Capítulo 16
Jasmin
A de AUDAZ
—¿Soy muy audaz por querer conquistar tantas cosas en tan poco tiempo?
—Sí, pero eso es algo bueno. Pocas personas tienen la fuerza y la resiliencia para eso. Cuando lo consigas, mirarás hacia atrás y verás que todo valió la pena.
—Ojalá sea así.
Al salir por la mañana para ver el amanecer, intento no llorar mientras miro el Escarabajo.
Anoche, cuando escuché el sonido del motor, me asomé por la ventana y sorprendí a Arthur dejando el coche donde siempre lo dejo.
También noté que revisó si Sara Lee estaba bien y se aseguró de que tuviera todo lo que necesitaba.
Cuando la vaca aceptó sus caricias, él le dio un beso en el hocico.
Fue la cosa más tierna que he visto en mi vida y si no me hubiera derretido con el gesto de salir tarde por la noche a buscar al Azul, me habría derretido ahí mismo, con el cariño que le mostró a Sara.
Ese hombre no me debe nada, dejamos de formar parte de la vida del otro hace mucho tiempo, pero aun así, esos gestos me tomaron por sorpresa y me transformaron en una tonta esperanzada.
No es que haya algo malo en las personas esperanzadas, es solo que recuerdo muy bien lo que pasó cuando decidí enfrentar al destino y, por más que quisiera muchísimo a Arthur, no podía abandonarlo todo por él.
Fue una elección mía.
Todo bien, la vida sigue.
Se habla mucho del amor y de cómo debemos abrazarlo. Pero se habla muy poco de cuánto duele cuando no está presente.
En aquella época yo era una chica de dieciocho años, con mi madre consumiéndose a mi lado y sin nadie más en quien apoyarme. Estaba la abuela, claro, pero ella estaba perdiendo a su hija y yo me vi necesitando sostener tanto a mi madre como a ella. Hasta hoy ese dolor no ha pasado.
Tal vez nunca vaya a pasar.
Porque simplemente no había nada que hacer ni maneras de actuar diferente. Lo sé, y eso es lo que más duele, la falta de alternativa.
Pero, en el presente, todavía tienes una alternativa.
Una que me asusta, porque si la acepto, mi vida tal como la conozco puede cambiar para siempre.
Estornudo.
Escalofríos recorren mi cuerpo.
Estornudo una vez más y me sueno la nariz. El rollo de papel higiénico ya está casi terminado y mi nariz, toda irritada. Mierda, imaginé que podía enfermarme, solo que no pensé que una gripe tan fuerte fuera a atraparme.
Enredada en la manta, temblando de frío, camino hasta la cocina y pongo agua en la tetera.
Después busco algún antigripal. Debería hablar con Mali, porque no encuentro ninguno, pero cuando la llamo, la llamada va directo al buzón de voz.
Le envío un mensaje y veo que no se entrega.
Su teléfono debe estar apagado o algo así.
—Te toca arreglártelas sola, Jasmin —susurro.
Preparo un té de limón con miel, uno que mi madre siempre hacía cuando yo estaba mal. Me lo tomo entero, hasta la última gota, mientras veo una comedia romántica.
Mi nariz vuelve a molestarme y mi voz se vuelve totalmente nasal.
Considero ir hasta la farmacia del pueblo para comprar medicina, pero me siento tan mal que decido no arriesgarme, no en coche.
Los brazos me pesan, la cabeza me duele como el demonio y todo en mí grita que necesito volver a la cama y quedarme allí hasta el próximo año.
De lo mal que me siento y porque tengo que trabajar, no hoy, hoy ni de broma, pero mañana sí, termino caminando hasta la farmacia, después de cubrirme con mil capas de ropa, cuando la temperatura no pasa de los veinticinco grados.
Durante todo el trayecto me froto los brazos e intento entrar en calor, escuchando música con mis auriculares de cable, ya que los bluetooth estaban sin batería.
Llego a la farmacia y quisiera poder desaparecer del mundo en el instante en que escucho la voz de Arthur mientras conversa con el dueño del establecimiento.
—¿Y sus hijos, cómo están?
—Estudiando en el pueblo vecino, pronto se graduarán.
—¡Deben de ser su orgullo!
—¡Ah, claro que sí! ¡Tú también, muchacho, no te ha ido nada mal!
Emito un sonido burlón con la palabra muchacho y me veo obligada a esconderme detrás de uno de los estantes cuando Arthur mira, intentando identificar de dónde salió el sonido.
¡Mierda!
¿Por qué no controlas esa maldita lengua afilada, Jasmin?
—Qué va, tuve suerte.
