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Líneas amarillas

—Apaga esa emisora.

—No.

—Vera.

—La gasolina no se paga con autoridad moral.

Inés estiró la mano hacia la radio. Vera giró el dial antes de que sus dedos lo alcanzaran. La voz de un comentarista deportivo llenó la cabina con una discusión sobre el descenso de un equipo que ninguna de las dos seguía.

La furgoneta cabeceó al pasar sobre una junta del asfalto. El termo de café rodó por el salpicadero y chocó contra el parabrisas. Vera lo sujetó con una mano. Con la otra mantuvo el volante en la línea derecha de la carretera.

—Llevas cuarenta minutos escuchando esto.

—Treinta y siete.

—¿Tienes un contador para todo?

—Para lo que importa.

El sol entraba por el cristal lateral, bajo y blanco, recortando la mandíbula de Vera.

Habían salido de San Jerónimo antes de que amaneciera del todo.

La furgoneta olía a aceite caliente, tela húmeda y la menta industrial de un ambientador sujeto a las rejillas.

En la parte trasera, las cajas de folletos golpeaban las puertas con cada curva.

Inés llevaba el discurso sobre las rodillas. Vera había tachado seis párrafos con rotulador negro y había añadido una flecha junto al tercero.

No ataques al alcalde. Ataca el resultado.

—Este punto no se toca —dijo Inés.

—Entonces no lo leas.

—La privatización del agua es el centro del acto.

—El centro del acto es que ocho mil personas tienen que salir de sus casas pensando que tú puedes gobernar sin incendiar la ciudad.

—El agua no es un incendio.

—Díselo a la familia que recibe una factura de cuatrocientos euros.

Inés giró la hoja. La tinta azul de su mano había desaparecido de la piel, aunque le quedaba una sombra junto a la uña.

—La concesión ha encarecido el servicio un diecinueve por ciento.

—Diecisiete.

—Diecinueve según los recibos que nos han enviado.

—Los recibos no separan el consumo de la tasa de mantenimiento.

—La factura final sí.

Vera señaló la carretera con el índice.

—Eso. Di eso. No digas «la privatización ha encarecido el agua». Di «una familia que consume lo mismo paga diecisiete por ciento más». La gente escucha una cifra cuando puede verla en la mesa de la cocina.

Inés dejó el discurso sobre el salpicadero.

—¿Desde cuándo te preocupa que la gente entienda?

—Desde que descubrí que perder una discusión no cambia un contrato.

La respuesta pareció salir de otro lugar. Vera volvió a agarrar el volante con las dos manos. El pulgar rozó la cicatriz del nudillo y se apartó.

Inés la observó. Bajo el maquillaje apagado de la madrugada, la piel de Vera tenía el color del papel sin estrenar.

Había dormido, según Tomás, dos horas y cuarto.

Inés había dormido menos: la cama plegable del fondo se inclinaba hacia la puerta y cada golpe de las cajas le había clavado una esquina en las costillas.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

—Cincuenta y dos minutos.

—Dijiste cuarenta.

—Tú preguntaste hace doce minutos.

Inés pulsó el botón de la radio. El comentarista desapareció. Entró una canción antigua con una guitarra que sonaba como un alambre tensado.

Vera volvió a girar el dial.

—No toques eso.

—La música distrae.

—Tu voz también.

—Eso explica por qué has tachado mis frases.

—He tachado las frases que hacen que la audiencia mire el reloj.

—Has tachado una historia sobre mi madre.

—He tachado una anécdota de cuatro minutos sobre la artritis de tu madre.

—Mi madre no tiene artritis.

—Entonces, ¿por qué la has contado durante cuatro minutos?

Inés extendió el brazo y volvió a recuperar la emisora. La guitarra regresó, áspera y obstinada. Vera dejó pasar dos curvas antes de hablar.

—Regla uno.

—No acepto reglas.

—Regla uno: la radio es mía.

—¿Y la furgoneta?

—También.

—¿Y el discurso?

