Capítulo 42
Atenas
Tres meses después
—Tengo noticias de Sabrina —dice Kahraman apenas después de saludarme.
Siento un músculo tensarse en mi mandíbula, pero mantengo la expresión neutra.
—¿Sabes dónde está?
—En Estambul.
—¿Qué?
—Después de que ustedes dos rompieron, ella se mudó allí.
Una parte de mí quiere sentirse traicionada porque mis amigos le dieron refugio a esa mentirosa, pero otra, una parte estúpida de mi cerebro, se alegra de saber que está bien.
—Pero no he venido a hablar de tu relación.
—¿Entonces a qué? Siempre eres bienvenido, pero dudo que hayas salido de tu país para visitarme en plena semana —respondo, sentado en mi despacho en Atenas.
—Antes de decirte por qué he venido, déjame decirte que tienes un aspecto de mierda.
—¿Y has venido desde Estambul para hablar de mi aspecto?
Él sonríe, sentándose frente a mi escritorio y observando la sala.
—¿Qué estás haciendo aquí, Atticus? Odias las oficinas.
—He decidido hacerme cargo de los negocios de la familia.
Veo la sorpresa en su rostro y, como buen Yavuz Aydin, pregunta enseguida:
—¿También te harás cargo de la exprometida de tu hermano?
—Eso no tiene nada que ver con Calliope. Estoy cumpliendo un pedido de mi abuela, que me rogó que no vendiera las empresas. Aún le quedan algunos años de vida. Cumpliré su voluntad y, después de su fallecimiento, decidiré qué hacer.
—Y mientras tanto, ¿simplemente estás dejando de lado tus deseos?
—No tengo deseos.
—Todo el mundo tiene deseos.
—¿Qué quieres, Kahraman?
Saca un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y lo deja sobre mi escritorio.
—¿De qué se trata?
—Ábrelo.
Reconozco el membrete del despacho de abogados del que Emir, su hermano, es socio mayoritario.
Abro la carta y la leo tres veces, sin poder creerlo, porque no encaja con nada de lo que sé sobre Sabrina.
—¿Qué significa esto?
—No quiere la herencia que recibió de su hermana. Te lo ha transferido todo a ti.
A pesar de lo que dije aquel día, no fui tras el dinero. Es una cantidad insignificante comparada con lo que poseo, y si fue el deseo de mi hermano dejar parte de su patrimonio a esa gente, no iba a ir en contra de su voluntad.
Cuando me separé de Sabrina, salí de nuevo en el yate.
Pasé siete días incomunicado, hablando solo con mi abuela.
Cuando finalmente creí que la rabia estaba bajo control, volví a Zarofu para hablar con ella sobre qué haríamos si estuviera embarazada.
Esta vez, sin el odio que me consumía cuando la amenacé con quitarle al bebé.
Fue entonces cuando descubrí por Acacia que se había ido sin despedirse, enviando un mensaje recién días después.
Mi gerente no tenía idea de a dónde había huido; mi resentimiento volvió con fuerza al imaginar que ella trataría el embarazo como un premio de lotería, chantajeándome con el bebé si estuviera esperando a mi heredero.
Ordené que la buscaran en Brasil. Era el destino lógico al que huiría, porque si el niño nacía allí tendría que enfrentar una batalla legal larga para traerlo a Grecia, y aun así no había garantías.
Rápidamente descubrí que no había regresado a su país, y desde entonces la he estado buscando por Europa. Nunca imaginé que estuviera refugiada con April, aunque ya sabía que eran casi amigas.
—¿Cuál es el plan? —pregunto.
—No hay ningún plan, Atticus. No soy cupido ni quiero serlo, pero si quieres un consejo de alguien que casi pierde a la mujer que ama, deja el orgullo a un lado y escúchala antes de que sea demasiado tarde.
—El “demasiado tarde” ya llegó en el momento en que Sabrina se acercó a mí usando engaños, mintiendo. Su madre la acusó de haberme buscado con un propósito, y ella nunca lo negó. Yo escuché su conversación.
—Su madre no la crió.
—Sí, eso me dijo ella, pero ya no creo nada de lo que dice. Lo único que quiero es saber si está embarazada de mi hijo. Si está esperando a mi heredero, tendremos que convivir por el bien del niño.
Él no responde y la desconfianza me enfría la sangre.
—¿Está embarazada?
—No he venido a entrometerme entre ustedes, Atticus. Hazle esa pregunta a ella.
—Lo habría hecho si no se hubiera pasado los últimos meses escondiéndose de mí.
—Aún estás a tiempo.
—No vas a decirme nada… ¿Quieres que vuele a Estambul para buscarla?
—Soy tu amigo. Quiero que hagas lo correcto antes de que sea demasiado tarde.
—¿Y lo correcto es traer de vuelta a mi vida a la mujer que me mintió? ¿La misma que trabajó en mi restaurante, viajó conmigo, durmió en mi cama sabiendo que cuando lo supiera la odiaría?
—¿Por su hermana?
—No solo por eso. Principalmente por la mentira.
Se levanta y camina hacia la puerta.
—No voy a intentar convencerte, Atticus. He hecho lo que tenía que hacer. Espero que cuando decidas hablar con ella, no sea demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
Él sonríe.
—Solo lo sabrás si vas a Estambul.