Capítulo 14
Mientras salía del restaurante, después de hacerle un rápido gesto con la cabeza a Acacia (quien me miró con una mezcla de disculpa y confusión), intenté hacer que mis rodillas dejaran de temblar.
Vine a Grecia creyendo que estaba preparada para el momento en que vería a Atticus por primera vez.
¿Qué podía tener de complicado eso? Solo necesitaba que me escuchara durante unos cinco minutos.
No tuve tiempo de prometerle nada a mi hermana, pero soy una persona leal por naturaleza, y algunas de las cosas que dijeron sobre ella me revolvieron el estómago, porque sé que nada de eso era cierto. Voy a limpiar su reputación, cueste lo que cueste.
Conviví con Sylvie durante meses. Tal vez era demasiado soñadora y también un poco ingenua, lo cual, viniendo de mí (que fui engañada por un imbécil con el que salí buena parte de mi vida), es algo digno de señalar.
Pero ella no era una mala persona ni estaba interesada en el dinero de Thales. Mi hermana lo amaba.
Ahora, después de este encuentro desastroso con el griego, no tengo dudas de que mi misión se ha vuelto mucho más difícil.
Tiemblo al llegar a la acera, porque por la noche la temperatura siempre desciende en la isla.
Miro mis pies y me siento una idiota por haber salido impulsivamente de Opa sin preocuparme por cambiarme los zapatos.
Tengo un par de zapatillas guardadas en el armario de los empleados, que siempre uso para volver caminando a casa.
Por lo general, Acacia me lleva, porque me quedo hasta que cerramos el restaurante, pero hoy tendré que caminar más de veinte minutos.
Genial. ¿La noche puede empeorar aún más?
Algunos turistas más jóvenes pasan a mi lado, en grupo, soltando comentarios burlones.
Finjo que no los escucho. No me afectan fácilmente las palabras, siempre y cuando nadie me toque.
Si alguien me pone un dedo encima sin mi consentimiento, la historia cambia por completo.
Fui criada para defenderme, y eso incluye patadas en la entrepierna y dedos en los ojos: los puntos que mi padre decía que son más sensibles y que me darían una oportunidad de escapar, si fuera necesario.
No llego a caminar ni cien metros cuando noto un vehículo (una camioneta, si mi visión periférica no me falla) avanzando a mi lado.
Suspiro, dispuesta a cruzar de acera, lo que no le dejará otra opción a mi perseguidor más que seguir de largo, ya que la calle es de doble sentido.
Disminuyo el paso, preparándome para rodear la parte trasera del vehículo, cuando una voz que no esperaba volver a oír hoy dice:
—Suba al coche. La llevaré a su casa.
Me quedo paralizada y me muevo como en cámara lenta.
Atticus.
—¿Por qué?
—Es tarde y, con esos tacones, terminará con los pies llenos de ampollas.
Estoy a punto de responder: ¿y eso qué le importa? , pero no puedo. Si quiero borrar la mala impresión que tiene de mi familia, comportarme como una niña de doce años no es la mejor idea.
Rodeo el vehículo y abro la puerta.
—Gracias.
Podría añadir un formal “no era necesario”, pero soy muchas cosas, menos desagradecida. Además, si tuviera que caminar hasta la casa de Acacia, ¿cómo haría para mantenerme en pie mañana? Tiene razón, acabaría con los pies destrozados.
Siento que me observa mientras me coloco el cinturón de seguridad, pero finjo no notarlo porque este hombre me pone nerviosa como nadie más lo ha hecho.
Después de cinco intentos frustrados, finalmente logro completar la “gran hazaña”.
—¿Me dijo que su padre es griego? —pregunta cuando arranca, ahora con la mirada al frente.
Conducir un vehículo un sábado por la noche en las calles de Zarofu es todo un desafío. Hay varios borrachos deambulando, todos (no me cabe duda) dueños de fortunas equivalentes a pequeños países.
Estoy a punto de responder, cuando decido que no voy a dejar que me pase por encima solo porque necesito que no piense mal de mí.
