EPÍLOGO
Un año después, en una tarde tranquila de verano, un joven peregrino de apenas veintitrés años, con la mochila todavía cubierta del polvo de semanas enteras de camino,
entró en la catedral de Santiago exactamente como millones de personas habían hecho antes que él a lo largo de más de mil doscientos años de tradición ininterrumpida.
Se detuvo frente a la propia placa conmemorativa instalada un año atrás, leyendo con atención considerable cada nombre grabado: Prisciliano, Eliseo, Instantius, Teodomiro, Fernando Reboiras, Xosé Amoedo, la familia Ordóñez, y tantos otros custodios que habían protegido, cada uno a su propia manera,
una misma memoria compleja a lo largo de mil seiscientos años enteros de historia compartida.
Sin saberlo, aquel joven se encontraba a apenas unos metros de un pequeño despacho universitario donde, en aquel mismo momento, un hombre considerablemente mayor revisaba, con la misma paciencia metódica de siempre,
un nuevo documento que acababa de llegar desde un archivo diocesano en el norte de Italia, mencionando, de pasada, algo sobre un "octavo peregrino" que ninguna investigación anterior había logrado identificar completamente.
Gabriel Llorente, ya considerablemente canoso pero con la misma curiosidad inagotable que lo había definido desde su primer viaje a Bobbio hace más de una década, sonrió levemente ante aquel nuevo fragmento de historia todavía sin resolver, sabiendo,
con la misma certeza serena que Eliseo mismo había escrito en su propio testamento de piedra, que ningún camino verdaderamente termina.
Simplemente espera, con paciencia, a que alguien, algún día, decida seguir caminando.
FIN