EPÍLOGO
SEIS
dane
El apartamento olía a pintura fresca y cartón.
Llevábamos aquí casi un mes y todavía no había colgado nada en las paredes. Los de la mudanza habían apilado cajas en el pasillo, y Natalie había desempaquetado quizá la mitad antes de distraerse reorganizando los armarios de la cocina.
Era su forma de hacer las cosas: tocaba, reordenaba, pero nunca terminaba. No me importaba. Dejaba rastros de su presencia por todas partes. Tazas de café en un sitio diferente cada mañana. Sus gomas del pelo en la encimera del baño. Su champú en mi ducha.
Nuestra ducha.
Estaba sentado ante el escritorio de mi estudio, con el portátil abierto, terminando una videoconsulta con un colega sobre un caso de fusión espinal que querían que revisara.
El estudio era la única habitación que había montado como es debido. Las estanterías estaban llenas, los títulos colgados en la pared, el pesado escritorio de roble de mi antigua consulta colocado bajo la ventana.
Contra la pared del fondo había un diván de cuero marrón que había comprado expresamente para esta habitación. Me dije a mí mismo que era para leer.
Una mentira que ni siquiera me molesté en creerme durante más de diez segundos.
Desde el estudio oí abrirse la puerta principal. Las llaves golpearon el plato de cerámica en la mesa de la entrada, y oí el golpe sordo de su bolso al caer al suelo. Luego sus pies descalzos sobre la madera. Siempre se quitaba los zapatos en cuanto cruzaba el umbral.
—Dr. Lawson, si observa el segmento T12-L1 en la vista lateral, la listesis anterior es...
Natalie apareció en el umbral.
Se apoyó contra el marco, con los brazos cruzados, observándome trabajar.
Todavía con el uniforme de la universidad.
Camisa blanca abotonada metida por dentro de esa maldita falda de cuadros que le llegaba a medio muslo.
Medias hasta la rodilla. El pelo recogido en una trenza suelta sobre un hombro, con algunos mechones sueltos enmarcándole la cara.
Ojos verdes brillantes y un poco húmedos por el viento de abril del exterior.
No dijo nada. Se quedó allí mirándome con esa expresión tranquila y expectante que conocía mejor que mis propias manos.
—Te enviaré mis notas mañana por la mañana, Richard. Tengo que dejarte.
—Por supuesto, Dane. Te agradezco la ayuda.
Terminé la llamada y cerré el portátil.
Natalie apoyó una cadera contra el marco de la puerta y levantó la mano para enrollarse en el dedo un mechón que se le había soltado de la trenza. Una sonrisa pequeña, apenas perceptible, le asomó en la comisura de los labios.
—¿Qué tal la clase? —pregunté.
—Larga —se apartó del marco y caminó hacia el diván—. El profesor Whitmore nos ha tenido veinte minutos de más repasando los formatos de citación para el trabajo de investigación. Me quería morir.
Se tumbó sobre el cuero como si lo hubiera hecho cien veces. Y así era. Se dejó caer de espaldas, con las piernas extendidas y una rodilla ligeramente doblada, y soltó un largo suspiro que le hundió todo el cuerpo en el cojín.
La observé desde la silla del escritorio.
La falda de cuadros se le había subido por el muslo, y el algodón blanco de la camisa se le tensaba sobre el pecho con cada respiración. No estaba actuando. Eso era lo que tenía Natalie ahora. No necesitaba esforzarse. Simplemente existía en mi espacio como si hubiera sido hecha para estar en él.
Tres semanas desde que habíamos dejado la casa. Dos meses y seis días desde el funeral de su madre.
Esa misma noche me la había follado en la cama del hotel con el programa del funeral todavía en la mesita de noche. Había llorado a mitad del acto. No de pena, no exactamente. Por la liberación que suponía.
Por fin había terminado el peso de fingir. Me había rodeado con las piernas con más fuerza y susurrado «Por favor, no pares» contra mi cuello.
Y no paré.
Le había secado las lágrimas con el pulgar y había seguido.