—¿No debería presentarse primero?
—Sabe quién soy. Dijo mi nombre dentro del Opa.
Mucho más de lo que imagina.
—Sí —respondo, pensándolo mejor y decidiendo que no obtendré nada confrontándolo—. Bien, en cuanto a su pregunta, mi padre era griego.
—¿Y usted es brasileña?
Me estremezco por la tensión. ¿Sabe que Verónica, nuestra madre, también es brasileña?
¿Podría atar cabos? Pero entonces recuerdo que mamá cambió su nombre legalmente.
Ahora es Véronique, una versión francesa de su nombre original.
También eliminó el apellido brasileño al casarse con el padre de Sylvie, de modo que la Verónica Oliveira que aparece en mi pasaporte difícilmente se confundiría con Véronique Côté .
A menos que Atticus investigara a fondo, no creo que nos relacione.
No pretendo ocultarlo para siempre, pero por ahora necesito que vea que soy honesta, diferente a ella, y que entienda que las hijas no deben cargar con los pecados de su madre.
—Así es.
Pasa más de un minuto en silencio y estoy a punto de desmayarme de los nervios.
—¿Dijo que era griego? —repite, lo que parece una eternidad después, dejando claro que no deja pasar nada.
—Falleció hace aproximadamente un año.
—¿Y sus otros familiares están en Brasil? —continúa, pero ahora noto que su tono es más suave.
Miro por la ventana.
—¿Puedo saber por qué tantas preguntas?
—Habría hecho todas esas preguntas si yo hubiera sido quien la entrevistó. Usted no presentó un currículum. Simplemente apareció en el restaurante, y quiero entender por qué, entre todas las islas griegas, eligió Zarofu.
—Yo…
—Sí, ya conozco la historia del Instagram de la modelo.
—¿Cómo?
—Acacia me lo contó cuando la contrató.
—En ese caso, también sabía que mi padre era griego.
—Ajá.
—Entonces, ¿por qué…?
—No me convenció su justificación para elegir la isla.
—No me estaba justificando —respondo con cuidado, consciente de que cada palabra que diga de ahora en adelante puede traerme problemas en el futuro—, estaba respondiendo a una entrevista de trabajo.
Siento que el estómago se me sube a la garganta y un sudor frío recorre todo mi cuerpo.
Con cada segundo al lado de Atticus, se vuelve más difícil cambiar la idea que tiene sobre mi hermana.
Thales dijo que su familia nunca aceptaría la relación con Sylvie porque todos esperaban que se casara con otra mujer, y puedo entenderlo hasta cierto punto, pero jamás permitiré que la consideren una prostituta, como la llamó la prensa en el momento del entierro.
No ayudó que mi madre apareciera en todos los sitios de celebridades contando una versión distorsionada de los hechos. Cuando Sylvie murió, llevaban más de un mes sin hablarse, y estoy segura de que mi hermana nunca le habría contado nada sobre su relación, ya que no confiaba en Véronique.
—No le pedí que se justificara —dice—. Solo intento entender cómo alguien tan joven terminó en una isla poco conocida para la mayoría del mundo.
—No soy tan joven. Tengo veinticinco. Y ya estaba en Europa desde que mi padre falleció. Tengo doble nacionalidad y no quería regresar a Brasil todavía.
Por primera vez desde que subí al coche, me siento un poco más tranquila por haber dado cierta información sin necesidad de ocultar nada.
—¿Y después, qué piensa hacer?
—¿Siempre se interesa así por sus empleadas?
—No. Solo por aquellas que despiertan mi curiosidad.
—¿Y eso fue lo que hice? ¿Desperté su curiosidad?
—Me expresé mal. Despertó mi interés .
Me giro por completo en el asiento para mirarlo, convencida de que me perdí alguna frase en inglés. No puedo creer lo que acaba de decir.
—¿Desperté su interés ?
—Sí. Antes de saber que era mi empleada, estaba decidido a llevarla a mi cama esta noche.