Capítulo 47
—No —gime dentro de mi boca, aunque su mano me tira hacia ella con más fuerza. —¿Por qué no? Es lo que ambos queremos.
Le toco la pierna por debajo del vestido, mi mano subiendo hacia su ropa interior, y cuando rozo el elástico de la lencería, ella se estremece y separa las piernas. Pero en cuanto el vehículo se detiene, probablemente por un semáforo, me aparta.
—No —repite—. No estamos juntos y no dejo que hombres desconocidos me toquen. —No soy un desconocido. Soy el padre de tu bebé y voy a ser tu marido.
Ella parece salir por completo del trance de deseo.
—Te has vuelto loco, Atticus. No me voy a casar contigo.
No tenía intención de decirlo. Cuando llegué a Estambul, incluso imaginando que Sabrina pudiera estar embarazada (o no habría razón para que Kahraman y April insinuaran que debíamos hablar), calculé todo tipo de arreglos posibles para seguir el desarrollo de mi hijo y cuidar de ambos.
Pero el matrimonio no era algo que siquiera considerara, porque las palabras de esa mujer despreciable, Véronique, todavía me quemaban en el cerebro.
“Tal vez fui injusta contigo en París. Conseguirás un buen partido y, si eres inteligente, saldrás de esa relación con los bolsillos llenos. A los hermanos Doukadoulos les gustan mujeres parecidas”.
Ahora, sin embargo, sé que la única salida posible es el matrimonio. Es la manera de asegurarme de que no huirá a Brasil, y una garantía para ella de que podrá estar al lado de nuestro hijo, porque nada me impedirá seguir de cerca la vida de mi heredero.
—No será una relación por amor —afirmo.
—¿Qué?
—Solo para criar a nuestro hijo juntos.
—No confías en mí. Creíste lo que dijo mi madre. ¿Cómo puedes querer unirte a una estafadora?
—Estoy pensando en lo mejor para el niño.
—Yo también. Y nunca será mejor para un hijo crecer en una casa donde sus padres se detestan y no confían el uno en el otro.
—¿Tú no confías en mí? ¿Te di algún motivo?
—Sí. En el instante en que dijiste que te llevarías a mi hijo lejos. Te creí y…
Incluso en la semioscuridad del coche veo cómo su rostro palidece y se lleva la mano a la boca.
—Sabrina, ¿qué pasa?
Se recuesta en el asiento y cierra los ojos.
—Náuseas. He comido hace muchas horas.
—Por el amor de Dios… ¿y crees que puedes estar sola?
—La mayor parte de mi estrés es por esta reunión. No dormí anoche.
—Quiero proponerte una tregua.
—No, gracias. La última vez que acepté un acuerdo contigo, acabé embarazada y fuera de tu vida. Aprendí la lección.
Intenta ocultar el dolor en la voz, pero no lo consigue.
—Me ocultaste quién eras.
—Sí, lo hice, y ya me disculpé. Fuera de eso, no te hice ningún daño más que a tu orgullo.
—Y a mi confianza.
Traga saliva.
—Perdóname. Lo haría todo distinto si pudiera.
—Yo no.
—¿Qué?
—Te buscaría igual. Desde el momento en que te vi, supe que eras mía.
—Nunca te habrías acercado a mí si hubieras sabido que era la hermana de Sylvie.
Miro por la ventana.
Me gustaría darle la razón, decir que jamás la habría tocado si lo hubiera sabido… pero no puedo. Probablemente no me habría entregado a ella durante tantos días en el mar, ni habría intentado mantener todo en un contexto puramente sexual, pero dudo que hubiera podido resistir el deseo por Sabrina.
—Nunca lo sabremos con certeza —digo, volviendo a mirarla.
—Déjame en paz, Atticus. Te doy mi palabra de que no te complicaré la vida. Tendrás acceso libre a nuestro hijo.
—Siempre que no quiera llevármelo a Grecia.
—¿Y por qué debería permitirlo? ¿Para someter a mi hijo al juicio de tu familia?
El chofer aparca en un complejo residencial y bajo para ayudarla a salir.
—Subo contigo.
—No.
—No discutas. No voy a dejarte sola después de casi desmayarte en el restaurante, y menos sabiendo que no has comido nada. Te prepararé algo sencillo.
—No quiero.
—No abusaré de tu confianza. Solo quiero alimentarte.
—No te creo. Todavía me debes una promesa que no cumpliste —dice, frente al ascensor.
—¿Cuál?
—Cuando hicimos nuestro pacto en Zarofu, te pedí algo. Quería que al final de los treinta días me escucharas. Quería explicarte quién era mi hermana.
Las puertas del ascensor se abren y la sigo dentro. Mientras sube, Sabrina me da la espalda, rígida.
Llegamos a su piso y finalmente se gira.
—Puedes irte. Estaré bien.
La observo marcar el código y abrir la puerta. La sigo.
—No dejo promesas a medias. Nunca lo he hecho. Te doy mi palabra de que escucharé todo lo que quieras contarme sobre tu hermana.
—No. Tengo una idea mejor. Contrata a un detective para investigar no solo el pasado de Sylvie, sino también el de mi madre.
—¿Qué tan importante es para ti que el mundo sepa quién fue tu hermana?
—Es la misión de mi vida —dice en el recibidor, con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo haré. Y si al final descubro que tu hermana no era lo que dice la prensa, saldré públicamente a limpiar su nombre.
—¿Lo prometes?
—Sí, pero con una condición. Vendrás conmigo a Lepaxos en cuanto consultemos con tu médico y él diga que tu salud no corre riesgos. Mi abuela querrá conocer a la madre de su bisnieto. Ya es muy mayor y no le quedan tantos años por delante. Te doy mi palabra de que no te estoy secuestrando.
—Eso es chantaje.
—Nunca dije que jugara limpio. Cada uno de nosotros tiene algo que el otro quiere. Tú deseas que se haga justicia por Sylvie. La decisión está en tus manos.
—¿No es ir demasiado lejos solo para que conozca a tu abuela?
—No es la única razón. Quiero cuidar de ti durante el resto del embarazo. Lepaxos está más cerca de Atenas. Estaré en casa todos los días. Me aseguraré de que comas y duermas bien.
—No voy a tener sexo contigo.
—No recuerdo haberte pedido eso.
Observo cómo distintas emociones la invaden, hasta que finalmente cede.
—Cuando quede claro que mi hermana no es la zorra que decían que era, tendrás que dar una entrevista en un medio importante, afirmando que Thales la amaba.
—De acuerdo —digo, porque estoy seguro de que no va a pasar, aunque noto que Sabrina realmente lo cree—. Te daré una retractación si es necesario, pero independientemente de lo que el detective descubra, te quedarás conmigo hasta que el niño cumpla un año, viviendo bajo el mismo techo.
—¿Qué?
—Tómalo o déjalo.
—¿Negocias todo?
—Sí, y nunca entro en una pelea para perder, pero prometo que siempre soy honesto.
—Está bien.
—Y una cosa más: tu viaje a la isla será inmediato.