El lugar al que pertenezco 42 Riley
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42 Riley

CUARENTA Y DOS

RILEY

—Dime algo que quieras hacer con muchas ganas —le pido a Declan dos días antes de la función, cuando llega tras un día agotador de trabajo en el pub y se cuela en mi habitación.

Se tumba en la cama a mi lado, con Haruka sobre su cuello como si fuera una bufanda.

No puedo evitarlo: cojo el móvil y les saco una foto que le mando a Cassandra.

Hemos quedado en que se lo presentaría en cuanto regresara de sus vacaciones en Ibiza.

—¿Aparte de follar contigo? —Se gira con cuidado para no molestar a la gata y deja caer una mano en mi muslo, muy cerca de mi ingle, lo que hace que mil hormigas comiencen a danzarme por la piel—. A todas horas, quiero decir, y de todas las formas posibles.

Me río. También noto cómo las llamas se encienden dentro de mí, cosa que me pasa desde que lo tuve entre mis brazos por primera vez. Qué digo, me pasa desde que regresé a Spellwood y lo volví a ver en la ventana de su habitación; ahí me di cuenta de que estaba bien jodido.

—No seas tonto.

—Hablo en serio. Bueno, venga. Mmm. Quiero que vivamos juntos. No tiene que ser ahora —se apresura a decir al verme la cara—, aunque no me importaría, vaya. Me refiero a algún día. Tener nuestra propia casa, adoptar más gatos. Ya sabes.

—¿No quieres tener bebés? —pregunto con cautela.

—No he pensado en ello. Supongo que lo haría si tú quisieras, pero no es algo en lo que piense a corto plazo. Podemos hablarlo dentro de…, no sé, ¿quince años?

Siento una punzada de ternura y me cuesta un mundo no lanzarme sobre él.

—Me encantaría. Que siguieras queriendo estar conmigo dentro de quince años, quiero decir —explico con sinceridad y cierta timidez—. Hablar lo de si tener o no bebés también.

—Voy a estar contigo hasta que me muera, idiota. Eso nunca lo dudes. —Me pellizca la nariz como hago yo a veces, y yo no puedo hacer otra cosa más que sonreír, porque me encanta que lo haga—. Y ahora dime tú algo que quieras mucho mucho.

Me muerdo el labio inferior y entrecierro los ojos con desconfianza.

—Vale, pero prométeme que no te vas a reír.

—Eso es que me voy a reír seguro.

Sonreímos como los tontos que somos y entonces lo suelto. Porque con Declan no tengo que esconderme. Con Declan puedo ser, simplemente.

—Quiero bañarme en el lago como cuando éramos niños. Desnudo. Correr y tirarme al agua como haces tú. Es de las cosas que más echo de menos: poder hacer algo tan simple como lanzarme al agua desnudo sin miedo a que me miren raro.

—¿Como hago yo?

—¿Qué? Te he visto —admito con las mejillas encendidas.

Las risas de Declan espantan a Haruka, que se marcha muy digna hacia su rincón favorito, debajo de la silla del escritorio, donde le gusta dormitar y observar lo que sucede a su alrededor.

—Así que me espiabas. —Sin previo aviso, me aparta un poco la camiseta sin mangas para estampar los labios cerca de mi axila y hacerme pedorretas. Me descojono y a punto estamos de caernos al suelo de lo mucho que me revuelvo.

—¡Para, idiota! —suelto, riéndome—. Y no te espiaba. Solo estaba en la ventana y tú pasabas por ahí.

—Admítelo, te gusta mi culo blanco.

Vuelvo a reírme.

—Pues sí. —La sonrisa no me cabe en la boca—. Y te recuerdo que prometiste que no ibas a reírte —musito, aunque los dos sabemos que no hizo tal promesa.

—Es que cumplirlo es muy fácil, Riley. Solo tenemos que salir, quitarnos la ropa y lanzarnos al agua. Fácil —repite con tonito.

—Irnos a vivir juntos también es fácil —replico imitando su tono.

Declan abre los ojos de par en par, lleva una mano a mi cara, acerca la suya, une nuestras frentes, suspira.

—Dios. Te comería. ¿Podemos hacerlo en el agua?

Suelto una carcajada.

—Ni de coña.

—Venga ya, mis padres no están y mi hermano se ha ido a su piso a llenar la maleta para el viaje. Vuelve pasado mañana para ver la obra. ¿Te dije que Shay se va con él? Al menos dos semanas. Luego ya verán. ¿Me estás escuchando?

—Te estoy mirando. ¿Te he dicho alguna vez que eres el hombre más guapo de la tierra? —pregunto, y lo pienso de verdad.

—No conoces a muchos, me temo. —Intenta mostrar indiferencia, pero yo descubro la emoción en sus ojos, la esperanza de que sea verdad. Dios, pienso dedicar la vida a demostrarle cómo de perfecto es para mí.

—No lo necesito.

Ahora sí que sí, sonríe con los ojos y la cara.

Y yo lo beso hasta que le arranco un gemido y su dureza se me clava en el abdomen.

Lo deseo. Dios. Lo deseo como jamás he deseado a nadie.

Es algo visceral, de otro mundo, y aumenta con su olor, con el tacto de sus manos en mi piel, con el modo en que me mira, como si lanzara llamaradas allá donde sus ojos se posan en mí, con el roce de sus labios en los míos.

Y su sabor. Oh, Dios, su sabor. Y con su lengua, que ahora empuja mi paladar.

Y con el peso de su cuerpo sobre el mío, aplastándome, haciéndome arder.

—Vale, acepto solo frotamientos y besos —dice con la voz llena de un deseo que es reflejo del mío—. Después podemos seguir en la ducha, y en la cama. ¿Tenemos plan?

Me río a carcajadas.

Tres minutos después, corremos hacia el lago mientras nos vamos quitando prendas.

La camiseta por aquí, los pantalones por allá.

Tengo el packer ajustado dentro de la doble tela del bóxer, así que no tengo que preocuparme de que la prótesis salga volando y se pierda por ahí cuando me quito los calzoncillos.

Me lanzo al agua con el culo al aire, justo como lo he visto hacer a él durante el verano.

Volamos juntos durante unos segundos en los que Declan toma mi mano al saltar y nos hundimos casi a la vez.

Luego busca mi cuerpo, que se acopla al suyo, y nos besamos bajo el agua y sobre ella.

Tiritamos, pero juntos somos calor y un verano interminable a pesar del frío que nos corta la piel.

Y nos tocamos mucho, y nos frotamos mucho más, y gemimos, y acabo corriéndome en el agua porque estoy demasiado sensible, y Declan grita un «¡hurra, he ganado!

» como si llegar al orgasmo fuera una estúpida competición.

Y me hace reír como jamás pensé que lo haría cuando en mi vida el sexo siempre ha estado ligado a la vergüenza, al rechazo, a cosas feas en las que odiaba pensar. Declan no me permite volver a caer en eso. Con él solo puedo brillar.