Capítulo 8
La marea alta de las doce de la noche golpeaba con fuerza los pilares de hormigón del muelle de salazón, transmitiendo una vibración sorda al suelo de tierra batida y escoria de la fundición de Clara Navarro.
El taller, ubicado en la última línea de naves industriales del puerto viejo, era un espacio hostil, frío y de techos altísimos de chapa galvanizada por los que se colaba el eco sordo del océano.
A diferencia del orden silencioso de la oficina o de la mística constructiva de la torre del acantilado, aquí todo era rudo, áspero y violento.
Las paredes lucían ennegrecidas por el hollín de los hornos de coque, y las grúas puente de hierro forjado sostuvieron en el aire moldes de fundición que semejaban jaulas colgadas en la penumbra.
Elena Varela entró en la nave un paso por detrás de Gabriel, sosteniendo su maletín de cuero marrón con los dedos entumecidos por el frío del puerto.
Habían abandonado la sucursal de la plaza del Mercado en mitad del caos administrativo, utilizando el furgón de Manuel para esquivar las patrullas de la policía local que ya rodeaban el casco antiguo.
Elena se había despojado de las gafas de lectura y de los guantes de nitrilo; su rostro reflejaba una tensión distinta, la fatiga física de quien sabe que ha cruzado la línea de la legalidad pericial para adentrarse en un terreno donde las pólizas de Aseguranzas Atlas ya no ofrecían ninguna cobertura.
En el centro de la nave, bajo la luz mortecina de un par de proyectores halógenos manchados de grasa, Clara Navarro los esperaba de pie junto a la cubeta de enfriamiento.
Vestía un mono de trabajo de lona azul atado a la cintura, una camiseta de tirantes gris que dejaba ver sus brazos fuertes y musculosos, y sostenía una pesada cizalla metálica de taller con las manos manchadas de grafito y óxido ferroso.
A sus pies, desparramadas sobre una lona de lino basto, las páginas de hilo de cáñamo que habían sido arrancadas del cuarto tomo de Mateo Navarro mostraban los bordes quemados por el calor de la fragua.
Al lado del papel, la violeta de mármol negro con vetas doradas resplandecía como un trofeo de guerra industrial.
—Sabía que tardaríais menos de una hora en daros cuenta del cambiazo —soltó Clara, arrojando la cizalla sobre un banco de herramientas con un golpe seco que provocó un estruendo metálico en toda la nave—.
No me miréis con esa cara de peritos ofendidos.
Mi hermano se cree el único heredero de los secretos del abuelo porque sabe manejar los químicos de Lisboa, pero yo soy la que se rompe las manos en este taller para intentar mantener a flote el único negocio real que nos queda en esta costa.
Gabriel avanzó tres pasos por el suelo de escoria, con los puños hundidos en los bolsillos de su gabardina oscura. Sus pupilas reflejaban el brillo naranja de los rescoldos del horno con una intensidad furiosa, desprovista de la melancolía que solía dominar sus facciones.
—Has cruzado el límite, Clara —dijo Gabriel, con una voz cortante que resonó en las chapas del techo—.
Robar el material del cuarto tomo dentro del subsuelo de la agencia de seguros es un delito federal.
Esas páginas contienen las firmas originales de Valeria Vance que demuestran el fraude inmobiliario de la alcaldía.
Si entregas esas actas al promotor de la plaza alta para que las destruya, no solo estarás vendiendo el bajo izquierda; estarás enterrando la única prueba que nos queda para demostrar que nuestro padre utilizó la falsificación de documentos para quedarse con los derechos de la dársena de la Cabana.
Clara Navarro soltó una carcajada amarga, una expresión cruda que le contrajo las facciones del rostro antes de encarar a su hermano a escasos centímetros de distancia.
La fricción psicológica entre los dos hermanos se sentía de forma física en el taller, un choque de ambiciones y resentimientos que llevaba décadas fraguándose a la sombra del despacho de nogal.
—Nuestro padre levantó este taller con el dinero que el Ayuntamiento le pagó por el silencio de las obras del este, Gabriel —escupió la escultora, señalando las vigas de hierro de la nave—.
El abuelo Mateo se pasó la vida jugando al mártir de la postguerra europea, pero aceptó los jornales de la alcaldía para comprar tus cámaras de fotos y mis hornos de coque.
Valeria Vance es una historia bonita para tus copias en plata, pero las deudas de esta fundición son reales y vencen mañana a las doce del mediodía.
El promotor de la plaza alta ha depositado el talón de tres millones en la notaría a cambio del cuarto tomo.
No voy a dejar que una empleada de seguros y un fotógrafo sin un duro me dejen en la calle por una obsesión con el pasado de Viena.