—Lo compartimos.

—Qué generosa.

—Regla dos: no cambiamos la ruta sin avisar.

—La ruta la has cambiado tres veces.

—Porque tres veces has querido parar a saludar a personas que no estaban en la agenda.

—Eran trabajadores del astillero.

—Eran cuatro hombres fumando junto a una valla.

—Uno llevaba una camiseta de la cooperativa.

—Uno llevaba una camiseta. No inventes una reunión.

—Me reconocieron.

—Te reconocieron porque estabas pegada a una furgoneta con tu cara impresa en el costado.

Inés se volvió hacia la ventanilla. Afuera, los almacenes de las afueras fueron quedando atrás, sustituidos por campos secos y postes eléctricos.

En cada cruce aparecía una línea amarilla pintada sobre el asfalto.

Algunas se habían borrado hasta formar interrupciones blancas.

Vera las seguía con la mirada como si el estado entero dependiera de no cruzarlas.

—Regla tres —dijo.

—No.

—No más llamadas personales durante los trayectos.

Inés se volvió.

—¿Perdón?

—Ayer pasaste veintitrés minutos hablando con la asociación de madres del distrito Este.

—Era una llamada de campaña.

—Tu hermana te preguntó si ibas a comer el domingo.

—Mi hermana trabaja en la asociación.

—Tu hermana dejó un mensaje después.

—No tienes derecho a escuchar mis llamadas.

—El teléfono de campaña graba las llamadas de campaña.

—¿Y las personales?

—Las personales no deberían ocurrir en el teléfono de campaña.

—¿Qué propones? ¿Que deje de tener familia durante seis semanas?

—Propongo que no conviertas cada hueco del día en una confesión colectiva.

—No todo el mundo considera a su familia una fuga de tiempo.

Vera no respondió. Bajó el volumen de la música hasta dejar una vibración debajo del ruido del motor.

En el bolsillo de la puerta, un paquete de chicles se había abierto. Inés tomó uno. El envoltorio crujió entre sus dedos.

—¿Cuántos actos quedan hoy?

—Tres.

—El primero es en Valdehumo.

—Un desayuno con la cooperativa agrícola.

—Después, la plaza del ayuntamiento.

—Cinco minutos ante la prensa local.

—Y el mitin de la noche.

—Ciento veinte personas, si el alcalde no corta la luz.

Inés la miró.

—¿Eso pasa?

—En Valdehumo han cortado la luz durante dos actos de la oposición desde 2018.

—¿Y nadie lo ha denunciado?

—Todos los que podían denunciarlo recibían contratos de mantenimiento municipal.

La frase cayó plana. Vera tomó el desvío hacia la carretera comarcal.

El teléfono de Inés vibró entre los folios. Un mensaje de Tomás: El alcalde ha confirmado presencia. No respondas a provocaciones.

Inés le enseñó la pantalla.

—Tu regla dos no incluye las provocaciones del alcalde.

—El alcalde no es una provocación. Es un hombre con una cámara cerca.

—Ha dicho que soy una niña rica jugando a la revolución.

—Tu padre era electricista.

—Lo sé.

—Entonces no le des una respuesta que pueda editar.

—¿Qué quieres que haga?

—Pregúntale por el contrato del agua.

—Eso ya lo he hecho.

—Pregúntale cuánto ha pagado su hermano por la consultoría.

Inés giró la cabeza.

—Eso no está probado.

—Está registrado.

—El vínculo familiar sí. El pago no demuestra que haya delito.

—No he dicho delito.

—Quieres que insinúe corrupción.

—Quiero que le preguntes por qué el ayuntamiento paga a una consultora que no tiene empleados.

—Eso es una insinuación.

—Es una pregunta con sujeto y verbo.

Inés apartó la vista. El chicle perdió el sabor en menos de un minuto.

—No voy a lanzar acusaciones sin pruebas.

—Por eso te lo he dado con documentos.

