Capítulo 25
Sería divertido ver la expresión de sorpresa de Calliope cuando Sabrina y yo nos acercamos a la mesa, si no me sintiera mal por usar a la chica y, más aún, por exponerla al veneno de mi ex cuñada.
Le dije a Calliope que no me conocía, pero yo tampoco la conozco a ella.
Cuando me fui de Lepaxos y dejé atrás todo contacto con mi familia, conservé apenas un recuerdo vago de quién era ella: una chica como tantas otras con las que conviví, vacía, mimada y sin otro objetivo en la vida que conseguir un buen matrimonio o lucirse en la alta sociedad.
Sin embargo, no recordaba que fuera alguien nociva, pero bastaron un par de encuentros para entender que no es solo que no sea una buena persona; Calliope tampoco parece muy equilibrada mentalmente.
¿El hecho de que no esté en su sano juicio justifica lo que hizo mi hermano? No.
Thales debería haber tenido el valor de terminar su compromiso antes de irse con otra mujer, pero aun así puedo empatizar con alguien que no quisiera pasar el resto de su vida al lado de Calliope.
Mientras la observo, veo una multitud de emociones cruzar su rostro. Está claro que reconoce a Sabrina, a quien se refirió en el restaurante como “sirvienta”.
—Tardaste —dice Calliope, recuperándose rápido, como si no viera mi brazo rodeando la cintura de la pelirroja.
—Fui a buscar a mi novia. Olvidé avisarte que Sabrina venía. Creo que ya se conocen.
Calliope la recorre de arriba abajo con la mirada, pero para mi sorpresa es mi falsa novia quien toma la iniciativa de hablar.
—Mucho gusto… otra vez. Soy Sabrina Oliveira, por si lo recuerdas —dice, refiriéndose a que Calliope había dicho que su nombre era exótico—. Siento no haberme presentado adecuadamente antes —continúa, mostrando el dedo aún vendado—. Soy un poco torpe y hoy necesité que mi héroe de turno me salvara.
Se acurruca contra mi pecho y veo los ojos de Calliope brillar con una rabia apenas disimulada.
Además de fingir esta relación para acabar con los rumores de la prensa sobre que yo continuaría lo que mi hermano dejó con su ex prometida, hay otra razón: no me cabe duda de que Calliope está manipulando a mi abuela para ponerla de su lado.
Mi abuela quedó destrozada cuando supo lo que pasó con Thales, sobre todo porque murió tras huir con esa mujer.
Sí, porque no importa que él creyera estar enamorado: el informe que mi abuela me mostró no deja dudas sobre qué clase de persona era Sylvie, una oportunista que quería aprovecharse de un heredero rico.
—No me dijiste que estabas saliendo con alguien.
—No hubo tiempo. No estoy acostumbrado a dar explicaciones sobre mi vida, Calliope, pero me dejaste sin alternativa con tu propuesta.
Al menos tiene la decencia de parecer incómoda.
—¿La trajiste para humillarme? —pregunta con dramatismo.
—No. Ya habíamos quedado en vernos. Fue culpa mía —interviene Sabrina—. Debería haber llegado antes, pero estaba discutiendo una propuesta de trabajo y me retrasé.
—¿Para qué necesitas otro trabajo? Pensé que eras su sirvienta en el restaurante —dice Calliope con arrogancia, haciendo un gesto hacia mí.
Esta vez, Sabrina no deja pasar el comentario.
—¿Te escuchas? Estamos en pleno siglo veintiuno, señora —responde con ironía—. Sé que hay una diferencia de edad entre nosotras, pero ya no se trata a la gente como “sirvientes”, Calliope.
Si mi sangre no estuviera ya hirviendo por Sabrina, sus palabras bastarían para encenderme.
La miro de reojo, impresionado por su valentía al enfrentarse a Calliope, mientras mi deseo crece más de lo que debería.
—Bueno, te voy a pedir un taxi —digo.
—¿Qué? ¿No vas a llevarme?
—No, cariño. Creo que podemos llevarla. No cuesta nada, al fin y al cabo tenemos toda la noche por delante —interviene Sabrina, entrando de lleno en el juego que hemos inventado.
Me giro, dándole la espalda a Calliope y protegiendo a la pelirroja con mi cuerpo. Me inclino para susurrarle al oído, de modo que solo ella me escuche:
—Cuidado. Puedo ver que estás empezando a perderte entre lo que acordamos y lo que tu cuerpo está pidiendo. Yo también puedo cruzar la línea si sigues provocándome así.
—¿Yo provocándote? Pensé que solo estaba interpretando mi papel de falsa novia.
—Sigue así, prometiendo que tendremos toda la noche para divertirnos a solas, y te aseguro que en media hora estarás desnuda en mi cama.
—Creí que no te acostabas con tus empleadas.
Le mordisqueo la oreja, y mi cuerpo reacciona al sentirla estremecerse entre mis brazos.
—Ni con ellas ni con nadie. Es solo sexo, Sabrina. Por eso, antes de venir a mí, piensa bien qué es lo que quieres.
—Tal vez no debería preocuparme. Según tú, no pasas mucho tiempo con una mujer, y nadie se enamora en una semana —levanta el rostro—, jefe.
—Acepto que me lleven —dice Calliope a mi espalda, pero tardo unos segundos en girarme hacia ella, mirando a la mujer entre mis brazos y debatiéndome entre romper o no mis propias reglas.
Pero sé que, aunque sus palabras sonaron como una invitación, no creo que Sabrina tenga realmente claro lo que está diciendo.
—Vamos. Necesito dormir, mañana tengo que levantarme temprano —dice en voz baja, ya sin rastro de atrevimiento.
—¿Para qué?
Pone los ojos en blanco.
—No te sientas demasiado cómodo en ese papel de novio, Atticus.
—Hace unos minutos parecías muy cómoda siendo mi dueña.
—Nadie va a ser nunca tu dueña. Aprendí la lección con mi ex prometido: si él, que me juraba que yo era la mujer de su vida, no fue capaz de ser fiel, ¿qué se puede esperar de un hombre que ya empieza diciendo que no mantiene ningún tipo de relación?
—Él era un imbécil, Sabrina.
—Lo dice el hombre que usa a las mujeres.
—Es mutuo. Yo uso y soy usado, pero nunca miento.
—No te estoy pidiendo que mientas. Solo dejo claro que no tengo intención de ir más allá de un coqueteo.
No discuto con ella. No tiene sentido. No cuando acabo de darme cuenta de que sí, por primera vez, voy a mandar al infierno cada maldita regla.
La quiero. Solo trabajará para mí durante un mes. ¿Por qué no invertir en algo que ambos deseamos?
La intuición me dice que el sexo entre nosotros será increíble.