Capítulo 8 #2
Se detuvieron en el hueco de una antigua tolva de carbón, ocultos tras una columna de fundición que los protegía de los haces de luz de las linternas policiales que ya comenzaban a perforar la entrada de la nave.
Gabriel redujo la distancia física entre sus cuerpos hasta que el pecho de Elena quedó oprimido contra los botones de su abrigo, una proximidad erótica y cruda que anuló por completo la distancia administrativa que la mujer había intentado sostener desde su primera visita pericial.
—Estamos atrapados en la línea portuaria, Elena —murmuró Gabriel en un susurro muy cercano, rozando con sus labios la frente fría de la mujer con una ternura que eliminó cualquier conato de control burocrático—.
Mi hermana Clara ha entregado la mitad de los planos al promotor de la plaza alta, pero estas páginas que he rescatado contienen la sección definitiva de los muelles de salazón de mil novecientos setenta y cinco.
Martina nos dio la llave de latón porque sabía que el secreto de Valeria Vance no puede sobrevivir en los servidores informáticos de Aseguranzas Atlas; necesita que tú y yo llevemos estos soportes vegetales a la torre del acantilado antes de que el secretario general ordene el bloqueo informático de las fronteras de la ría.
Elena le sostuvo la mirada en medio de las sombras del muelle, descubriendo en la intensidad de sus ojos oscuros una resolución definitiva que la obligaba a quemar las últimas naves de su antigua existencia contable.
El magnetismo del fotógrafo, su respiración agitada cruzándose con la suya y la perturbación de saberse la heredera visual de Valeria Vance la empujaron a romper las directrices formales del manual de procedimientos.
Sujetó el rostro de Gabriel con sus manos desprovistas de guantes, sintiendo la dureza de su mandíbula firme y la modulación de su respiración antes de besarlo con una intensidad directa, dulce y hermosa que selló su alianza definitiva frente a la persecución de la alcaldía.
El contacto de sus labios, cargado de la salinidad del mar y del sabor rancio del humo del taller, funcionó como una póliza de cobertura total que no requería de la firma de ningún liquidador central para validar su vigencia frente al invierno costero.
—El furgón de Manuel está esperando detrás de la compuerta de la esclusa, Gabriel —respondió Elena con una voz suave que recuperó la solidez eficiente de sus mejores informes de campo—.
He guardado la violeta de mármol negro en el doble fondo de mi maletín junto a las placas de Jena.
Si logramos cruzar el canal del este antes de que la policía local complete el cerco de la dársena, el recurso de urgencia del secretario general carecerá de base jurídica para incautar las actas periciales.
No vamos a permitir que Clara venda la casa vieja al promotor de la plaza alta; la planta de la casa del río se va a levantar en la torre del acantilado aunque las excavadoras del Ayuntamiento intenten hundir las bóvedas del casco antiguo.
Manuel apareció entre las sombras de la esclusa portuaria, sosteniendo el candil de latón apagado y un hacha de mano con la que acababa de romper los precintos municipales de la pasarela trasera.
Su rostro rústico reflejaba esa firmeza típica de los hombres de mar que conocen la verdadera resistencia de las uniones de madera cuando las corrientes del equinoccio comienzan a presionar los cimientos bajos de la costa.
—El canal del este está despejado de patrulleras debido a la bajada de la marea, Gabriel —anunció el carpintero de ribera, indicándoles con un ademán pausado que la vía de escape subterránea permanecía libre de inspecciones ordinarias—.
Los agentes de la alcaldía están concentrados en el portalón principal de la fundición, buscando las cajas de composición de plomo de Oporto.
Si la señorita Varela valida las actas de conformidad complementarias a bordo del furgón, podemos alcanzar la pista forestal del cabo norte antes de que los inspectores de la central de Madrid completen la auditoría de las cuatro de la tarde.
Elena aseguró el cierre de su maletín de cuero marrón, acomodándose en la parte trasera del furgón industrial entre las lonas húmedas y las cinchas de sujeción que Manuel utilizaba para el transporte de los costillares de los barcos.
Gabriel se situó a su lado, entrelanzando sus dedos largos con los de ella con una firmeza tranquila que consolidó la geometría de su nueva trayectoria compartida.
El motor diésel arrancó con un rugido pesado que quedó amortiguado por el estruendo de las olas que rompían contra las piedras limpias del puerto viejo, iniciando una huida desesperada hacia los límites de la geografía civil bajo el cielo plomizo de una primavera que se negaba a mostrar sus primeras líneas de luz sobre los contornos de la ciudad costera.
Sin embargo, al encender la linterna de mano para revisar el estado de las páginas quemadas que Gabriel había rescatado de la fragua, Elena descubrió que el papel de hilo de cáñamo del cuarto tomo ocultaba una última adenda manuscrita que no pertenecía al abuelo Mateo ni a la tinta azul común de Viena.
En el margen del bloque de texto de la sección central, escrita con una caligrafía temblorosa que delataba la prisa de las últimas horas de la noche en vela, aparecía la firma de su propia jefa de oficina, ejecutada con el bolígrafo técnico que Elena le había prestado antes de salir de la sucursal: “Clara no busca el dinero del promotor, Gabriel; busca el plano del alzado del sótano de la sucursal porque la verdadera Valeria Vance nunca salió de los almacenes de sal de la plaza del Mercado. Ella sigue allí abajo, esperando a que la perito firme el acta de defunción definitiva para poder heredar los derechos del patrimonio nacional” .
Elena cerró la libreta de notas de golpe mientras el vehículo daba un volantazo para enfilar las pendientes del cabo norte, consciente de que la letra pequeña de la herencia de los Navarro acababa de fracturar para siempre la lógica contable de su existencia civil, convirtiendo la torre del acantilado en un refugio de dobles fondos que amenazaba con destruirlos antes del amanecer.