El magnate prohibido que me rechazó Capítulo 15
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Capítulo 15

—No sé qué decir —respondo, al mismo tiempo que una ola de excitación recorre mi cuerpo.

Aprieto ambas manos sobre el regazo, sosteniendo mi bolso con tanta fuerza que los nudillos de mis dedos, temblorosos, se me ponen blancos.

—No necesita decir nada. Fue una declaración retórica, pero si va a convivir conmigo, debe acostumbrarse a mi franqueza.

—No voy a acostarme con usted. Si mi empleo depende de eso…

—Lo que yo quería hacer con usted no estaba ni cerca de que durmiéramos juntos —dice, y levanto la vista hacia su rostro para ver si está sonriendo.

No lo está. Tal vez simplemente sea así de descarado por naturaleza.

Nunca conocí a alguien tan directo y, confirmando esa impresión, continúa—: Pero no salgo con mis empleadas.

Debería aprovechar esa declaración y suspirar aliviada, pero en lugar de eso, me siento extrañamente decepcionada y, antes de poder contenerme, digo:

—No hay ninguna política de no confraternización [14] en el restaurante.

—No, pero sí hay una política de no complicaciones de mi parte. No paso más de una semana con la misma mujer.

“Cállate, Sabrina” , me advierte una voz, pero no lo logro.

La forma desvergonzada en que dijo eso me recuerda la traición que sufrí hace apenas un par de meses.

—¿Eso significa que solo tiene relaciones sexuales en las estaciones cálidas, señor Doukadoulos?

—pregunto, con el tono más falsamente inocente del mundo, refiriéndome al hecho de que en otoño e invierno, según lo que Acacia me contó, la isla queda vacía y le quedan pocas opciones, salvo “repetir” pareja.

Él aparta la vista del camino para mirarme, y ahora estoy segura de que una comisura de su boca se eleva en una sonrisa contenida.

No es una sonrisa inocente, sin embargo, es maliciosa. El arrogante sabe el efecto que causa en las mujeres.

—No, Sabrina. Yo las traigo aquí cuando me apetece.

—Por una semana.

—Tal vez menos. —Hace una pausa y luego añade—: Generalmente menos.

—Entiendo.

—¿Qué pasa?

—Esta conversación no es apropiada.

—En eso estamos de acuerdo —dice.

—Fue usted quien empezó.

—Creo que entramos en confianza. No necesitamos tratarnos de usted.

—Entonces, fuiste tú quien empezó cuando dijiste que querías…

—¿Cuando dije que quería llevarte a la cama? Sí, es verdad. Eres hermosa. Yo aprecio la belleza.

Si no fuera por la manera despreocupada con la que dice eso, podría sentirme halagada. Sin embargo, lo único que puedo pensar es en cuántas mujeres ya habrán caído en ese discurso.

—No la belleza de tus empleadas, sin embargo.

—Nunca me lo permití. Generalmente soy yo quien las contrata. Tú fuiste una excepción. Jamás habría mirado dos veces en tu dirección si hubiera sabido que trabajabas para mí.

—Perfecto. Eso me deja más tranquila. No me acuesto con hombres para quienes trabajo.

No me acuesto con nadie , pero prefiero morir antes que admitirle a este mujeriego que soy virgen.

—Acacia me dijo que trabajaste en una fiesta en la casa de los Yavuz Aydin.

—Sí —respondo, sorprendida por el cambio de tema.

Su voz suena completamente neutra.

—¿Por qué?

—¿Por qué fui a trabajar para ellos?

—Sí.

—April fue a tu restaurante. Ella hará un viaje a Brasil pronto y me pidió que me sentara en su mesa y le contara un poco sobre mi país. Hablamos bastante. Después, me invitó a organizar la recepción del cumpleaños de su suegra.

Él asiente con la cabeza.

—¿Lo que ganas en el restaurante no es suficiente?

—Gano muy bien, pero necesito volver a comprar todo mi equipo para empezar otra vez a trabajar como diseñadora gráfica e ilustradora. Tuve que venderlo cuando mi padre se enfermó.

—¿Diseñadora gráfica? ¿Ilustradora?

—Sí. Hago un poco de todo. Logos, artes para sitios web, pero principalmente ilustraciones para libros. El mercado está creciendo.

—Puedo darte un adelanto para que compres lo que necesites.

—Apenas me conoces.

Se encoge de hombros.

—No sería la primera vez que ayudo a un empleado.

Estoy muy tentada a aceptar, pero la imagen de mi madre aparece frente a mí, junto con su frase favorita: “los hombres fueron hechos para ser usados”.

