EL MARINERO DE LAS MIL COSTAS ( 1842-1849)
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PRÓLOGO
La Llamada del Mar
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Su padre, Ernesto Ferrante, zapatero de la via della Maddalena, lo comprendió todo en aquel momento. Aun así intentó convencerlo de lo contrario en los años siguientes —un oficio seguro, un taller, una esposa genovesa. Marco escuchaba con respeto. Luego volvía a mirar el puerto.
Lo miró de arriba abajo. «¿Has navegado alguna vez?»
«Nunca, capitán.»
«¿Al menos sabes nadar?»
«Bastante bien, capitán.»
Casati permaneció en silencio un largo momento, luego hizo un gesto con la cabeza hacia la pasarela. «Embarca. Ganarás la paga de grumete. Si no estás muerto dentro de un mes, hablaremos.»
Marco subió a bordo. Aún no sabía que no dejaría de subir a barcos durante los siete años siguientes.
No sabía que vería tempestades capaces de partir los mástiles mayores, desiertos de sal y océanos de hielo, mercados donde se vendían especias y secretos y, a veces, vidas humanas.
No sabía de los compañeros que amaría y perdería, de las decisiones imposibles que tendría que tomar, de las noches en que se preguntaría en quién se había convertido.
No sabía nada de todo esto.
Solo sabía que la pasarela se balanceaba bajo sus pies, y que aquel balanceo le parecía lo más natural del mundo.
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