Capítulo 8 — La Ciudad Donde Me Perdí
Roger me habló del viaje un martes por la noche.
No me preguntó.
Me lo informó.
—Necesito ir a Venecia la próxima semana.
Sonreí.
—¿Trabajo?
—Congreso internacional de derecho.
Asentí.
Roger cerró la computadora portátil y me miró.
—Vienes conmigo.
Lo dijo como una información.
No como una pregunta.
En ese momento me molestó un poco porque tenía varias cosas pendientes en el trabajo, pero quizá no era mala idea tomarme un descanso.
Venecia parecía sacada de un sueño.
Los canales reflejaban la luz dorada del final de la tarde.
Los puentes de piedra unían calles estrechas que parecían detenidas en el tiempo.
Las embarcaciones cruzaban lentamente las aguas oscuras mientras músicos tocaban en restaurantes escondidos.
Era imposible no quedar cautivada.
El hotel ocupaba un antiguo palacio restaurado, con ventanas altas, pasillos silenciosos y una vista al agua que parecía no pertenecer al mundo real.
Había flores esperándome en la suite.
Champán descansando en una cubitera de plata junto a la ventana.
Tarjetas escritas a mano.
Regalos cuidadosamente envueltos.
Y un vestido colgado en el vestidor.
Todo había sido organizado por Roger.
Un lujo.
Como siempre.
Durante los primeros días paseamos en barco.
Visitamos museos.
Cenamos en restaurantes imposibles de reservar.
Caminamos por calles estrechas iluminadas por antiguas farolas.
Roger sostenía mi mano casi todo el tiempo.
Fotografiaba la ciudad.
El agua.
Los puentes.
Los platos sobre la mesa.
Mi rostro cuando sonreía sin darme cuenta.
Lo fotografiaba todo.
Como si tuviera miedo de olvidar cualquier detalle.
Como si necesitara guardar cada versión de mí.
Cada sonrisa.
Cada mirada.
Cada momento.
Era imposible no sentirme amada.
Deseada.
Especial.
Y tal vez ese era exactamente el problema.
Al tercer día ocurrió algo demasiado pequeño para justificar lo mucho que se quedó conmigo.
Vi una librería antigua escondida en una calle estrecha, entre un puente bajo y una fachada desgastada por el tiempo.
El escaparate estaba lleno de libros jurídicos raros, primeras ediciones, tratados antiguos y obras que solo conocía por fotografías.
Me detuve de inmediato.
—Roger...
Él se giró.
—¿Sí?
—¿Podemos entrar?
Roger miró el escaparate.
Luego miró el reloj.
—Ahora no.
—Solo cinco minutos.
Sonrió con paciencia.
—Vamos a perder la reserva.
—¿Podemos volver después?
—Claro.
Asentí.
Sonreí.
Y seguimos caminando.
No discutimos.
No nos peleamos.
No ocurrió nada que pudiera señalar y decir: fue aquí.
Fue exactamente aquí donde algo me incomodó.
Y aun así, miré hacia atrás tres veces antes de perder de vista la librería.
Y pasé el resto del día pensando en ella.
En los libros.
En el escaparate.
En aquel pequeño deseo que no había encontrado espacio dentro del itinerario perfecto.
Me perdí tres veces en Venecia.
Roger no.
Yo miraba mapas, señales, puentes y callejones y, aun así, terminaba regresando al mismo lugar.
Roger siempre sabía exactamente adónde ir.
Siempre encontraba el camino.
Siempre encontraba la salida.
Aquello me pareció reconfortante.
Creo que quizá ese era el problema.
Me estaba acostumbrando a dejar que Roger encontrara todos los caminos.
A la mañana siguiente tuvo lugar el congreso.
Abogados de distintos países ocupaban los salones del hotel donde se celebraba el evento.
Grandes despachos.
Clientes internacionales.
Paneles.
Debates.
Negociaciones cerradas entre voces bajas y copas alzadas en conversaciones discretas.
Era un ambiente impresionante.
El tipo de lugar donde cada apellido parecía llevar consigo una fortuna y cada frase podía iniciar un acuerdo millonario.
Acompañaba a Roger durante una recepción cuando se acercó un abogado europeo.
Alto.
Elegante.
Cabello canoso.
La acreditación lo identificaba como miembro de uno de los mayores despachos de Bruselas.
Me estrechó la mano y, para mi sorpresa, no miró primero a Roger.
Me miró a mí.
—Doctora Rivera.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Rivera.
No Ashford.
—Mucho gusto.
—Leí su informe sobre el caso Meridian.
Parpadeé, sorprendida.
—¿Lo leyó?
—Lo leí. Su análisis evitó pérdidas multimillonarias.
Me quedé sin palabras.
Continuó:
—Sinceramente, imprimí ese documento para que mi equipo lo estudiara.
Silencio.
—Fue uno de los análisis más inteligentes que he leído en los últimos años.
Mi corazón se aceleró.
Roger seguía a mi lado.
En silencio.
Observando.
Su mano todavía no me tocaba, pero sentía su presencia como si lo hiciera.
—Su razonamiento fue brillante —continuó el abogado—. Tiene talento para construir algo mucho más grande de lo que imagina. Si estuviera en cualquier gran despacho europeo, ya estaría liderando equipos.
No pude responder de inmediato.
Porque nadie me había dicho algo así jamás.
No de aquella manera.
No sin que Roger tradujera mi talento para los demás.
No sin que alguien lo señalara a él antes de mirarme a mí.
Fue entonces cuando sentí la mano de Roger apoyarse en mi cintura.
Tranquila.
Natural.
Cariñosa.
Como siempre.
Pero permaneció allí mientras el abogado hablaba.
