Capítulo 15
La inercia del frenazo arrojó una lluvia de chispas contra los balastos de la vía de maniobras, deteniendo el coche de tercera clase justo en el límite del sector de descarga de carbón.
Elena Varela no esperó a que la oscilación del vagón se amortiguara; encajó el lápiz de copia en el lomo del cuaderno y bloqueó el maletín de cuero con un golpe seco de sus palmas desnudas.
El habitáculo se había convertido en una trampa de aire viciado; el vapor técnico de los radiadores arrastraba ahora el olor del aceite quemado de los talleres y el sudor frío de los enlaces sindicales que habían despertado sobresaltados por el impacto.
Gabriel Navarro saltó hacia el pasillo central, empujando la puerta corredera de lona para verificar la posición de las patrullas.
Sus facciones, recortadas por el reflejo amarillento de los proyectores del andén, mostraban la tensión áspera de quien se sabe acorralado en el último nudo ferroviario de la ría baja.
—La réplica no ha venido a negociar las primas de los pesqueros, Elena —dijo Gabriel, volviéndose hacia ella con una fijeza que anulaba cualquier protocolo de oficina—.
Si esa mujer maneja los terminales de Madrid, la orden que trae destruye la validez del cuarto tomo antes de que podamos entregarlo en la escuela de artes.
Mi hermana Clara ya ha metido las hormigoneras en la dársena; van a sepultar las dobles losas del suelo antes de que el juez reciba tu distanciómetro digital.
Elena se cruzó la correa del portafolios de caoba sobre la parca, ignorando el temblor que subía desde las maderas del piso. Su mente pericial, estructurada para aislar la quiebra del fraude, dejó atrás la prudencia formal que la central le había exigido desde el inicio de la campaña invernal.
—La sucursal no puede anular una cobertura de urgencia sin el visado de la inspección de minas, Gabriel —declaró Elena, con una voz limpia que cortó el murmullo de los operarios—.
Valeria Vance Junquera firmó los asientos contables de mil novecientos cincuenta y cuatro sabiendo que el colector de plomo era una servidumbre de paso inalienable.
Si bajamos al cuadro de señales de los muelles antes de que el secretario de la alcaldía complete el precinto mecánico, la junta de obras tendrá que paralizar las excavadoras por riesgo de contaminación del acuífero bajo la plaza.
Gabriel acortó la distancia entre sus cuerpos, acorralándola contra el marco de hierro de la ventanilla.
La proximidad erótica y psicológica entre ambos en mitad de la penumbra del vagón se volvió cruda, directa, despojada de las ambigüedades de la calle del Viento.
Sus manos se cerraron sobre la cintura de Elena con una entrega furiosa que se alimentaba del ruido exterior de los motores diésel.
El beso que compartieron bajo el techo de zinc de la estación de empalme tuvo el sabor rancio del tabaco de picadura, la sal del atlántico y la certeza de que ya no pertenecían al engranaje de la agencia.
Fue un blindaje de carne y respiración que les templó el pecho frente al acoso policial que ya rodeaba las agujas del este.
Manuel asomó por la plataforma trasera del coche, arrastrando las cinchas de sujeción y el gato hidráulico que utilizaba en el astillero viejo. Sus manos fuertes, manchadas de grasa de linaza, temblaban levemente por el esfuerzo de haber forzado los pasadores de la esclusa exterior.
—Las patrulleras de la policía local están bloqueando la salida hacia el muelle de la Cabana, Gabriel —anunció el viejo operario, clavando el hacha de mano en la madera del marco—.
Clara ha entregado las actas de liquidación ordinarias en el despacho del gobernador civil.
Si la mujer de la chaqueta gris corrobora que el expediente de Mateo Navarro está cerrado desde los años setenta, los peritos del Ayuntamiento iniciarán la voladura de la roca caliza del cabo norte antes de que cambie el turno de la tarde.
Elena extrajo la placa de vidrio de medio formato del bolsillo lateral, enfocando el cuentahilos de latón sobre la esquina inferior izquierda de la emulsión liofilizada.
—Mire la línea del muro de carga, Manuel —ordenó la perito, mostrando las anotaciones escritas con el lápiz violeta—.
Los bronces que usted ajustó en el número cuatro regulan el retorno del agua de la ría.
Si los hombres del desguace portuario usan los sopletes en las uniones de mortero de la calle del Viento, la presión hidrostática inundará el sótano de la librería de San Juan, perdiendo el fondo de Donato antes de que la central reciba nuestra auditoría.
Valeria Vance Junquera, la funcionaria de la central de Madrid, avanzó por el pasillo del vagón con un paso rítmico que delataba el frío adiestramiento de los liquidadores principales.
Sostenía la copia de la orden de incautación judicial complementaria a pocos centímetros del rostro de Elena, sin que su tono centroeuropeo delatara la menor alteración psicológica.
—Su código de usuario ha sido desactivado en los servidores de la dirección de zona, Elena Varela —sentenció la inspectora jefe, deteniéndose ante el compartimento—.
Su intervención en este fraude inmobiliario invalida la elasticidad estructural de sus informes de campo.
Entrégueme el cuarto tomo original de Mateo Navarro o la reclamación extraordinaria será archivada con saldo cero, anulando las pólizas de toda la comunidad del barrio viejo.
Martina se interpuso en el umbral, dejando caer su portafolios rígido sobre el banco y apretando la taza de magnolias entre sus dedos secos.
Su ademán abandonó la neutralidad corporativa que la había protegido tras la mampara de la recepción, mostrando una hermosa y definitiva aprobación técnica hacia la posición de su perito de campo.
—Las cuentas de cargo de la Salztor siguen activas bajo mi firma formal, Valeria —repuso la directora de la oficina local, cortando la retirada de la funcionaria de Madrid—.
El manual de procedimientos nos da la potestad de retener los soportes vegetales si existe riesgo de colapso arquitectónico.
Baja por la plataforma de la vía tres, Elena; saca los negativos de Jena de la estación antes de que los peritos del Ayuntamiento fuercen el cerco de los andenes secundarios.
Elena aseguró los herrajes del maletín de cuero, guardando la llave de latón en el doble fondo de su parca junto a las actas del desvío de los fondos europeos.
Miró a Gabriel, cuyas pupilas oscuras reflejaban el brillo naranja de los rescoldos de la locomotora, y saltó a las piedras del balasto sin mirar atrás, rompiendo de forma definitiva la regularidad contable de su existencia civil.
El silbato del tren emitió un lamento sordo y prolongado que sacudió las chapas de los talleres del norte, marcando el inicio del retroceso mecánico hacia los desfiladeros del interior.
Las luces de las excavadoras ya mordían el hormigón de la dársena, pero Elena avanzó en la sombra de los hangares con su paso firme, decidida a sabotear las palancas de la terminal de carga antes de que el secretario general de la alcaldía pudiera firmar el decreto de demolición de la casa vieja.
El invierno costero entraba en su fase más cruda, obligándolos a ganar la torre del acantilado por la pista forestal del cabo antes de que los terminales alfanuméricos sepultaran el verdadero plano de su trayectoria compartida.