Capítulo 2
El ferry llegó a Velin con nueve minutos de retraso, tres camiones de reparto y una fila de estudiantes que discutían una tarea de ciencias.
Mara permaneció junto a la baranda mientras la proa giraba hacia el puerto.
Los edificios de piedra se apretaban detrás del muelle.
Más arriba, el campanario y los techos rojos formaban una cuadrícula irregular.
No era una postal vacía. Había una grúa descargando materiales, una furgoneta de la clínica y dos mujeres que sostenían una caja de plántulas lejos del viento.
El aire olía a combustible, pan y ropa mojada.
Mara había recordado el color del agua. No había recordado el ruido de las amarras ni la forma en que el puerto organizaba la isla cada vez que llegaba un barco.
Marija Šarić dirigía el desembarque desde el escritorio de operaciones del ferry. Revisaba una lista al mismo tiempo que indicaba dónde dejar una carga para la escuela. Cuando Mara presentó el boleto y el pasaporte, Marija levantó la vista.
—Fuiste becaria de Eleanor.
—Sí.
—Y volviste para dos levantamientos después.
—Tres visitas. La última no fue trabajo.
Marija observó la funda rígida del atlas, pero no preguntó qué contenía.
—El autobús de la parte alta sale en doce minutos. La carga médica tiene prioridad y puede bloquear la calle. Si vas al alojamiento de la plaza, camina.
Una estudiante regresó corriendo por una mochila. Marija se la entregó sin perder el lugar en su lista.
—Gracias.
—El ferry no espera a nadie —dijo Marija—. Ni siquiera a los muertos, por desgracia. Bienvenida de nuevo.
No dijo bienvenida a casa. Mara agradeció la diferencia.
Ivana Jurić la esperaba junto al tablón de horarios. Vestía ropa sencilla bajo una chaqueta policial y llevaba una carpeta delgada. Su expresión no era hostil ni amable. Era la de una persona que había pasado muchas horas separando hechos de versiones.
—Señora Vuković.
—Mara está bien.
—Durante la declaración usaré la forma que exija el registro. Ahora podemos caminar.
Comenzaron en croata. Mara explicó el mensaje, la fotografía y su relación con Nikola mientras avanzaban por el borde del puerto.
Ivana hacía preguntas breves. Cuando llegaron al cambio de recuperación marítima a investigación criminal, ofreció una explicación escrita y la presencia de un agente bilingüe para los términos formales.
Mara aceptó. La precisión no era una prueba de pertenencia.
Ivana la llevó primero a una oficina municipal prestada junto al puerto.
Un agente bilingüe ya esperaba con un formulario y una copia de la notificación que Mara había recibido.
Ivana explicó que la declaración formal se registraría en croata, que el agente aclararía el inglés cuando una palabra técnica pudiera alterar el sentido y que Mara tendría oportunidad de corregir la transcripción de sus propias frases.
No era un examen de idioma. Era una protección para el expediente.
Mara entregó el mensaje en su formato original, la información del dispositivo y la secuencia de llamadas. Cuando Ivana preguntó por la fotografía, describió luz, escala visible y límites de resolución antes de mencionar la semejanza con el atlas.
—¿Por qué hace esa separación? —preguntó el agente.
—Porque la pieza fotografiada existe fuera de mi recuerdo. La semejanza es una comparación que yo hago.
Ivana pidió que ambas frases quedaran por separado.
Después repasaron la relación de Mara con Nikola: beca de Eleanor a los dieciocho, tres regresos breves, consultas profesionales espaciadas y ninguna participación en la inmersión final.
Mara no mejoró la historia diciendo que habían sido más cercanos de lo que fueron.
Tampoco disminuyó la confianza necesaria para que él le enviara la marca.
—¿Cuándo habló por última vez con Eleanor Vale? —preguntó Ivana.
El nombre abrió el recuerdo del muelle, la maleta y una discusión que Mara aún recortaba antes de llegar al centro.
—Horas antes de su caída, hace dieciocho meses.
—¿Su muerte se relaciona con este caso?
—No lo sé. Nikola mencionó a Eleanor. El símbolo está en el atlas que ella me dejó. Es todo lo que puedo afirmar.
Ivana no le pidió una teoría. Solicitó permiso para registrar las páginas pertinentes si después resultaban necesarias.
Mara aceptó con la condición de conservar el libro hasta que existiera otra base legal.
Ivana confirmó que el atlas seguía siendo suyo y que la policía documentaría cualquier copia autorizada.
Al terminar, el agente leyó en voz alta el resumen de los puntos críticos. Mara corrigió una palabra: no había dicho que la ruta fuera falsa, sino que no coincidía con el objetivo documentado. La diferencia podía parecer pequeña. Ivana la mantuvo.
—Ahora podemos caminar —dijo.
—Necesitaremos una copia verificable del mensaje y de la fotografía —dijo Ivana en el idioma que ambas podían manejar con exactitud—. Quedarán registrados por la policía. Su teléfono seguirá con usted por ahora, pero no borre ni modifique nada.
—¿Creen que alguien lo mató?