No tuvo suerte ninguna, solo esfuerzo. Aunque no soporte verlo, lo sé. Conozco demasiado bien a Arthur como para creer que su éxito llegó gracias a la suerte.
—¡Claro que no!
Vuelvo a espiar escondida tras el estante, soy casi parte de él.
Observar la espalda de Arthur, a la que esa camiseta blanca no le hace justicia, resulta reconfortante de una manera extraña. Tengo ganas de correr hasta él y mirarlo a los ojos mientras hablamos, al mismo tiempo que deseo evitarlo a toda costa.
—Bueno, señor Valmir, la charla está buena, ¡pero necesito irme a casa! ¡O mi madre me mata por no llevar lo que me pidió!
—Claro, muchacho, ¡vete! ¡En otro momento seguimos hablando!
—Eso, ¡nos vemos por ahí!
Eso me desespera.
¡LA PUTA MADRE!
No puede verme, no en este estado deplorable, ¡con la cara más hecha mierda que coche estacionado debajo de un árbol lleno de palomas! Para empeorar las cosas, mi pelo parece un nido y mi piel “resplandece” toda destrozada por culpa de la fiebre.
¡PUTA MIERDA!
¿Y si entierro la cabeza en el suelo como un avestruz?
Si no lo veo, no tendré problemas, resuelto, voy a cavar un agujero y meter la cabeza ahí dentro.
La canción que suena en mis auriculares es animada, justo lo contrario de cómo me siento en este momento y, en mi intento de huir de Arthur, aun sabiendo que la probabilidad de que me vea es muy alta porque los estantes no son tan altos, corro sin mirar hacia delante, mirando solo hacia atrás, lo que facilita el desastre.
Choco contra una de las góndolas.
Ese golpe me desequilibra.
En medio del caos, me agarro de uno de los estantes y todos los productos caen encima de mí mientras me desplomo en cámara lenta, con los brazos extendidos, intentando sujetarme de algo. Agarro uno de los últimos productos de la góndola, en busca de salvación, cosa que claramente no sucede.
En cuanto mi espalda golpea el suelo, el dolor corporal que ya era jodidamente molesto por culpa de la gripe empeora, doliendo mucho más.
Pierdo el aliento por el golpe y me quedo tirada, mirando al techo, hasta ver a un dios, un auténtico ser magnífico de belleza, aparecer frente a mis ojos.
Quería morirme.
Quería morirme aquí y ahora.
Como cuando vio a Marylou con mis bragas.
Para empeorar las cosas, reconozco lo que sujeté durante la caída y no es nada más y nada menos que el puto lubricante.
Hago una mueca y cierro los ojos, queriendo desaparecer dentro de la insignificancia de mi vergüenza. ¿Por qué estas cosas solo me pasan a mí? Ya tengo casi cuarenta años, pensé que a estas alturas ya habría pasado por todas las vergüenzas posibles y Dios me daría una tregua de este infierno.
Quería llorar.
Llorar además de ser tragada por la tierra.
Por fuera mantengo cierta calma; por dentro, lloro como una niña a la que le quitaron su juguete favorito. Para ayudar, porque claro que todo puede ser todavía más vergonzoso, mis auriculares se desconectan del teléfono y la música que escuchaba se amplifica por toda la maldita farmacia.
Ay, ay, ¡me das mucho calor! ¡Mi coño es un incendio y tu polla es el extintor!
Bibi Babydoll suena tan alto que me encojo con cada frase.
El hijo de puta de Arthur escucha y ni siquiera contiene la risa.
El señor Valmir tampoco disimula, juzgándome con los ojos abiertos de par en par.
El pequeño par de gafas cuelga sobre el puente de su nariz mientras me observa con la cabeza inclinada hacia abajo, en esa pose típica suya cuando hacemos algo que desaprueba.
Sobre todo al ver lo que sostengo y la música que suena en mis auriculares y, por supuesto, el desastre que causé en su negocio.
—¿Ya puedo morirme o todavía necesito pasar más vergüenza? —susurro, encogiéndome con cada palabra.
—No vas a morir y esto no tiene nada de vergonzoso. —La voz poderosa me eriza la piel y, en cuanto abro los ojos, veo una mano extendida para ayudarme.
¿La acepto o la rechazo?
¿Finjo que esto no pasó y salgo corriendo?
Yo solo quería comprar medicina para la gripe, ¿qué demonios le pasa a mi ángel de la guarda que no hace su trabajo?
Aparto la mano de Arthur de un manotazo y me levanto sola, colocando el producto en el estante que sobrevivió, reuniendo toda mi capacidad para superar problemas, para volver a acomodar las otras cosas y arreglar el desastre que hice.
El señor Valmir no sale de detrás del mostrador, quizá porque está demasiado molesto con lo que acaba de pasar.