Ahora estaba aquí. En nuestro apartamento. A veinte minutos de su universidad, a quince del hospital donde yo operaba tres días a la semana. El resto del tiempo trabajaba desde este estudio. Volvía a casa conmigo cada tarde, y era la mejor parte de mi día. Todos los días.
Me levanté del escritorio y los ojos de Natalie me siguieron mientras cruzaba la habitación. Me miró con esa expresión. Tranquila en la superficie, pero su respiración cambió. Lo notaba en cómo le subía y bajaba el pecho. En cómo se le entreabrían los labios.
Sabía lo que venía. Siempre lo sabía.
Me detuve al borde del diván y la miré. Tenía los ojos muy abiertos, verdes, completamente fijos en mi rostro.
Le pasé la mano por la pierna, empezando por el tobillo y arrastrando la palma lentamente sobre el algodón acanalado de la media.
Notaba su piel cálida debajo. Seguí más allá de la rodilla, por el tramo desnudo de la cara interna del muslo sobre el borde de la media, y se le entrecortó la respiración.
—¿Has comido hoy? —pregunté.
—Me he comido un sándwich entre clases.
—Eso no es suficiente.
—Ya comeré más tarde.
Deslicé la mano más arriba. Mis dedos encontraron el dobladillo de la falda y se colaron debajo.
—Dane —suspiró.
Enganché los dedos en la cinturilla y le bajé las bragas. Levantó las caderas para ayudarme, y le arrastré la ropa interior por los muslos, por encima de las rodillas, y se la saqué por los pies para dejarla caer al suelo.
Luego fui a por las medias. Una a una. Las enrollé lentamente, se las fui quitando, y observé cómo la piel de gallina seguía el rastro de mis dedos.
Yacía allí desnuda de cintura para abajo, con la falda de cuadros arrugada en torno a las caderas. Le separé los muslos y me arrodillé en el suelo.
Mi boca encontró su coño y todo el cuerpo se le sacudió.
Presioné la lengua plana contra ella y la arrastré lentamente desde la entrada hasta el clítoris, saboreándola. Ya estaba húmeda. Probablemente lo había estado desde que cruzó la puerta y me vio sentado ante el escritorio.
Conocía su cuerpo mejor que el de cualquier paciente que hubiera estudiado. Sabía la presión exacta que hacía que se le arquearan las caderas. Conocía el ritmo que le iba llevando el orgasmo desde un zumbido bajo hasta uno que no podía controlar.
La lamí, le chupé el clítoris entre los labios y lo solté. Su mano encontró la parte de atrás de mi cabeza y me clavó los dedos en el pelo mientras los muslos le temblaban contra mi cara.
—Oh, Dios... —jadeó—. Justo ahí. Dane, justo ahí.
Sellé la boca sobre su clítoris y succioné mientras dos dedos se deslizaban dentro de ella, curvándolos hacia delante hasta encontrar ese punto que había memorizado meses atrás.
Su espalda se arqueó despegándose del cuero, y el diván crujió bajo sus movimientos.
La follé con los dedos y devoré su coño con frenesí. Quería que se corriera en mi cara. Quería que fuera intenso, convulso y descontrolado.
Y me lo dio.
El orgasmo la golpeó y sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza. Soltó un grito que rebotó en las paredes del estudio. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de mis dedos, empapándolos.
Mantuve la boca sobre ella cada segundo, lamiéndola con cada réplica del orgasmo hasta que quedó temblando y apartándome la frente con manos débiles.
—Para, para... no puedo...
Me aparté, me limpié la boca con el dorso de la mano y la miré.
Estaba destrozada. Las mejillas teñidas de un rosa oscuro, los ojos apenas abiertos, el pecho subiendo y bajando bajo la camisa blanca. La trenza se le había deshecho a medias y el cabello se le esparcía sobre el cuero en ondas desordenadas y enredadas.
Perfecta.