Me lo dijo en París, la única vez que salimos las tres a cenar juntas y un francés envió una botella de champán a nuestra mesa por mi culpa.

Yo la rechacé y ella me llamó estúpida .

No le importaba en lo más mínimo que mi prometido me estuviera esperando en el apartamento.

Los lazos, los compromisos, son meros detalles en el mundo de Véronique.

Obtener ventajas en cualquier situación es lo único que importa, según sus parámetros distorsionados.

Obviamente, si hubiera sabido que aquel infeliz me iba a traicionar, me habría bebido la botella directamente de un trago, incluso.

En cuanto ese pensamiento se completa, sacudo la cabeza, consciente de que nada de eso es verdad.

Si yo actuara así, habría permitido que su bajeza me cambiara. Al menos, cuando miro hacia atrás, entiendo que fui una tonta, sí, pero una tonta fiel a mis principios.

—Te lo agradezco, pero no puedo aceptar. Vine a Europa para intentar crecer como persona y, para eso, necesito asumir la responsabilidad de cuidar de mí misma. No quiero depender de los demás.

—No es un regalo, es una inversión.

—¿Por qué te importa? En pocos meses, no volveré a verte.

—No me importa —dice, y estoy segura de que es verdad. Atticus parece frío como una piedra de hielo—. Solo estaba ofreciéndote una perspectiva para tu futuro. Haz lo que quieras.

No dice nada más hasta que estaciona frente a la casa de Acacia.

Debería bajar, pero no lo hago. Me quito el cinturón de seguridad y me giro hacia él.

—No quise ser grosera, pero no me gusta que sientan lástima por mí. La compasión no es un sentimiento digno.

—¿Quién te dijo eso?

—Mi padre. Era un hombre trabajador y orgulloso. Te lo agradezco, Atticus, pero no puedo aceptar. Las propinas del Opa son muy buenas. Estoy segura de que reuniré el dinero que necesito para comprar mi equipo rápidamente.

—No me dijiste qué planeas hacer después de irte de Grecia.

—April y Malu, la cuñada, que también es brasileña, me invitaron a pasar un tiempo en Estambul. Dependiendo de cómo esté mi situación financiera, quizá vaya.

—O podrías quedarte aquí.

—Yo…

—Por lo que entendí de tu profesión, puedes trabajar desde cualquier lugar, ¿no es así?

—¿Por qué me quedaría?

—Tal vez sería una buena combinación para aumentar tus ingresos: lo que ganas en el restaurante más tu trabajo como diseñadora gráfica e ilustradora. Acacia me dijo que los clientes te adoran.

—¿Dijo eso?

Él asiente.

—Necesito pensarlo. No era lo que tenía planeado.

La propuesta es tentadora. Podría establecerme por un tiempo.

A pesar de mi deseo de conocer distintos lugares del mundo, no soy alguien que haya nacido para vivir sin echar raíces, como mi gerente.

El único problema con ese plan es que las probabilidades de que mi jefe me quiera en la isla después de descubrir quién soy son mínimas.

—Gracias por traerme.

—No quiero que vuelvas a caminar sola. ¿Sabes conducir motos?

—Sí.

—Hay una vespa en mi garaje. Puedes usarla.

—¿Qué? No puedo hacer eso. Los otros empleados van a pensar que tengo algún tipo de privilegio.

—Los otros empleados viven juntos en una sola casa. Siempre salen en grupo. Tú no. Ahora sé una buena chica y simplemente dime: sí, señor.

—Creí que podía tutearte, sin decirte “señor”.

—Tal vez quiera oírte decir “sí, señor” en algún momento.

“Sal de aquí” , me suplica una voz, pero mi corazón tiene otra idea. Late desbocado y cada centímetro de mi piel está erizado.

— Sí, señor.

El auto está en penumbra y, durante unos segundos, nos miramos en silencio. Presiento que quiere tocarme, pero en lugar de eso, sus manos vuelven al volante.

—Vete, Sabrina. Tengo mis propias reglas, pero estoy muy tentado a romperlas esta noche.

Sus palabras no me asustan, me excitan, y por eso mismo casi salgo corriendo del auto.

Camino hacia la casa de Acacia sin mirar atrás, porque acabo de descubrir que mi misión será mucho más difícil de lo que pensé al principio.

Atticus exhala sexo y tentación por todos los poros, y si se empeña en seducirme, creo que no tendré ninguna posibilidad de resistirme.

No puedo permitir que eso suceda. Necesito mantener una distancia segura entre nosotros.