El Luto de Nona (Valle de Cortés 2) 26. Capítulo 26 #3
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26. Capítulo 26 #3

Un oficial de policía escoltaba a Héctor Suárez fuera de la plaza mientras Álvaro permanecía en el borde del escenario contemplando la carnicería. El mercenario jefe de seguridad le susurró algo al oído al nuevo alcalde. Álvaro se dio la vuelta, sonrió y estrechó la mano del mercenario.

—Dejadme pasar —suplicó Lorenzo mientras intentaba serpentear entre las capas de las fuerzas de seguridad. Abriéndose paso entre el nudo de uniformes, pudo sentir cómo aumentaba la tensión al oír los comentarios susurrados, un preludio de lo que estaba a punto de ver.

—¿Cree que eso ha sido justificable? —le dijo un viejo agricultor a su acompañante más joven.

—Ni de broma —dijo su amigo, rascándose la cabeza—. Todo el mundo ha visto que solo tenía un móvil.

Una mujer se volvió hacia un extraño y dijo: —Es mucha sangre. Seguro que está muerta.

—¿Estás segura de que esa es la hija de Juan Guzmán? —le dijo una mujer de unos cuarenta años a un hombre que llevaba una camiseta de la selección de Colombia—. No la veía desde que íbamos juntos al instituto.

Apareció un claro qué le ofreció a Lorenzo una ventana al horror que acababa de ocurrir.

Isabel estaba desplomada contra el obelisco, con las piernas dobladas torpemente bajo su cuerpo y una mancha de sangre extendiéndose por su camiseta blanca.

El cuerpo de Marco, acribillado a balazos, yacía tendido en los escalones con la cabeza apoyada en el regazo de Delia.

Al acercarse, Lorenzo vio mejor los ojos entreabiertos de Isabel y su cuerpo inmóvil.

Un silencio sepulcral cayó sobre la multitud mientras Delia se mecía de atrás hacia adelante, acariciando el pelo de Marco mientras cantaba una canción de cuna tradicional que las madres entonan para sus hijos enfermos.

— Sana que sana,

Colita de rana

Si no sanas hoy

Sanarás mañana.

Un soldado se enjugó una lágrima de la mejilla mientras una mujer policía se unía al canto de Delia.

Mientras Lorenzo caminaba hacia el obelisco, sacó el estuche de cuero de su bolsillo y lo abrió.

Se agachó junto a Delia y sacó del estuche un pequeño crucifijo y un recipiente con óleo de unción.

El sacerdote miró a un lado y a otro a los caídos, sin saber a quién debía atender primero.

Tanto Isabel como Marco parecían haber fallecido.

Salpicaduras de sangre manchaban el rostro de Delia y su ropa. —Delia, ¿estás herida ?

Ella parecía ajena a lo que la rodeaba; sus ojos estaban fijos en una mirada perdida mientras se mecía y cantaba. —Sana que sana...

Un soldado ataviado con equipo de combate completo señaló a Delia y dijo: —A ella no le han disparado. Los otros dos están muertos.

Lorenzo mojó el dedo en el óleo de unción e hizo la señal de la cruz en la frente de Marco antes de recitar el Padre Nuestro. —Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre... —En la torre de la catedral, las campanas sonaron para acompañar el coro de voces.

—...venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo...

— Sana que sana, colita de rana...

—Es solo un niño, todavía inocente...

—...así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación...

—¿Quién es la mujer que lo sostiene? ¿Es su madre?

—No, ese chico es el nieto de Flaco Vicente.

—¿Ha ido alguien a avisar a Flaco?

—El chico ha dicho que Flaco está muerto... ha dicho que Héctor y Álvaro Suárez lo mataron. —

—¡Dios mío!

—... Si no sanas hoy, sanarás mañana.

Las sirenas resonaron por toda la plaza.

La multitud se apartó mientras los paramédicos empujaban las camillas hacia el obelisco.

Lorenzo se volvió hacia Isabel e hizo la señal de la cruz frente a ella.

Mojó el dedo en el óleo de unción y se lo puso en la frente.

Sin previo aviso, un chorro de sangre brotó de su boca en una tos ronca. La multitud ahogó un grito y señaló.

—¡Está viva!

Delia permanecía sentada en el hormigón, bañada en sangre, mientras los paramédicos retiraban de sus brazos el cuerpo sin vida de Marco y lo colocaban en una camilla.

Los truenos retumbaron en el cielo mientras la multitud se dispersaba.

Los paramédicos corrieron hacia Isabel mientras Lorenzo giraba y se sentaba en el suelo junto a Delia.

Le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia sí.

Un paramédico guio la camilla de Isabel hacia una ambulancia que esperaba, mientras otro caminaba a su lado, colocándole una mascarilla de reanimación sobre la boca para ayudarla a respirar.

Mientras Álvaro Suárez bajaba del escenario con su equipo, se giró y miró con saña a Lorenzo y Delia, pero ellos no le devolvieron la mirada.

Antes de que el nuevo alcalde pudiera llegar a los escalones de la Alcaldía, el cielo se abrió y la lluvia descargó con fuerza.

El agua inundó la plaza mientras la sangre fluía en regueros hacia las alcantarillas.

Delia y Lorenzo permanecieron sentados en silencio mientras los pecados de Álvaro Suárez eran lavados por el agua.