Capítulo 21
POV HELENA
* * *
Ella se había quedado con el puedes durante cuarenta y tres minutos.
Había verificado la hora cuando lo recibió —veintidós y cuarenta y siete— y había verificado de nuevo cuando decidió que no iba a responder esa noche —veintitrés y treinta.
Los cuarenta y tres minutos habían existido como dato concreto porque se había quedado con el celular en la mano durante cuarenta y tres minutos sin hacer nada más que quedarse ahí.
Había puesto el celular en la mesa de centro.
Había ido hasta la cocina, había abierto la tetera, había olvidado ponerle agua antes de encenderla y la había apagado. Se había quedado con la tetera un segundo antes de ponerle agua de verdad y volver a encenderla. Había vuelto a la sala mientras el agua se calentaba.
El celular se había quedado en la mesa de centro.
Se había quedado con el apartamento —las pilas de artículos en el rincón de la mesa de trabajo, el abrigo colgado en la silla, la ventana con la persiana cerrada que había cerrado al llegar del turno tres horas antes.
El apartamento estaba en el mismo estado en que había estado antes de la cena en el Mercês, antes de la cena en casa de Rafael e Isabela, antes de cualquier cosa que hubiera empezado en el aeropuerto de Congonhas en una sala de embarque a la que había llegado tarde.
Se había quedado así mientras la tetera se calentaba.
La tetera había silbado.
Había hecho el té. Había vuelto al sofá con la taza. Se había quedado con el té enfriándose en la mano.
Había tomado el celular.
* * *
El puedes se había quedado en la pantalla donde había quedado —enviado a las veintidós y cincuenta y uno, el "leído" apareciendo en treinta y un segundos, ningún mensaje después.
Se había quedado con el puedes.
Había abierto el campo de texto.
Había escrito: ¿trabajaste en el Império Monteiro?
Se había quedado con la pregunta.
La había borrado.
La pregunta había sido la pregunta correcta en el orden equivocado —era la pregunta que llevaba al nombre, no la pregunta que era el nombre. Se había quedado con el campo vacío.
Había escrito: ¿conociste a alguien llamado
Se había detenido.
Se había quedado con ¿conociste a alguien llamado en el campo el tiempo suficiente para que el cursor parpadeara cuatro veces.
Bruno Farias se había quedado en la punta de la escritura donde había quedado otras veces —disponible, completo, las doce letras que existían antes de que hubiera una respuesta que ella no sabía qué iba a hacer.
Había borrado ¿conociste a alguien llamado.
Había cerrado la aplicación.
Se había quedado con el té en la mano.
El té se había enfriado lo suficiente como para que el calor ya no llegara a través de la cerámica —se había quedado tibio, el tipo de temperatura que existía cuando la ventana para beberlo ya había pasado y el líquido seguía ahí de todos modos.
Había bebido.
Se había quedado con la taza en la mano después de beber. La había puesto en la mesa de centro. Se había quedado con el sofá.
El apartamento se había quedado en silencio alrededor —la televisión del vecino se había apagado, la calle abajo se había vaciado hacia el movimiento de después de medianoche, el tipo de silencio que era más silencioso un domingo porque el domingo no tenía el ruido de fondo de la semana.
Había tomado el celular de nuevo.
El puedes se había quedado donde había quedado.
Se había quedado con él por un tiempo distinto —no calculando si iba a responder, calculando qué había del otro lado de la pregunta.
La pregunta ya se había quedado lista más de una vez en la pantalla antes de ser borrada.
Se había quedado lista de nuevo en el campo de texto antes de que ella cerrara la aplicación a las veintitrés y treinta.
La pregunta ya tenía respuesta.
Ella sabía cuál era la respuesta.
Lo que la pregunta iba a producir no era la respuesta —era lo que había después de la respuesta, lo que quedaba entre dos adultos cuando lo que había sido dicho ya no podía no haber sido dicho.
Había puesto el celular boca abajo en el sofá al lado.
Se había quedado con el apartamento un tiempo más antes de levantarse.
* * *
Había ido a dormir a la medianoche y doce.
Se había quedado despierta hasta la una y cuarenta y siete porque se había quedado con el techo en vez de dormir —no como insomnio activo, como el tipo de vigilia que existía cuando el cuerpo estaba acostado y la cabeza no se había apagado.
Se había quedado con el techo hasta que había dejado de quedarse con el techo.
Se había despertado a las seis y treinta y dos.
Se había quedado acostada dos minutos antes de tomar el celular.
El puedes seguía ahí donde lo había dejado. Ningún mensaje nuevo.
Había puesto el celular de vuelta. Se había quedado acostada con la ventana empezando a aclarar por el borde de la persiana —el domingo por la mañana en Curitiba que llegaba antes que el sol, la ciudad que despertaba por etapas, el tipo de mañana que existía independientemente de lo que había pasado la noche anterior.
Se había levantado.
Había hecho café. Se había quedado con el café en la mesada de la cocina mirando hacia nada en particular. Había bebido la mitad. Había puesto la taza en el fregadero.