—Creemos que debemos investigar su muerte sin contaminar la respuesta.
Ivana abrió una copia de la ruta atribuida a Nikola. No le entregó el original ni permitió que Mara tocara la carpeta.
—Usted escribió que el recorrido no coincide con el objetivo conocido.
—El punto del cuerpo tampoco. Quiero comparar los tiempos con la marea local y con la ruta de la línea guía.
—Podrá explicarnos su análisis. La policía decidirá qué acceso es posible.
Mara asintió. En el muelle, un hombre aseguraba una lona sobre cajas de víveres. Otro comprobaba el nivel de combustible de una lancha municipal. La investigación existía dentro de esa actividad, no por encima de ella.
Una sombra cayó sobre el mapa.
Luka Marin llevaba ropa de trabajo oscura y sal seca en las botas.
A los treinta y uno, parecía más ancho de hombros que en el recuerdo de Mara.
También más quieto. La primera impresión de ella fue absurda: sus manos seguían siendo las mismas, grandes y cuidadosas, capaces de revisar una válvula sin apurarla.
La segunda fue que ya no la miraba como antes.
—Así que viniste —dijo.
—Nikola me escribió.
—Nikola escribió a varias personas. Algunas contestaron.
La culpa encontró su lugar exacto entre las costillas. Mara levantó la barbilla.
—Si quieres castigarme, espera a que termine de ayudar.
—No necesito castigarte. Te fuiste muy bien sin ayuda.
Ivana cerró la carpeta.
—Aquí nadie castiga a nadie. Señor Marin, usted aporta información técnica como testigo y especialista. Mara aporta análisis cartográfico. La investigación sigue bajo nuestra autoridad.
Luka apartó la mirada primero.
—Entendido.
La palabra sonó profesional. En otro tiempo, él le habría preguntado si el viaje había sido largo. Mara habría notado el cansancio en su cara y le habría ofrecido café. Ahora midieron la distancia entre ambos con frases que no podían usarse como prueba.
Ivana abrió de nuevo la copia.
—Muéstrenme la discrepancia.
Mara señaló el oeste.
—El objetivo de Nikola estaba aquí, cerca de una rama arqueológica documentada. La ruta registrada gira antes de llegar. Con la marea de esa hora, el desvío no lo llevaba al punto donde apareció.
Luka se inclinó a su lado. El calor de su brazo era una memoria que ella no había pedido.
—La línea temporal de la cueva se cambió hace unas semanas —dijo él—. Había sedimento nuevo junto al cruce. Nikola participó en la revisión.
—¿Un error del equipo? —preguntó Ivana.
Mara amplió dos capturas.
—No dos veces en la misma dirección. El registro del dispositivo y el informe de recuperación describen la misma desviación. Pero ninguno explica por qué la tomó.
—La corriente puede sacar a una persona del ramal —dijo Luka—, sobre todo si tiene un problema con el gas o pierde la referencia.
—Sí. Después del cruce. Aquí el cambio empieza antes.
Luka observó la línea. La hostilidad de su rostro cedió un milímetro ante la atención profesional.
—El marcador temporal —dijo—. Si apuntaba al ramal equivocado, Nikola pudo seguirlo.
—¿Quién lo instaló?
—Un equipo autorizado. Yo revisé el plan de seguridad, no dirigí la operación. La lista está registrada.
Ivana anotó algo.
—La policía solicitará esa lista y el registro de equipo. Nadie entrará hasta que exista un plan aprobado.
—Necesito ver la carta completa —dijo Mara.
—Verá las copias que podamos autorizar.
El tono de Ivana no dejaba espacio para negociación. Mara sintió el impulso de insistir y lo detuvo. Controlar un mapa no equivalía a controlar un caso.
El agente bilingüe cerró el registro que ya habían completado. Mara leyó el número de recepción una vez más y guardó su copia. No pidió la declaración de Luka. La pregunta había surgido antes de que Ivana marcara el límite, y esta vez Mara no buscó otra forma de rodearlo.
Atravesó la plaza con el equipaje. Dos personas saludaron a Luka desde lejos. Una mujer mayor reconoció a Mara y preguntó por su padre; un hombre junto a la tienda solo la miró como a cualquier visitante con una funda rígida. Ninguna reacción pesaba más que la otra.
La propietaria del alojamiento, Vesna, no preguntó por el caso.
Le mostró una habitación con escritorio, una llave para la puerta exterior y el horario del agua caliente.
En el piso inferior había un comedor pequeño que durante la temporada baja alojaba reuniones, técnicos de paso y a quien necesitara esperar el siguiente ferry.
—Tu padre llamó hace una hora —dijo Vesna—. Le expliqué que eres adulta y que no doy informes sobre huéspedes.
—Gracias.
—También le dije que llegaste. No soy cruel.
Mara dejó la funda del atlas dentro de un armario con cerradura y fotografió la posición. Luego escuchó el mensaje de su padre. Él no pidió detalles. Le recordó que una costa podía ser importante sin pertenecerle y que pedir ayuda no convertía a nadie en representante de la familia ni de Velin.