devolvió la mirada.

A los treinta y ocho años, había aceptado muchas cosas de la vida.

Había aceptado que el metabolismo era una broma cruel, que las gafas de lectura eran cada vez más necesarias, y que te despertabas con dolores inexplicables después de dormir en posturas perfectamente normales.

La ceja, sin embargo, seguía siendo una traición personal.

Todavía estaba debatiendo si usar las pinzas contaba como legítima defensa cuando se abrió la puerta del dormitorio.

Grant entró con ropa de correr, el móvil en una mano y un termo de café en la otra.

Probablemente llevaba despierto una hora.

Últimamente parecía levantarse antes del amanecer y ponerse a trabajar de inmediato.

No apartó la vista de la pantalla. Sus pulgares se movían a toda velocidad mientras tecleaba una respuesta.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

No apartó la vista de la pantalla. Años atrás, las mañanas habían sido diferentes.

Grant habría cruzado la habitación, me habría abrazado y me habría preguntado en qué estaba pensando.

A veces me besaba en la coronilla. A veces me contaba algún sueño ridículo que había tenido la noche anterior.

Ahora recibía un saludo y un par de pulgares muy productivos.

Para ser justos, eran pulgares de multimillonario.

Pero seguían siendo pulgares. Me volví hacia el espejo.

—¿Mucho lío hoy? —pregunté.

—Siempre.

La respuesta llegó automática. Siempre se había convertido en una de las palabras favoritas de Grant.

Siempre ocupado. Siempre otra reunión. Siempre otro proyecto.

Siempre otra crisis que requería su atención.

Lo observé en el reflejo del espejo. A los cuarenta y dos años, seguía siendo ridículamente guapo.

Las canas que empezaban a asomar en sus sienes solo lo hacían parecer más distinguido: distinguido de portada de revista, del tipo que hacía que las mujeres de repente se interesaran por la normativa urbanística y las licencias de obra.

Grant por fin levantó la vista.

—¿Vas a ir a la gala esta noche? —preguntó.

Parpadeé. Por un momento, pensé que estaba bromeando. Luego me di cuenta de que no. La gala no era un evento cualquiera. Era el acto benéfico más importante del año para nuestra fundación. Mi nombre aparecía en las invitaciones. Llevaba meses ayudando a organizarla.

—Ese es el plan —dije, sonriendo.

Frunció ligeramente el ceño.

—Ah. Claro.

El silencio que siguió fue casi impresionante: no incómodo, no tenso, simplemente vacío.

El móvil vibró y reclamó su atención al instante; la conversación había terminado.

Debería haberme molestado. En cambio, me descubrí buscándole excusas, algo en lo que me había vuelto notablemente hábil con los años.

Grant estaba bajo presión. La empresa estaba en plena expansión.

Había un proyecto importante en marcha. Cargaba con enormes responsabilidades.

Todo eso era cierto. Pero también se estaba convirtiendo en una excusa muy conveniente para todo lo demás.

Abajo, me sumergí en la rutina familiar de prepararme para el día.

El personal se movía por la casa con eficiencia ensayada.

Estaban llegando flores para una cena que teníamos próximamente.

Los correos esperaban respuesta. El papeleo de la fundación aguardaba revisión.

A veces olvidaba lo extraordinaria que se había vuelto nuestra vida.

Cuando Grant y yo nos casamos, vivíamos en un pequeño apartamento encima de una lavandería.

En verano, todo el lugar olía levemente a detergente y maquinaria recalentada.

Teníamos muebles desparejados, contábamos cada céntimo y celebrábamos sobrevivir otro mes como si nos hubiera tocado la lotería.

Curiosamente, esos eran algunos de mis recuerdos más felices.

No porque lo estuviéramos pasando mal, sino porque estábamos construyendo algo juntos.

En aquel entonces, cada éxito se sentía compartido.

Cuando Grant consiguió su primer cliente importante, entró por la puerta del apartamento con una pizza y una botella de champán barato.

Nos sentamos en el suelo —todavía no teníamos mesa de comedor— y hablamos hasta las dos de la madrugada sobre cómo sería nuestro futuro.

Ninguno de los dos imaginó que sería así.

La gala de esa noche fue exactamente lo que tenía que ser.

El salón resplandecía bajo las arañas de cristal, y elegantes arreglos florales decoraban cada mesa.

Donantes adinerados, inversores, políticos y líderes de la comunidad llenaban la sala.

Mirara donde mirara, la gente sonreía. Pasé la mayor parte de la velada saludando a los invitados y resolviendo problemas antes de que nadie más se diera cuenta de que existían: un artículo de la subasta que había que reubicar, un donante que necesitaba un cambio de sitio, las restricciones dietéticas de alguien que se habían pasado por alto.

Era el tipo de trabajo que nadie veía a menos que se hiciera mal.

No me importaba. En el fondo, lo disfrutaba.

El evento fluía sin contratiempos porque llevaba meses asegurándome de que así fuera.

En un momento dado, me detuve cerca del fondo del salón y recorrí la multitud con la mirada.

Grant estaba rodeado de ejecutivos e inversores, relajado y seguro de sí mismo, completamente en su elemento en el mundo que llevaba veinte años construyendo.

Entonces reparé en la mujer que tenía al lado.

Era guapa con esa elegancia natural que algunas personas parecen tener de nacimiento: pelo rubio, postura perfecta, vestido de diseñador.

Se rio de algo que dijo Grant y le tocó el brazo con suavidad.

El gesto fue breve. Inocente. Probablemente sin importancia.

Y sin embargo, algo me llamó la atención, no porque me sintiera amenazada, sino porque no recordaba la última vez que había visto a Grant reírse así.

Unos minutos después, me vio y cruzó la sala.

—Ahí estás —dijo, y me besó en la mejilla.

Por un momento, sentí una calidez familiar: la vieja sensación reconfortante de ser su esposa. Entonces el móvil vibró, y la calidez desapareció casi tan rápido como había llegado.

—Todo ha quedado increíble —dijo.

—Gracias.

—Siempre lo consigues.

El cumplido debería haberme alegrado. En cambio, me sorprendí preguntándome cuándo un gracias se había convertido en sustituto de una conversación de verdad. Antes de que pudiera responder, miró la pantalla.

—Lo siento. Tengo que coger esto.

Cómo no. Se perdió entre la multitud mientras yo me quedaba donde estaba, viendo a la gente reír y celebrar a mi alrededor.

Durante años había creído que la soledad significaba estar físicamente sola.

De pie en aquel salón abarrotado, rodeada de cientos de personas, descubrí que me había equivocado.

A veces la soledad llegaba estando justo al lado de la persona que amabas.