Había tomado el celular.
Había abierto la conversación.
Había escrito: ¿conociste a alguien llamado Bruno Farias?
Se había quedado con la pregunta en la pantalla —no mucho tiempo, no del tipo de espera que calculaba. Se había quedado el tiempo suficiente para leerla una vez.
La había mandado.
* * *
Había puesto el celular boca abajo en la mesada.
Se había quedado con las manos en la mesada un segundo —la piedra fría, el café a medias en el fregadero, la ventana de la cocina con el domingo empezando afuera.
Había tomado el celular.
Los tres puntitos habían aparecido.
Se habían detenido.
Habían aparecido de nuevo.
* * *
Se había quedado con los puntitos un segundo antes de poner el celular boca abajo en la mesada.
Se había quedado con las manos en la piedra fría.
El domingo había seguido alrededor —la ventana de la cocina con la luz que había entrado más desde que había mandado el mensaje, el café a medias en el fregadero que se había olvidado de lavar, el pan que había comprado a las nueve y cuarenta y que todavía estaba en la bolsa de plástico donde lo había puesto.
Había tomado el celular.
Los puntitos se habían detenido.
Ninguna respuesta todavía.
Lo había vuelto a poner. Había ido hasta la sala. Se había sentado en el sofá. Se había quedado con el apartamento —las pilas de artículos en la mesa de trabajo, el abrigo en la silla, la laptop cerrada que había abierto y cerrado tres veces esa mañana sin haber leído nada de verdad.
Se había quedado con el sofá.
El domingo había seguido con los sonidos que existían cuando ella no salía a ningún lado —el elevador subiendo y bajando en el pasillo, pasos en el apartamento de arriba, la televisión de alguien dos pisos abajo con volumen suficiente para llegar como ruido sin llegar como contenido.
Había sacado el celular del bolsillo.
Ninguna respuesta.
Lo había vuelto a guardar.
* * *
A las diez y cincuenta y tres había recibido una llamada de su madre.
Había dejado que timbrara dos veces antes de contestar.
—Helena.
—Mamá. —Se había quedado con su voz—. ¿Todo bien?
—Todo bien. Solo llamando.
Se habían quedado en la llamada quince minutos —sobre el apartamento de su madre en São Paulo, sobre una serie que su madre había empezado y había dejado en el segundo episodio porque le había parecido lenta, sobre la sobrina de una vecina que había pasado el examen de admisión.
Helena había respondido con el registro adecuado —presente, funcional.
Su madre la había reconocido como su hija de siempre. Habían colgado a las once y ocho.
Se había quedado con el celular en la mano después de colgar.
Había abierto la conversación.
Los puntitos ya no estaban ahí.
Ningún mensaje.
Se había quedado con la pantalla —la pregunta que había mandado a las seis y cuarenta y dos, casi cinco horas antes, sin respuesta, sin puntitos activos, solo la pregunta abierta y el "leído" que había aparecido y el silencio después.
Había puesto el celular en la mesa de trabajo.
Había ido hasta la ventana de la sala. Se había quedado con el domingo afuera —la calle más movida de lo que había estado temprano en la mañana, los árboles del cantero con el tipo de movimiento de viento que no era viento fuerte.
Se había quedado con la ventana.
Había vuelto al sofá.
Se había quedado con el apartamento más tiempo del que se había quedado con cualquier otra cosa ese domingo —no calculando, no procesando, solo quedándose, el tipo de presencia estática que existía cuando había mandado lo único que había tenido para mandar y lo que quedaba era esperar que llegara algo de vuelta.
Se había quedado así.
* * *
A las doce y veintiuno había comido el pan que había comprado en la mañana —con mantequilla, de pie en la mesada de la cocina, el tipo de comida que existía para que el cuerpo siguiera funcionando sin exigir que hubiera decisión sobre qué comer.
Había lavado la taza del café de la mañana.
Se había quedado con el fregadero.
El celular se había quedado en el bolsillo del buzo mientras comía y lavaba. Lo había sacado después de secarse las manos. Había verificado.
Ningún mensaje todavía.
Lo había vuelto a guardar en el bolsillo.
Había ido hasta la sala. Se había sentado en la mesa de trabajo. Había abierto la laptop —no para trabajar, para tener algo enfrente mientras esperaba, el tipo de presencia de pantalla que existía cuando el apartamento se quedaba demasiado silencioso.
Se había quedado con la laptop abierta y la pantalla con el informe de horarios que había verificado el viernes y que no tenía nada nuevo para verificar.
Había cerrado la laptop.
El celular había vibrado en el bolsillo.
Lo había sacado.
La notificación había llegado como nombre —no como vista previa de texto, como nombre— y se había quedado en la pantalla el tiempo suficiente para que ella la abriera antes de decidir si estaba lista para abrirla.
La había abierto.
Los tres puntitos habían aparecido.
Se habían detenido.
Habían aparecido de nuevo.
Se habían detenido.