Vera abrió la guantera. Dentro había una carpeta gris con el sello del registro mercantil. La dejó sobre la consola sin mirarla.

—La estrategia no es mentir —dijo—. Es elegir el instante en que la verdad tiene dónde caer.

—Eso suena a una frase preparada.

—Lo es. Las improvisadas suelen matar campañas.

Llegaron a Valdehumo a las nueve y veinte.

El desayuno de la cooperativa se celebró en una nave con las paredes cubiertas de calendarios viejos y fotografías de cosechas.

Vera se quedó junto a la puerta, sin probar el pan que le ofrecieron.

Inés habló con los agricultores durante cuarenta minutos.

Preguntó por el precio del gasóleo, por los pozos secos, por los camiones que esperaban tres semanas para descargar.

Cuando un hombre le pidió una fotografía, Vera señaló el reloj.

—Dos minutos.

Inés sonrió para la cámara. El hombre puso una mano en su hombro. Vera miró esa mano hasta que desapareció.

En el segundo acto, frente al ayuntamiento, el alcalde leyó un comunicado desde las escaleras. Llamó a Inés «una visitante de la capital» y aseguró que su plan contra la concesión del agua destruiría doscientos empleos.

Inés tomó el micrófono que le tendió una reportera.

—¿Cuántos de esos empleos pertenecen a trabajadores de Valdehumo?

El alcalde dejó de leer.

Vera, a tres metros, bajó los ojos hacia el suelo. El pulgar tocó la cicatriz.

—Ciento veinte —dijo el alcalde.

—¿Puede decirme sus nombres?

El silencio duró lo que tardó una cámara en enfocar.

—No estamos aquí para juegos —respondió él.

—Entonces hablemos del contrato.

Vera levantó la barbilla. Inés siguió.

—Su hermano cobró cuarenta y seis mil euros por asesorar a una empresa que no tenía empleados cuando recibió la concesión. ¿Qué trabajo hizo?

La plaza se llenó de voces. El alcalde bajó un escalón.

—Esto es difamación.

—Es una pregunta.

—No tiene derecho a venir aquí a insultarnos.

—El derecho a preguntar no depende de que le guste la respuesta.

Vera apareció a su lado y le quitó el micrófono con dos dedos.

—Gracias, alcalde. La candidata tiene otro acto.

—No he terminado —dijo Inés.

—Precisamente.

La mano de Vera se cerró sobre su codo. No apretó. El gesto bastó para sacarla de la plaza antes de que el alcalde pudiera volver a hablar.

Dentro de la furgoneta, Vera cerró la puerta y la miró.

—¿Qué parte de «pregunta» te pareció una invitación a interrogarlo durante seis minutos?

—La parte en la que empezó a mentir.

—Eso hacen los rivales.

—No voy a quedarme quieta mientras manipula a los trabajadores.

—No te he pedido que te quedes quieta. Te he pedido que elijas cuándo mover las piernas.

—Me has arrastrado fuera.

—Te he retirado antes de que dijeras algo que no pudiera salvar.

—Puedo defender mis palabras.

—La prensa no quiere tus palabras. Quiere el corte de siete segundos en que pareces furiosa.

Inés sostuvo la mirada. La furgoneta se había calentado bajo el sol. En el cristal trasero, las letras de la campaña se reflejaban deformadas sobre el rostro de Vera.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué corte quieres?

—El que muestre al alcalde sin respuesta.

—Siempre estás editando.

—Siempre están grabando.

Por la tarde, la carretera hacia Valdehumo Alto se volvió estrecha. La furgoneta ascendió entre pinos bajos y manchas de tierra roja. No había cobertura. El teléfono de Inés perdió la última raya y quedó negro.

Vera condujo con la ventanilla abierta. El aire entraba cargado de polvo.

—El mitin no tiene permiso para usar el generador —dijo—. Si se va la luz, no enciendas las linternas del móvil hasta que yo te lo diga.

—¿Por qué?

—Porque los opositores se colocan detrás del escenario y esperan que mires hacia el resplandor.