Elena Varela dio un paso al frente, interponiéndose entre los dos hermanos con esa determinación implacable que constituía su verdadero carácter pericial.
Ya no hablaba en nombre de la central de Madrid; defendía la integridad material de una memoria que se había colado en su propia biografía a través de los negativos de Jena.
—Esas hojas que tiene en el suelo están sujetas al acta de custodia provisional que su hermano firmó bajo mi responsabilidad, señora Navarro —declaró Elena con un tono firme, desprovisto de las muletas burocráticas de la oficina—.
Si permite que el promotor destruya los bloques de texto de mil novecientos cincuenta y cinco, la oficina de zona abrirá una investigación criminal por destrucción de bienes muebles con valor histórico.
El talón de la notaría no tendrá validez legal en cuanto yo presente el informe de daños complementario que demuestra que la terminal de contenedores se está cimentando sobre un canal de ventilación privado.
Clara Navarro observó a Elena de arriba abajo, deteniendo su mirada en las facciones de la perito con una fijeza que mutó de la hostilidad al asombro despectivo. Una mueca irónica se dibujó en sus labios manchados de hollín.
—Es increíble, Gabriel —murmuró la escultora, sin despegar los ojos del rostro de Elena—.
Has encontrado a una réplica exacta de la mujer de las fotos del abuelo y la has arrastrado a este fango portuario.
La miras con los mismos ojos de enfermo con los que el viejo Mateo miraba los retratos de la Salztor.
Conozco esa mirada obsesiva; la heredaste de él junto con los visores.
Pero esta mujer no es Valeria Vance, hermano; es solo una funcionaria de la plaza del Mercado que va a perder su empleo en cuanto el secretario general de la alcaldía firme la orden de arresto por la sustracción de las placas de vidrio.
Mirad a vuestro alrededor: el puerto se está transformando y vuestros fantasmas de papel vegetal no van a detener las excavadoras de la terminal.
El sonido de un vehículo pesado deteniéndose en el exterior de la nave interrumpió la discusión.
A través de las rendijas de la puerta de zinc, el destello azul de los giroscopios de una patrulla de la policía local comenzó a barrer los cristales de la fachada del muelle, confirmando que el secretario del Ayuntamiento había logrado rastrear la trayectoria del furgón de Manuel desde el casco antiguo.
—Clara, has llamado a los agentes de la alcaldía —afirmó Gabriel, dando un paso hacia la mesa donde reposaban los papeles quemados.
—He llamado al promotor para que venga a recoger el cargamento, Gabriel —respaldó ella, retrocediendo hacia el cuadro de mandos de los hornos industriales—.
Si no me entregáis el maletín de cuero con los negativos de mil novecientos mi setenta y cinco, los agentes entrarán por la fuerza y os incautarán hasta los zapatos.
Elegid rápido: o salimos de aquí con los balances limpios o terminamos todos en los calabozos de la zona alta antes de que empiece el deshielo.
Gabriel no respondió con palabras. Con un movimiento rápido y coordinado, se lanzó sobre la mesa de haya, recogiendo las hojas arrancadas del cuarto tomo y la violeta de mármol negro antes de que su hermana pudiera activar el mecanismo de bloqueo de las puertas de la nave.
Tomó a Elena por la muñeca con una fuerza cálida que disolvió instantáneamente el frío del taller, arrastrándola hacia la pasarela interior que comunicaba la fundición con los antiguos almacenes de salazón subterráneos.
—¡Manuel! —grita Gabriel hacia la penumbra del fondo de la nave—. ¡Corta la línea de distribución general del muelle!
Un chispazo colosal brotó del cuadro de transformadores del astillero viejo cuando el carpintero de ribera accionó la palanca de corte manual, sumergiendo la fundición entera en una oscuridad absoluta, rota únicamente por el reflejo rojizo del horno de coque que agonizaba en el centro del taller.
Los gritos de los policías locales resonaron en el portón exterior, mezclados con el impacto de las palancas de hierro que intentaban vencer la resistencia de los herrajes de bronce que Manuel había instalado en los años cincuenta.
Elena corrió al lado de Gabriel por la pasarela de madera que suspendía sus pasos sobre los canales de agua de la ría baja.
El peso de su maletín de cuero y la conmoción de saberse perseguida por las autoridades locales le hacían mantener una respiración corta, un latido salvaje que golpeaba sus costillas con una fuerza descomunal.
La cercanía del fotógrafo en medio de la negrura industrial adquirió una dimensión erótica, directa y asfixiante; la presión de sus dedos largos sobre su mano, el calor sutil de su cuerpo bajo la camisa de lino empapada por el sudor del esfuerzo y el aroma denso a sándalo y ácido acético que desprendía su gabardina se transformaron en el único punto de apoyo real de toda su trayectoria civil.