Pauso la música.
Esa música que forma parte de esa selección mía que solo escucho cuando estoy sola. Es una gran canción, no digo lo contrario, pero es el tipo de canción que la gente no entiende lo bien que hace sentir.
—¿Tu coño es un incendio y mi polla es el extintor?
Si mato a Arthur, ¿cuánto tiempo pasaré en la cárcel?
¿Algunos años? ¿Menos de diez por ser mi primer delito?
Si es así, acepto, ¡diez años pueden pasar volando!
—Tú... —Aprieto los dientes, tragándome toda la furia asesina hasta atragantarme con ella.
Arthur se ríe.
Se ríe y echa el cuerpo hacia atrás mientras la risa se transforma en una carcajada estruendosa.
—¡Esta escena va a quedarse en mi mente por el resto de mi vida! —Sigue riéndose e intenta decir algo más, incapaz por culpa de la diversión a costa de la idiota que les habla—. ¡Yo... yo... no puedo creer que agarraras un lubricante mientras te caías! ¿Todo para evitarme?
—Yo no queriã evitãrte.
La maldita voz nasal hace su aparición y la frase sale tan graciosa que me sorprende que él no se ría.
Arthur endurece el semblante, sobre todo después de escucharme sorber los mocos, con la nariz tapada.
—¿Estás resfriada?
—Nooooo. —Mi estado actual hace que la “o” salga larguísima, formando un OOOOOO.
—Sí que lo estás y por culpa de la lluvia que te cayó encima. Ven, voy a ayudarte. —Me ayuda a levantarme y me aparto de su brazo en cuanto puedo.
—¡No necesito tu ayudã!
—Puede que no la necesites, pero yo no me sentiría bien sabiendo que estás mal y no te ayudé.
—¡Vãe a recogêr cocos en una pendienteeee! ¡Solo necesito un antigripal y vãe a estãr todo bien!
Arthur me mira de una manera penetrante.
—Señor Valmir, prepáreme unos medicamentos para la gripe, ¿por favor?
—¡Claro, muchacho!
Veo que el hombre empieza a hacer lo que le pidió y Arthur se agacha, recogiendo los productos que desordené y acomodándolos con una rapidez sorprendente. Cuando intento ayudarlo, me lo impide, sujetándome la mano.
—No, Jasmin, déjalo conmigo.
El tono imperativo me detiene y, aun enferma, mi coño da un saltito. Tiene voluntad propia y está totalmente en contra de mi cerebro, que todavía intenta mantener mi corazón a salvo; ese mismo corazón que, por cierto, está deseando volver a sentir los latidos desordenados otra vez.
Arthur termina de ordenar todo y se levanta, tomándome de la mano y provocándome millones de espasmos. El coño brinca feliz soltando un: ¡yupiiiiii!
—¿Necesitas algo más, Arthur? —pregunta Valmir.
Él me lleva con él hasta el mostrador y, cuando me ofrezco a pagar los medicamentos, se niega.
—No voy a hãcerme la difícil, eres millonãrio.
El señor me mira con cara de culo.
—Gracias por no ser terca. —Cuando ya estamos afuera, vuelve a tomarme de la mano y me lleva hasta la camioneta, abre la puerta, me levanta y me sienta en el asiento con una facilidad que hace que la hija de puta de mi coño se retuerza y piense en lo fácil que sería para él follarme en todas las posiciones posibles—.
Deberías haberme avisado que estabas enferma, yo habría comprado los medicamentos por ti, no hacía falta que te arriesgaras.
—No tengo tu número.
Arthur toma mi teléfono y lo apunta hacia mi cara, desbloqueándolo. Marca su número en la pantalla y guarda el contacto.
—Ahora sí lo tienes. —Para terminar, me envía un mensaje de prueba—. Y yo tengo el tuyo.
Enciende el motor y conduce hasta la finca, estacionando frente a la casa.
Baja, abre la puerta y me...
—¿Qué crees que estãs haciendoooo?
—Llevándote en brazos, ¿no quedó claro?
—¿Por qué?
—Porque voy a cuidar de ti.
—AH, NI DE CO...
Calla mis palabras con un beso, lo que funciona mejor que cualquier otra cosa del mundo.
No es un beso como el de la tormenta, no carga una pasión tan intensa que podría arrancarme la ropa, pero es un beso suave, de alguien que cuida, de alguien que ama.
Y darme cuenta de eso no me hace sentir mejor.
Tanto que mis ojos permanecen abiertos, contemplando los suyos, que están cerrados.
Por un momento, observo al hombre que una vez fue dueño de gran parte de mi corazón y, conforme el beso se prolonga, me pierdo un poco más y sigo perdiéndome, con cada segundo que dura.