—¿Opositores?

—Los hombres del alcalde. Tres o cuatro. Quizá más.

—¿Y me lo dices ahora?

—Ahora estás dentro de la furgoneta y no puedes cancelar.

—Eso no es una razón.

—Es la única que necesito.

El mitin empezó a las ocho y cuarto, con cuarenta sillas de plástico ocupadas y un generador que tosía junto a la caseta de las herramientas.

Había más hombres de pie que vecinos sentados.

Vera los contó desde el lateral del escenario.

Inés vio el movimiento de sus dedos: uno, dos, pausa; cuatro, cinco; la mano cerrada.

Cuando subió al estrado, Vera se quedó abajo, junto al cable del micrófono.

—No les hables como si fueran culpables —dijo.

—¿Y si lo son?

—Entonces deja que se condenen solos.

Inés tomó el micrófono. La bombilla sobre su cabeza atrajo una nube de insectos. Habló del agua, de las carreteras sin arcén, de los niños que tardaban una hora en llegar al instituto. No leyó el discurso. Cada vez que levantaba la voz, los hombres del fondo cruzaban una palabra entre ellos.

A mitad del acto, el generador se apagó.

Negro.

Alguien silbó. Una silla cayó. El micrófono emitió un golpe seco que le atravesó los dientes.

Vera encendió una linterna roja y la levantó hacia el público. Inés distinguió su cara abajo, quieta, señalándole la salida lateral.

No se movió.

—Tenemos cinco minutos —dijo al micrófono apagado—. Si quieren saber quién pagará el agua el año que viene, acérquense.

Los vecinos encendieron sus teléfonos. Pequeñas pantallas blancas aparecieron frente a ella. Los hombres del fondo avanzaron.

Uno bloqueó la escalera. Otro se colocó junto a la valla. El tercero le gritó que bajara de una vez, que aquella plaza no era suya.

Inés dio un paso hacia el borde del escenario.

—La plaza es municipal.

—Baja, niña.

—Pregúntele eso al ayuntamiento.

El hombre subió el primer escalón.

Vera dejó la linterna en el suelo.

—Inés.

No fue una llamada. Fue una orden.

La candidata bajó. Dos cuerpos se cerraron frente a ella. El cable del micrófono se enganchó en su tobillo. Alguien tiró de la valla. El metal chilló.

Vera llegó desde el lateral, golpeó el brazo del hombre que bloqueaba la escalera y se metió entre ambos. Su hombro chocó contra el pecho de Inés.

—Atrás.

—No voy a dejar a los vecinos solos.

—No te lo estoy preguntando.

Otra voz gritó desde la oscuridad. Un teléfono cayó al suelo y la pantalla se partió. Vera agarró a Inés por la cintura y la empujó hacia la puerta trasera de la furgoneta.

—Suéltame.

—Cuando estés dentro.

—Vera—

La puerta se abrió. Vera la metió en el compartimento trasero, subió detrás y cerró de un golpe. El exterior quedó reducido a golpes contra la chapa, voces rotas y el motor del generador intentando arrancar.

Inés retrocedió hasta la cama plegable. Vera quedó entre ella y la puerta, una mano apoyada junto a su hombro, la otra todavía cerrada sobre su cintura.

Durante un segundo ninguna habló.

La oscuridad se pegó a sus cuerpos. El aliento de Vera golpeó la mejilla de Inés. El suyo chocó contra la garganta de la estratega. Afuera, alguien tiró del pomo.

Vera acercó la boca a su oído.

—Ahora no hagas ruido.

Inés tenía los dedos enganchados en la solapa de su chaqueta. Sintió el corazón de Vera bajo la tela, rápido, desordenado, a pocos centímetros del suyo.

La puerta volvió a sacudirse.

Vera no se apartó.

Y en la oscuridad de la furgoneta, sus respiraciones quedaron atrapadas entre las dos, demasiado cerca para fingir que solo estaban intentando sobrevivir.