El margen de error
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Fuego cruzado
—Si vuelves a decir «la gente», me levanto y me voy.
Vera Salvatierra dejó el vaso de cartón sobre la carpeta azul.
El café había dejado un círculo oscuro en la esquina del informe de encuestas.
A través del cristal, el pasillo del comité olía a moqueta mojada y a comida recalentada.
Dentro de la sala, el aire acondicionado lanzaba un hilo helado sobre la nuca de Inés Valcárcel.
Inés no apartó los ojos de la mujer sentada al otro lado de la mesa.
—La gente vive en los barrios que recorremos. Tiene nombre. Tiene recibos. Tiene una historia.
—Y una intención de voto del treinta y uno por ciento.
Vera deslizó tres hojas por la mesa. No las empujó. Las alineó con la precisión de quien coloca agujas.
—Treinta y uno —repitió—. El alcalde tiene cuarenta y ocho. La diferencia no se cierra con historias.
—Se cierra escuchando.
—¿Escuchando qué?
—Lo que no aparece en tus tablas.
—Tus tablas, Inés.
El nombre se quedó entre ellas como un objeto que ninguna quería tocar. Vera tenía un traje negro sin una arruga visible y una cicatriz fina junto al nudillo del índice. Cada vez que Inés hablaba de principios, el pulgar de la estratega recorría esa marca. Una vez. Dos. Nunca tres.
Al fondo de la sala, el presidente estatal del partido consultó su teléfono. El secretario de campaña dejó de fingir que tomaba notas. En la pared, una pantalla congelada mostraba el lema de Inés: San Jerónimo merece más . Las letras blancas se habían pixelado por culpa de un cable flojo.
—El eslogan funciona —dijo Inés—. La propuesta también.
—Tu propuesta pide retirar los contratos de tres constructoras que financian al partido.
—Esos contratos están inflados.
—Lo sé.
La respuesta cayó sin adorno. Inés sintió el golpe en el centro del pecho. Vera tomó su vaso, bebió un sorbo y dejó el cartón en el mismo círculo de café.
—Entonces estamos de acuerdo —dijo Inés.
—No. Tú estás dispuesta a perder por tener razón. Yo estoy aquí para que ganes.
—¿Y qué precio tiene eso?
Vera inclinó la cabeza. La luz del proyector le cortó un ojo por la mitad.
—Depende de quién pague.
—Ahí está el problema.
—¿En que el dinero existe?
—En que tú lo llamas estrategia cuando quieres que nadie lo llame corrupción.
El secretario carraspeó. Nadie miró hacia él. Inés oyó el zumbido del fluorescente sobre su cabeza; el tubo fallaba en intervalos exactos, como si alguien diera golpes desde dentro del techo.
Vera recogió las hojas y las golpeó contra la mesa hasta cuadrarlas.
—Tus padres montaron una clínica vecinal en el distrito Sur con donaciones de tres mil personas —dijo—. Cerró dos años después.
Inés apretó el bolígrafo. La tinta azul se le abrió bajo la uña.
—No metas a mis padres en esto.
—Ellos ya están en esto. Su apellido va en cada cartel.
—Lo que hicieron importó.
—Importar no paga una campaña.
—Pagó la lealtad de un barrio.
—El barrio no decide por sí solo una alcaldía.
Inés se levantó. La silla golpeó la pared y dejó una raya negra bajo el lema pixelado.
—Si el partido quiere una muñeca que sonría junto a un cheque, ha elegido a la persona equivocada.
Vera la siguió con la mirada. Ni siquiera pestañeó.
—Una muñeca no habría llegado a las primarias.
—Una mercenaria tampoco debería dirigir mi campaña.
El pulgar de Vera se detuvo sobre la cicatriz.
Por primera vez, la sala perdió su temperatura de oficina. El secretario bajó la vista. El presidente dejó el teléfono boca abajo. Vera no cambió de postura, pero la piel alrededor de su boca se tensó hasta borrar cualquier rastro de cansancio.
—Ten cuidado con las palabras que usas cuando hay grabadoras —dijo.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una recomendación de supervivencia.
—No necesito sobrevivir. Necesito gobernar.
—Para gobernar primero tendrás que llegar a noviembre.
—La elección es en seis semanas.
—Cuarenta y dos días. Menos si contamos los debates y el voto anticipado.
—No puedes reducir una ciudad a una cuenta atrás.
—No. Puedo reducir una campaña a sus fallos. Es más útil.
Inés apoyó las dos manos sobre la mesa. El borde de una de las hojas le rozó la palma.
—¿Qué has visto?
Vera giró el informe para que pudiera leerlo. En rojo, junto a una flecha descendente, alguien había escrito: invisible fuera del distrito Sur .
—Una candidata que habla para los convencidos, ofende a los indecisos y asusta a quienes pagan los anuncios.
—Los anuncios no votan.
—Los anuncios deciden quién llega a escuchar el discurso.
—Eso es una trampa.
—Eso es una campaña.
La puerta se abrió antes de que Inés contestara. Entró Tomás Neri, el director financiero, con el nudo de la corbata deshecho y un teléfono pegado a la oreja. Cerró con el talón. En la pantalla del aparato parpadeaba un nombre que Inés conocía: Rafael Orduña .
Tomás no habló hasta cortar la llamada. Tenía una línea de sudor bajo el cuello.
—Vera.
Ella extendió la mano.
—Dámelo.
Tomás le pasó el teléfono. Vera escuchó el mensaje de voz sin acercarlo del todo al oído. El sonido se filtró a la sala: un hombre que pronunciaba cada palabra con la calma de quien ya había firmado la sentencia.