Me puse de pie y me desabroché el cinturón. Me bajé la cremallera y me quité los pantalones junto con los bóxers. La polla me latía de lo dura que estaba. Así llevaba desde que ella cruzó la maldita puerta.
La agarré por la base, me la acaricié un par de veces y observé cómo sus ojos bajaban hacia ella.
Sus caderas se movieron, los muslos todavía abiertos de par en par, y pude ver exactamente lo mojada que estaba. Hinchada por el orgasmo.
Lista.
Me coloqué entre sus piernas, apoyando una mano en el reposabrazos junto a su cabeza. Alineé la polla contra su coño y la miré a la cara. Sus ojos encontraron los míos y no se apartaron mientras me hundía en ella.
Se le abrió la boca y dejó escapar un gemido grave. Su coño me apretó la polla con fuerza, y tuve que apretar la mandíbula para no correrme en el acto.
—Joder —solté con voz entrecortada—. Cada vez. Cada maldita vez te sientes así de bien.
Me rodeó el cuello con los brazos, atrayéndome hacia ella. Empecé a moverme.
Podía sentir cada centímetro de ella, caliente, resbaladiza y apretada alrededor de mi polla. Subió las piernas y me rodeó la cintura con ellas, cruzando los tobillos en la parte baja de mi espalda para atraerme más adentro.
La miré fijamente. Esos ojos verdes que me miraban como si yo fuera lo único sólido en su mundo. El rubor que le bajaba por el cuello y desaparecía bajo el cuello de la camisa. La forma en que sus labios se entreabrían y dejaban escapar gemidos suaves.
Esto era mío. Ella era mía. Cada maldita parte de ella.
—Sabes lo que quiero —dije.
Se le entrecortó la respiración. Asintió.
—Dilo.
—Quiero... —jadeó mientras me hundía hasta el fondo y me quedaba ahí, frotándome contra su clítoris—. Quiero que te corras dentro de mí.
—Eso no es todo.
Su voz se redujo a algo pequeño y desesperado.
—Quiero que me dejes embarazada.
Me retiré y embestí hacia delante. Fuerte. Gritó, clavándome las uñas en los hombros por encima de la camisa.
—Otra vez.
—Quiero tu bebé. Lo quiero. Lo quiero todo.
La follé más fuerte y más rápido. Cada embestida le arrancaba un sonido que me acercaba más al límite.
El diván arañó el suelo. Le agarré la cadera con tanta fuerza que le dejaría marcas, y no me importaba. Sabía que a ella tampoco. Se arqueó hacia mí, saliendo al encuentro de cada embestida, su coño apretándome y soltándome en un ritmo que iba a destrozarme.
—Vas a recibir mi leche dos veces al día hasta que te quedes embarazada —le dije.
La voz me salió ronca. Apenas controlada.
—¿Me entiendes?
—Sí —gimió—. Sí, señor.
Esa palabra. De su boca. Con ese tono exacto, roto y obediente. Me destruía cada maldita vez.
Sentí cómo se acercaba su segundo orgasmo. Cómo sus muslos se tensaban más, cómo su respiración se volvía errática, cómo su coño empezaba a palpitar y apretarme en pequeños pulsos desesperados.
—Córrete para mí —ordené—. Córrete en mi polla ahora mismo, nena.
Todo su cuerpo se tensó debajo de mí, la espalda arqueándose y despegándose del cuero, y gritó... gritó de verdad. Su coño se cerró con fuerza alrededor de mi polla, y me hundí hasta el fondo una última vez y me solté.
El orgasmo me atravesó. Gemí, con las caderas sacudiéndose mientras bombeaba chorro tras chorro de semen en lo más profundo de ella. Sentía mi polla pulsando con cada oleada, sentía su coño ordeñándome, exigiéndome cada gota.
Me quedé enterrado dentro de ella, completamente quieto mientras la besaba. Sabía al bálsamo de fresa que siempre llevaba.
—Ahora eres toda mía —dije contra su boca—. Mi esposa en todo menos en el nombre.
La besé de nuevo. Más despacio y más profundo.
—Y pronto también lo serás.