Mientras yo intentaba responder.
Mientras la conversación continuaba.
Entonces escuché su voz.
Elegante.
Educada.
Perfecta.
—Blackridge todavía no ha terminado de aprovechar todo lo que ella puede ofrecer.
Todos sonrieron.
El abogado también.
Pero algo cambió.
No sabía explicar qué.
Solo sabía que cambió.
Aquella noche me quedé frente a la ventana de la suite.
Venecia brillaba allá afuera.
Hermosa.
Romántica.
Perfecta.
Los canales reflejaban las luces de la ciudad y las embarcaciones cruzaban lentamente las aguas oscuras.
Todo parecía exactamente como debía ser.
Y aun así, no podía dejar de pensar en la librería.
En el abogado.
En la conversación.
En las oportunidades que había mencionado.
Roger apareció detrás de mí y rodeó mi cintura con los brazos.
Apoyó la barbilla sobre mi hombro.
—¿En qué estás pensando?
Sonreí.
—En nada.
Permaneció en silencio.
Como si supiera que estaba mintiendo.
Luego giró mi rostro lentamente.
Sus ojos quedaron atrapados en los míos durante unos segundos.
Demasiado tiempo.
Demasiado silencio.
—No tienes idea de lo que me pasa cuando veo a otras personas mirándote.
Mi respiración falló.
—Roger...
Él sonrió.
Esa sonrisa que siempre derribaba mis defensas.
—Te advertí que lo notarían.
—¿Notar qué?
Su mano subió hasta mi rostro.
—Lo que yo vi desde el primer día.
Aquello me golpeó profundamente.
Porque era hermoso.
Porque parecía amor.
Porque Roger siempre sabía convertir la posesión en una frase capaz de calentarme el pecho.
Y aquella noche fue imposible resistirse a él.
Roger me besó como si todavía le molestaran todas las miradas que había visto sobre mí.
Como si necesitara recordarme que estaba allí.
Con él.
Entre sus brazos.
En la ciudad que él había elegido.
En el viaje que él había organizado.
En el mundo que había construido para nosotros dos.
Había deseo en cada gesto.
Firmeza.
Intensidad.
Aquella presencia dominante que me dejaba sin aliento y, al mismo tiempo, extrañamente segura.
Me dejé llevar.
Porque todavía lo deseaba.
Mucho.
Y quizá esa era la parte más difícil de admitir.
Más tarde, esa misma noche, Roger recibió una llamada.
Reconocí la voz de Richard al otro lado, aunque no pude escuchar toda la conversación.
Solo fragmentos.
Roger se alejó unos pasos.
Su tono se volvió más duro.
Más frío.
—No estoy haciendo nada malo.
Silencio.
—Ella es feliz.
Más silencio.
Su mandíbula se tensó.
—Eso debería ser suficiente.
Otro silencio.
Entonces escuché, a lo lejos, la voz de Richard decir algo que atravesó toda la habitación.
—No todo lo que hace feliz a una persona es bueno para ella.
Roger se quedó inmóvil.
Por un segundo, su expresión cambió.
Se endureció.
—No —respondió en voz baja—. Te equivocas.
Fin de la llamada.
Cuando volvió a mi lado, sonreía otra vez.
Pero algo se había quedado atrapado en mi cabeza.
No todo lo que hace feliz a una persona es bueno para ella.
El último día del viaje intenté recordar dónde estaba aquella calle de la librería.
No pude.
Intenté reconstruir el camino a través de los puentes, los callejones y la fachada antigua.
Nada.
Pasé todo el vuelo de regreso intentando recordar el nombre de aquella calle.
Nunca lo conseguí.
Y esa fue la única cosa que realmente elegí durante todo el viaje.
El problema fue que nunca volvimos.
Llegamos a Manhattan.
Y la vida retomó su ritmo habitual.
Blackridge.
Clientes.
Contratos.
Plazos.
Reuniones.
Hasta que una noche Roger apareció en mi oficina.
Ya pasaban de las nueve.
Yo seguía trabajando.
Se apoyó en el marco de la puerta, observándome.
Sonreí.
—¿Qué pasa?
Roger entró despacio.
—¿Daniel te ayudó con los proyectos mientras yo estaba de viaje?
La pregunta pareció casual.
Normal.
—Sí.
—¿Bastante?
—Trabajamos juntos en algunas cosas.
Asintió, se acercó y besó mi frente.
—Entiendo.
Volví a los documentos.
Entonces lo escuché decir:
—Prefiero que trabajes con otros equipos cuando yo viaje.
Levanté la vista.
—¿Por qué?
Roger sonrió.
Aquella sonrisa tranquila.
Hermosa.
Difícil de cuestionar.
—Porque te extraño.
Mi corazón se calentó.
Era exactamente el tipo de respuesta que esperaba de él.
El tipo de respuesta que siempre funcionaba.
El tipo de respuesta que convertía cualquier límite en una declaración de amor.
Cuando llegamos a casa, Roger besó mi frente, apagó la luz de la habitación y se acostó a mi lado.
Se durmió pocos minutos después.
Yo permanecí despierta.
Escuchando su respiración.
Pensando en la librería.
Pensando en Daniel.
Pensando en el abogado europeo.
Pensando en Venecia.
Pensando en el nombre de aquella calle que nunca logré recordar.
Y quizá esa era la parte que realmente me incomodaba.
Porque no era solo una librería.
No era solo una calle.
No era solo un viaje.
Era la sensación de que algo importante se había quedado atrás.
Y, por primera vez, tuve la impresión de que me estaba perdiendo en un camino que ni siquiera había elegido.
Un camino hermoso.
Lujoso.
Perfecto.
Pero que, aun así, no parecía completamente mío.