«Querida Inés: Rafael lamenta no poder seguir sosteniendo una candidatura que insiste en insultar a quienes la sostienen. Retiramos la aportación desde este momento. Que tengas una buena tarde».
El mensaje terminó con un clic suave.
Inés miró a Tomás.
—¿Cuánto?
—La transferencia de esta semana ya no entra. El resto queda congelado.
—¿Cuánto, Tomás?
Él tragó saliva.
—Setecientos ochenta mil.
La cifra ocupó la sala. En la pantalla, el lema perdió otra línea de píxeles.
Vera tomó el teléfono y lo apagó.
—Bien.
Inés se volvió hacia ella.
—¿Bien?
—Ya no tenemos que fingir que Orduña es un aliado.
—Acaba de arrancarnos la campaña de las manos.
—Nos ha quitado una venda.
—Nos ha dejado sin anuncios, sin desplazamientos y sin personal para las últimas semanas.
—El personal se puede reducir.
—¿Qué piensas hacer? ¿Llevarme puerta por puerta hasta que se canse la ciudad?
—No. Tú te quedarás con los barrios donde todavía te escuchan. Yo conseguiré los demás.
—Con dinero.
—Con tiempo.
—El tiempo también cuesta.
—Entonces deja de gastarlo discutiendo conmigo.
Inés se quedó inmóvil. El bolígrafo se partió entre sus dedos. Un hilo de tinta le manchó la base del pulgar.
—No voy a convertir mis discursos en anuncios para las constructoras.
—No te lo he pedido.
—Vas a pedírmelo.
—No. Voy a pedirte que dejes de decir cosas verdaderas de la forma menos útil posible.
—¿Y tú vas a decirlas por mí?
—Si hace falta.
—No eres candidata.
—Por suerte para todos.
El presidente estatal se puso de pie. La sala se estrechó alrededor de su silencio.
—Vera, el comité ha aprobado tu incorporación con efecto inmediato. Tendrás control sobre mensaje, agenda y logística. Inés conserva la decisión final sobre sus posiciones públicas.
—¿Conserva? —preguntó Inés.
—No empieces —dijo Tomás.
—Ya han empezado ellos.
Vera no miró al presidente. Miró la mancha de tinta en la mano de Inés.
—El control sobre las posiciones públicas es una frase bonita para una cosa sencilla —dijo—. Si dices algo que nos hunda, lo corregiré antes de que llegue a la prensa.
—No vas a censurarme.
—Voy a impedir que te suicides con un micrófono.
—Qué alivio. Siempre quise una guardaespaldas con gráficos.
—Yo siempre quise una candidata que supiera leerlos.
El presidente golpeó la mesa con dos dedos.
—Basta. Las dos tienen razón y por eso las hemos juntado. Inés tiene reconocimiento en los distritos que el partido abandonó. Vera ha remontado campañas que nadie quería tocar. Una de las dos sabe por qué la ciudad está herida. La otra sabe dónde poner la presión.
—No soy una herida —dijo Inés.
—Y yo no pongo presión. Aplico recursos —dijo Vera.
—Perfecto —respondió el presidente—. Apliquen recursos sobre la herida.
Tomás recogió los informes. Nadie sonrió.
Vera abrió su portátil. La batería marcaba nueve por ciento. En la pantalla apareció un mapa de San Jerónimo atravesado por líneas amarillas, con pequeños círculos rojos junto a los barrios donde Inés había perdido apoyo.
—Desde mañana no hay vuelos —dijo.
Inés parpadeó.
—¿Qué?
—Ni hoteles. Ni coches con conductor. Orduña ha retirado la aportación y el partido no va a tapar el agujero. Nos queda una furgoneta de prensa, combustible para cuatro mil kilómetros y una cuenta que conviene no mirar de frente.
—Tengo actos confirmados en seis municipios.
—Los haremos.
—Están a cientos de kilómetros.
—Por eso existe la carretera.
—No pienso dormir en una furgoneta.
Vera levantó los ojos. Eran grises, casi transparentes bajo la luz mala de la sala.
—No te he ofrecido dormir.
Inés abrió la boca. La cerró. La tinta seguía extendiéndose por su piel, una pequeña mancha que ninguna servilleta conseguía borrar.
Vera guardó el portátil en una funda gastada y se puso de pie. El movimiento dejó al descubierto un llavero metálico sujeto al cinturón. Una llave grande, vieja, con una etiqueta de plástico donde alguien había escrito MERCEDES 1998 .
—Salimos a las seis —dijo.
—¿A dónde?
—Al primer distrito que todavía no te odia.
—Eso no figura en la agenda.
—La agenda acaba de morir.
Vera pasó junto a ella. Al llegar a la puerta, se detuvo sin darse la vuelta.
—Lleva una almohada —añadió—. La furgoneta tiene una cama plegable y una fuga de aceite.
—¿Y tú?
—Yo llevo las llaves.
La puerta se cerró. El fluorescente volvió a fallar. Durante un segundo, el lema de la pared desapareció por completo y solo quedó el rectángulo negro de la pantalla, reflejando a Inés con la mano manchada de tinta.
Tomás recogió el teléfono apagado de Vera. En la superficie brilló un mensaje nuevo.
RAFAEL ORDUÑA: Esto aún puede arreglarse, querida.
Tomás lo leyó. Después levantó la vista hacia Inés.
—¿Qué haces?
Inés miró la puerta por la que Vera se había marchado. Apretó la llave rota del bolígrafo hasta que el plástico le clavó los bordes en la palma.
—Ganar.
Afuera, alguien arrancó un motor viejo. El sonido tosió dos veces antes de quedarse encendido.